Uyuni

Uno de los desafíos más complejos para el fotógrafo es enfrentarse a paisajes naturales maravillosos.  Frente a ellos, parece que no hay nada más qué decir.  Todo está en su lugar, cada objeto dialoga con el otro, los colores son precisamente los que deben ser, las formas guardan perfecta armonía.  No es casual que Silvio se pregunte cómo cambiarle el color a una ola, o qué objetar a una noche estrellada. 

El Salar de Uyuni, ubicado en el departamento de Potosí, es un lugar simplemente impresionante.  Son 12.000 km2 de sal a 3650 metros de altura.  Aunque el mar esté lejos, el azul del cielo es intenso, sin nubes, y se encuentra en el horizonte con la planicie de blanca de sal.  Kilómetros más, kilómetros menos, manejando sobre la capa de sal guiados sólo por la posición del sol y el saber acumulado del conductor local, llegamos a Laguna Verde, que añade un color más al ya magnífico paisaje.  Luego a Laguna Colorada que acoge a elegantes flamencos anaranjados.  Entre tanto pasamos por un volcán, un geiser, por las llamadas “Rocas de Salvador Dalí” que recuerdan los colores y las formas del pintor español. 

La inmensidad asusta.  El tiempo se detiene, y nos muestra lo que hizo, ayudado por el viento, con unas piedras que osaron ponerse al frente. 

Y entre tanto, el toque humano.  Unos soldados custodiando la frontera que posan frente al fotógrafo.  Un amigo oculto en el pasamontañas y los guantes.  Una mujer en algún pueblo cercano en sus labores cotidianas.  Un par de turistas que se desnudan en plena sal y se toman una foto –antes de la moda de Spencer Tunick-.   Y para el visitante foráneo, entre la nieve y el cielo, el “comedor tours”.

No muy lejos, a unas horas en coche, el cementerio de trenes.  Conjunto de hierros y maquinarias oxidadas, que contrastan con el azul melancólico del fondo.  Una locomotora vieja que dice: “Así es la vida”.

Un viaje al Salar de Uyuni no es para el turismo.  Es un paseo por dentro, es volver a ser parte de la naturaleza y vivir una extraña sensación de que la barrera entre lo interior y lo exterior se desvanece.  Uyuni aguarda, contempla, y ve pasar a quienes tienen a bien visitarlo.

Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).

Japón. Un encuentro con la otredad I

CRÓNICA DE UN LARGO VIAJE

Modificar el tiempo y el espacio hasta el punto de perder las nociones básicas que nos dan estabilidad, es una experiencia que no se vive a menudo.  Por ello va esta crónica del paulatino proceso de transformar física, psíquica y biológicamente los referentes espacio – temporales.

Salida de La Paz: viernes 14 de enero 

No me levanto muy temprano. Lo he hecho los últimos días y estoy cansado. Hoy decido descansar un poco más, pero el trabajo y el stress de este periodo no han terminado.

Rompo la rutina. Me quedaré en pijamas hasta el final, lo último que haga será tomar una ducha. Muchas cosas tengo que hacer: arreglar maleta, las «tres pes de todo largo viaje» (pasaporte, pasaje, plata), grabar mi ponencia en un disk, hablar a Omar.

Llegó el día del viaje al Japón. Pocas veces uno puede ir a esos lugares lejanos. El viaje salió de improviso, azaroso como son estas experiencias vitales.

Me atrasaré en la preparación de las cosas. Tenía pensado salir a las 11:00 para estar en el aeropuerto a las 11:45, hora sugerida por la agencia de viajes. Son las 11:20 y estoy entrando a la ducha. 

Son las 12:10 y estoy en la avenida Mariscal Santa Cruz. Veo la hora en el reloj que marca la temperatura en plena calle. Hay embotellamiento, me pongo nervioso, bocineo sin sentido, regaño al taxista delante mío. Mi angustia me sobrepasa e inunda la pequeña peta. 

En la autopista acelero a fondo, tan fondo como lo puede hacer un auto de 2900 $us. Llego al aeropuerto y no hay nadie en la fila, llegué temprano. Siempre me pasa lo mismo.

Ya estoy en el avión. Voy por Sao Paulo con escala en Santa Cruz. 

En el avión Sao Paulo – Los Ángeles

Es la 1:00 de la mañana del 15 de enero. Para mí son las 23:00 del día anterior.  Estoy en el avión. Tuve que esperar como 5 horas en el aeropuerto. Leí 100 páginas del libro que traje para que me acompañara en estas horas muertas, llamé a una vieja amiga, me compré dos revistas de foto. Vaya manera de matar el tiempo.

La pantalla que tengo en frente anuncia que afuera la temperatura es de 62 grados bajo cero, que hemos volado 10 horas, que estamos sobre México, que la velocidad es de 794 km/h, que estamos a 11900 metros de altura, y que son las 5:33.  En mi reloj son las 11:33.  Es decir que tengo que atrasar 6 horas mi reloj. Primero adelanté 2, y ahora atraso 6, o sea que atraso 4.  Decido mantener la hora de La Paz en el reloj de bolsillo que compré en Praga el año pasado, para poder tener una referencia de La Paz.

En el aeropuerto de Los Ángeles

El lugar es frío, plano, como si lo hubieran hecho a propósito para que no se le ocurra quedarse al que está en tránsito. Contrasta con el video que muestran en el avión sobre Los Ángeles, con playas, mujeres en malla y patines, carteles de Hollywood, restaurantes y edificios modernos. Tales ofertas no las apreciamos desde aquí, una sala larga de 4 metros de ancho, asientos negros en tres filas, dos Duty Frees, baños, computadoras para Internet, teléfonos públicos y una sala exclusiva para los fumadores. El mundo ofrecido porLos Ángeles lo podemos ver en las postales del Duty Free, las estatuillas de la libertad, las poleras impresas y las revistas. Hay un desencuentro entre un mundo imaginado que se muestra desde la pantalla de T.V. y su fotocopia a colores expuesta en la vitrina de la tienda. 

La gente no sabe qué hacer. Son 12 horas de viaje (para mí ya van casi 24).  Los que están en grupo (unos cuantos) se sientan y charlan, los que viajan solos se dispersan a lo largo de la sala, los menos compran en el caro Duty Free; los más se ponen los perfumes de muestra de la perfumería. Todos esperan.

Detalle que olvidaba pero que da forma al escenario: abundan las plantas en este lugar, verdes, con flores amarillas, brillantes y relucientes. Todas de plástico.

Faltan 12 horas de vuelo hasta Nagoya, y será de día, por lo que el sueño no podrá aliviarme el no saber qué hacer: típico de los viajes largos.

En el avión Los Ángeles-Nagoya

Los «japoneses-brasileros» son diferentes a los «japoneses-americanos».  A mi derecha hay una pareja de «japoneses-gringos».  Tienen más seguridad en el avión, se visten modernos, con pañuelos en la cabeza, se ponen cremas y sprays, tienen un “tipo” japonés, menos latinizado.

Las azafatas ahora son japonesas en su mayoría. ¡Son 12 horas de vuelo! Ahorita almorzaremos, y al llegar a Nagoya volveremos a almorzar. 12 horas, ¿qué haré tanto tiempo? Seguramente leer, aburrirme, dormir. Me pedí Newsweek, Los Angeles Times y otras cosas.

En Japón son las 2:50, y en mi reloj las 9:50.  ¿Adelanto o atraso?  En La Paz  es la 1:50, todos duermen.

El que espera desespera.  Vi tres malas películas de avión, comí, fui al baño, leí Newsweek, mi libro de viajes, Los Angeles Times, el periódico de los brasileros en Japón, y todavía faltan 4 horas para llegar. ¡Qué viaje más largo!  No sé qué hacer, en qué pensar, qué leer, todo me aburre, sólo quiero llegar. 

En la estación de tren de Nagoya rumbo a Osaka

Dos cosas llaman la atención a primera vista: el orden (todos obedecen las reglas, nadie se pasa de la línea, todos cruzan en verde, se paran en rojo) y la tecnología (para comprar boletos se utiliza un sistema computarizado, no hay gente. Todos tienen celular, muchos teléfonos, muchos relojes). Mucho orden y tecnología.

Acabo de meter la pata, hay una fila para entrar al vagón y yo entro por cualquier lado. Algunos tienen un trapo blanco en la boca, debe ser para la contaminación. Las chicas tienen zapatos altísimos, botines y mini. Los autos van al revés, como en Londres. Muchos jóvenes en la calle. Ningún signo es comprensible para mí, salvo los números.

En el hotel de Osaka

Ya estoy en el hotel.  Son las 20.00 y para mí son las 7 de la mañana, sin dormir. Ya perdí la cuenta, no sé si adelanto o atraso el reloj, en todo caso, hay como 12 horas de diferencia, adelante o atrás. Me duele la cabeza. Me duermo. Mañana empieza una nueva jornada laboral.

Publicado originalmente en «Viajar, Mirar, Narrar» (2018).

El Estado paralelo

El gobierno utiliza, como es de esperarse, todos sus esfuerzos para reestablecer el régimen de control que le dio holgura durante sus 14 años anteriores. Ha desempolvado las prácticas mezquinas y busca volver a sus mejores momentos donde todo (justicia, medios, organizaciones, sindicatos, etc.) pasaba por uno de sus tentáculos. En algunas instancias lo ha logrado sin dificultad, en otras -como los colaleros de Yungas- le está costando más trabajo.

La última aberración fue con el tema de derechos humanos. Se ha escrito ya sobre el retroceso que hemos vivido en este período. El MAS se ha empeñado en desnaturalizar los derechos humanos, creando una jerarquía entre los humanos de primera – sus militantes que merecen todos los privilegios- y los de segunda -a quienes se les aplica la ley, controlada, evidentemente, por el masismo-.

Las detenciones arbitrarias van de la mano del desmantelamiento de las instituciones que mínimamente podían dar una pequeña y tibia defensa a la gente frente a la fuerza abusiva del MAS. La creación de una Asamblea de Derechos Humanos paralela que es tan funcional como sus medios de prensa o sus sindicatos, es simplemente un despropósito que sólo puede arrancar carcajadas. ¿Son esos “para-funcionarios” los que van a defender a los ciudadanos?

Uno de los acentos del gobierno, o más bien de la cultura política masista instalada y labrada con los años, es no utilizar solamente los recursos estatales para sus fines -la prueba más escandalosa fue la “elección de Estado” que hicieron el 2019-, sino, además, promover instancias fuera del aparato estatal que, con distintos grados de inserción en la sociedad civil, funcionen como operadores políticos. Aquello se podría llamar un Estado paralelo.

En el 2019 esa estrategia fue exitosa: se mandó a “ciudadanos” a quemar casas, buses, golpear, destrozar todo lo que encontraban en el camino y aterrorizar a vecinos sin el menor descaro. Claro, no eran “agentes del orden” que luego puedan ser juzgados, no eran policías o militares -como sucedió en Nicaragua, por ejemplo-, era gente, masa que luego sería imposible condenar.

Algún defensor del MAS decía en medios que la violencia en aquel período fue “ciudadanos contra ciudadanos”, por tanto no hay a quién juzgar. Lo que ocultan es que unos “ciudadanos” eran en realidad militantes cumpliendo órdenes emitidas por oscuras autoridades. Lo mismo sucedió en las confrontaciones de hace unos meses, cuando burócratas disfrazados de ciudadanos salían a las calles a golpear con Wiphalas y palos a quienes se manifestaban con banderas bolivianas.

La promoción de estos grupos paralelos que actúan fuera de las leyes y hacen lo que su conciencia les manda, amparados en una deslucida retórica socialista que a nadie convence, es parte de una estrategia de creación de un Estado paralelo que no se rige por leyes sino por intereses de los gobernantes. Hemos llegado un punto donde a menudo uno se pregunta si el presidente es Luis Arce, democráticamente elegido con amplia votación, o más bien Evo Morales que convoca a movilizaciones, representa al país en el extranjero, se desplaza en transportes oficiales, goza de todos los privilegios, y sus deseos son órdenes para propios y extraños. Triste: el Estado paralelo tiene su para-presidente.

Es enorme el riesgo para la democracia provocado por una política paraestatal, y el MAS está dando pasos agigantados para convertirse en el verdugo de aquél régimen arrancado a la dictadura en 1982, y del cuál el propio MAS ha sido uno de sus principales beneficiarios -y en contados momentos de lucidez, su promotor-.

Si seguimos en ese camino, más temprano que tarde llegaremos al sueño masista del partido único, al ejercicio despótico del poder y a un autoritarismo que aplane toda pluralidad y disidencia. Eso si no atravesamos antes por dolorosas confrontaciones que dejen más luto, o, si no emerge algún otro líder iluminado que lleve el péndulo en otro sentido y que, con una retórica contraria, haga exactamente lo mismo. Cierto, el panorama es poco alentador.  

Publicado originalmente en Página Siete (22-12-21).

Ese oscuro vicio

No sé muy bien por qué, pero adoro trabajar en los cafés. No es que no tenga un espacio adecuado en casa, todo lo contrario, mi escritorio es cómodo, mi computadora generosa y con pantalla enorme. En la UNAM, mi precioso cubículo es amplio, con vista al Ajusco, dos pantallas y mis libros que me acogen. Pero por alguna extraña razón, termino siempre en algún café para escribir.

Soy un cazador de cafés. En las ciudades en las que he vivido en los últimos años, nada más estimulante que la aventura urbana de ir a buscarlos, descubrirlos. Recuerdo que en París recorría cuadras procurando el mejor lugar. En México lo propio, y ahora que estoy en La Paz, me he puesto como tarea conocer todo local que pueda.

La verdad es que exijo mucho. No soporto un grano mal tostado o que la mesa donde llegará mi taza tenga un frasco de mayonesa o un salero. He dejado tazas servidas -las pagué, claro- si el líquido oscuro se asemejaba a un Nescafé. No, simplemente no. Además, busco el equilibrio entre la calidad del grano, el servicio, el olor, la música y el ambiente.

Tengo la impresión de que mi relación con el café oscila entre el ritual y el vicio. Aunque mi consumo es mesurado -mi cuerpo no tolera más de dos tacitas diarias-, lo hago a media mañana y luego de la comida del medio día, siempre expreso. Antes de consumirlo, cuando voy a trabajar, abro en mi computadora el documento que debo escribir, y en lo que el café va haciendo efecto, mis manos empiezan a escribir, estimuladas -incluso guiadas- por el líquido que se apodera de mí. La mayoría de mis libros y artículos los he escrito frente a una taza de café; mi sociología, claro está, le tiene una enorme deuda.

En La Paz, la oferta de cafés se ha diversificado. Algo he escrito en mi libro La Paz en el torbellino del progreso (Ed. 3600, 2020), especialmente sobre el cambio generacional y la creación del nuevo gusto y estilo de vida de las últimas dos décadas. En esta ciudad ya se puede disfrutar de una oferta variada: boutiques con un sofisticado tratamiento del grano y aroma delicioso desde la entrada, espacios llenos de libros para que acompañen el momento, paisajes psicodélicos o posmodernos, restaurantes donde el servicio es teatral y performativo, locales comerciales donde el café es malo pero el ambiente cómodo y céntrico, alguno cuyo logo combina café y bicicletas, y hasta algún pequeño y adorable rincón en Sopocachi con estética gatuna. Hay de todo.

Lo cierto es que ya podemos pasar semanas variando los espacios sin repetir. El café es un regalo, que unido a la plática, la lectura o la escritura, es de los mejores agasajos que nos podemos dar.

Publicado originalmente en Revista Rascacielos (11-07-2021)

Desde mi ventana

Hace años vi una exposición de fotografías que se llamaba simplemente “París desde mi ventana”. Y era eso. El registro de un habitante de la magnífica ciudad que tomó fotos de su entorno. Georges Perec decía con tino que hay que interrogar, leer los espacios, y sus fabulosos libros recogen detenidas observaciones de sus vecinos.

Durante un año, entre el 2020 y el 2021, viví en el edificio Diana, en la Av. 6 de Agosto, cerca del monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés. Fue una temporada muy especial porque volvía al país luego de varias décadas y me acogió un ámbito familiar. En ese mismo lugar había pasado días de mi infancia, pues mi abuela tenía un departamento en el que nos recibía con cariño. Ahora, me tocó estar en medio de la pandemia, las temerosas olas de la enfermedad, el encierro, los cubrebocas y el alcohol por todo lado.  

En esos meses, sin moverme de mi hogar, curioseando por cada uno de mis ventanales, pude ver desfilar al país en sus distintos rostros y fotografié lo que más llamaba mi atención.

Una tarde muy tranquila, las sirenas quebraron el silencio anunciando la llegada pomposa de las primeras vacunas. Las marchas fueron cosa de todos los días, con petardos que estallaban exactamente a la altura de mi dormitorio y aterrorizaban a mi perra; vi pasar a todo tipo de marchistas, a menudo con dirección al Ministerio de Educación. También vi a masistas que golpeaban con palos y wiphalas a quienes protestaban con banderas bolivianas, y me encontré con similares aguerridos militantes que agredían las instalaciones de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. 

En el atrio de la UMSA, donde de joven participé en múltiples movilizaciones, vi ferias de todo tipo, la vacunación masiva, una performance con gente de overoles rojos y máscaras, disfrazados como los personajes de la serie La casa de papel, y simpáticas cebritas en fila. Todo atestiguado por el mural desgastado del Che.

Vi oficios callejeros: el lustrabotas, la vendedora, el funcionario municipal borrando los graffitis de Mujeres Creando. No faltaron los accidentes, como el de  aquel auto que se subió a la acera destrozando la jardinera de la entrada —por suerte no se topó con el lustrabotas que trabaja en esa esquina—, o el que cayó en el túnel de la avenida Arce al salir de la calle Goitia.

Como tengo un buen teleobjetivo, pude observar los interiores de departamentos vecinos, o las típicas frazadas impresas con tigres colgando al sol. Y, por supuesto, el paisaje urbano, los atardeceres anaranjados, las nubes dibujadas, la retirada del sol que deja sus últimos rayos en Villa San Antonio mientras los foquitos empiezan a encenderse.

En suma, disfruté de los “privilegios de la vista” —decía Octavio Paz— que nos regala esta ciudad multifacética.

Publicado originalmente en Revista Rascacielos (11-12-2021)