Trasladarse

Cuando murió Paul Auster compré rápidamente uno de sus libros que tenía pendiente leer: “Diario de invierno”. En la segunda parte, el escritor nos lleva de la mano por los distintos domicilios que transitó, uno a uno, contando los sabrosos detalles de su vida. Claro, qué mejor guía autobiográfica que emprender un repaso por nuestros hogares.  

Empecé un proyecto narrativo –que seguro no llegará a buen puerto– inspirado en el autor norteamericano y a la vez leyendo pedazos de Annie Ernaux que hace algo similar. Abrí mi cuaderno de notas y pasé revista por todos los espacios en los cuales he vivido. No se preocupen, no los voy a aburrir: son veintidós lugares en seis países y si cuento el número de mudanzas en una misma nación, sube la cifra. Terrible.

Sí, tengo experiencia empírica en esa tareíta por la que todos –o casi todos– pasamos en distintos momentos. Cuento lo anterior porque en estos días estoy precisamente en ese afán: me estoy trasladando. El ejercicio no me gusta, me cansa, me satura, me aturde, pero es a la vez un momento privilegiado para reflexionar sobre la acumulación, el desplazamiento, la relación con las cosas, el lazo entre territorio y vida.

Empiezo, claro, por mi biblioteca. Tomo cada uno de mis libros de cinco en cinco –los que quepan en mis manos– y los reubico en alguna caja más o menos ordenada. Procuro cierta lógica: literatura boliviana, mexicana o universal, sociología y ensayos, revistas científicas, revistas culturales, fotografía, cómic. Los problemas aparecen al minuto, los tamaños no coinciden, los pesos son desiguales, los temas no cuadran del todo. Pero algo logro; primer paso listo: las cajas contienen volúmenes con cierta lógica que ayude a descargar y reorganizar al llegar al nuevo destino.

Me doy cuenta –y ya lo he reflexionado decenas de veces– que uso 20% o menos de mi biblioteca. Guardo textos que en años no he visto, o peor, los libros infantiles de cuando mis hijas, que ya son veinteañeras, leían de niñas. Vuelve la pregunta de siempre: ¿para qué guardo tanto escrito? Si tuviera una casa enorme podría pensar en otro esquema y hasta presumir mi biblioteca como lo hacen tantos, pero vivo en un departamento en Ciudad de México donde cada centímetro tiene precio. Tomo una decisión arriesgada: voy a deshacerme de algunos títulos que no he abierto en años.

Busco opciones, todas implican tiempo y esfuerzo, pienso en múltiples posibilidades, desde donar mis libros a una biblioteca (aunque aquí ya nadie recibe libros), hasta venderlos a librerías de ejemplares usados, o, por último, dejarlos en la banca de la plaza donde voy a pasear a mi perra.

Ahí no termina. Me toca empacar la música y las películas. Repaso mis cientos de CD, en sus anticuadas cajitas duras de plástico, y los filmes que alguna vez compré. Entre mis manos transita tanto Silvio Rodríguez como Tarantino, Sabina o Almodóvar, puras producciones culturales que disfruté en su momento, tanto que invertí parte de mi presupuesto en adquirirlas, custodiarlas y cargarlas.

El lector joven me estará leyendo con asombro, y tiene razón. Toda la música que escuché en mi medio siglo de vida, hoy la tengo en Spotify, y casi no hay película que no se encuentre en la red. En vez de acumular CD en casa –que por cierto ya no hay ni dónde reproducir–, tengo que pensar en pagar mi aplicación y mi conexión a wifi. Sí, soy de la generación que está viviendo el desplazamiento de la materialidad hacia el universo efímero de internet, donde cabe el mundo sin respaldo físico. Libros, música, películas, todo está ahí, en un celular, y para almacenar, en vez de repisas y transportes, necesito una buena suscripción a alguna empresa digital.

Por la puerta de mi casa a menudo atraviesa una camioneta que reproduce una grabación ya icónica de la cultura auditiva de la Ciudad de México: “se compra, colchones, tambores, refrigeradores, estufas, microondas, o algo de fierro viejo que venda”. Entre que estoy organizando mis objetos, teniéndolos en mis manos, dándoles un nuevo lugar, desempolvándolos cariñosamente, me irrumpe el impulso –que controlo, claro– de llamar al “compra todo” y dárselos por unos pesos.

Lo mismo me pasa con otras cositas con la que me encuentro en el camino: adornos, tasas de café que ya no uso, vajillas, cuadros, y un largo etcétera. Me vuelve la pregunta, ahora en el límite de lo existencial: ¿cuánto necesitamos para vivir? Sin ser cachivachero, ¿cuánto guardamos por el placer de guardar? ¿Por el miedo de soltar? ¿Por evitar la sensación de sentirse despojado de materialidades que albergan historias y memorias?

Habrá distintas respuestas. Lo cierto es que todo traslado implica un cambio, una mutación, una oportunidad para poner en perspectiva nuestra relación con la materia, y con la vida.

Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 13/02/25 como parte de la columna Diario Vagabundo.

Viaje surrealista

Tardé casi veinte años en visitar el Jardín James Edward en Xilitla, San Luis Potosí. Sobraban las buenas razones: está lejos, se necesita tiempo, es caro, hay muchos lugares que conocer en México. El caso es que llegó el día; ni un pretexto más para no desplazarnos a ese sitio encantado. Vamos con toda mi familia. El viaje empieza con un paseo por los distintos pisos ecológicos en México. Partimos de la capital hacia el norte por una de las rutas más transitadas, llenas de tráileres, camiones y buses. Antes de llegar a Querétaro, nos desviamos a la derecha para penetrar en una frondosa zona verde y cálida. La sinuosa carretera nos advierte que estamos por entrar en un lugar completamente distinto. Más de ocho horas después de que iniciamos nuestra travesía, casi sin detenernos, llegamos a Xilitla, que está a 600 metros sobre el nivel del mar, y a pocos kilómetros del Golfo de México. El calor y la humedad se dejan sentir.

La primera parada, luego de instalarnos en el alojamiento, es por supuesto el Jardín Escultórico Edward James «Las Pozas». Se dice que el millonario inglés (1907-1984) llega a México a mediados de los cuarenta seducido por las orquídeas; se instala en Xilitla porque era el lugar ideal para verlas crecer y coleccionarlas. Adquiere un terreno enorme y empieza su colección reuniendo plantas de distintos lugares del mundo, hasta que una feroz helada en 1962 destruye todo lo sembrado (diez mil orquídeas). Empieza el nuevo proyecto: construir con hormigón resistente al tiempo las formas más locas teniendo como límite sólo su imaginación.

Desde aquellos años, James pasa temporadas largas en Xilitla, alternando con sus viajes por el mundo y con su residencia en Europa. Forma parte del movimiento surrealista, es amigo de Salvador Dalí, de René Magritte, de Luis Buñuel, de Man Ray, de Leonora Carrington, y es mecenas de varios artistas –además de patrocinador del Pabellón Surrealista en la Feria Mundial en 1939 en Nueva York–. El jardín refleja esa sensibilidad: escaleras que van a ninguna parte, ojos atravesados en el camino, un avión que visto desde lo alto parece un barco, arcos, hongos, bambús, gaviotas, ventanas góticas. Es evidente el diálogo de las construcciones con cuadros de esa corriente: un pasillo de serpientes se parece a un lienzo de Dalí; la fabulosa pintura de M. C. Escher con escaleras que suben y bajan a la vez, es representada en tercera dimensión. En sus obras, James conjuga el intercambio con sus amigos, sus sueños y ocurrencias, en un imponente entorno natural. Su intención no es vincularse con el mundo del arte de los polos urbanos dominantes del país, sino montar su jardín dando rienda suelta a los caprichos de su imaginación. No está haciendo carrera, buscando un público, procurando influencia y prestigio; sólo quiere plasmar sus sueños, cumplir sus fantasías. Por eso su experiencia es tan especial, se trata de un millonario inglés sólidamente vinculado al surrealismo, inserto en una pequeña población tropical a casi 400 kilómetros de la Ciudad de México. Un puente poco convencional que no atraviesa por los canales legítimos del arte y la cultura.

Es curioso. Si el surrealismo es una forma de negación de la realidad, una rebelión frente a lo que los sentidos informan del entorno, y sus representantes convocan a la imaginación, al sueño, al sin-sentido, a esquivar la razón, el entorno en el que está la obra de James es casi una contradicción. Normalmente, cuando he visto un cuadro surrealista, lo he hecho en un museo, donde el clima, la luz, la disposición están finamente planificados para captar el mensaje del artista.

Aquí, entre arañas e insectos, pájaros y humedad, mosquitos y mariposas, calor y moho, es imposible no hacerle caso a lo que dicen la piel, los oídos, los ojos. La naturaleza se siente, se respira, se impone. Y sin embargo, cada pieza envuelta en la cálida y verde atmósfera es una invitación a desprenderse de lo que nos rodea e introducirse en el laberinto de los sueños confusos de James. Es, acaso, otro rostro más de lo barroco latinoamericano.

Cuando visité la casa y el taller de Claude Monet en Giverny (Francia), quedé impactado por el vínculo entre sus paisajes más próximos y sus cuadros. Primero había conocido su obra, así que trasladarse a los lugares donde el pintor impresionista montó su caballete era como formar parte de las piezas, como introducirse en el marco. Aquí, en el onírico jardín de James, me pasó algo parecido, pero en vez de sentirme en uno de sus ambientes familiares y públicos, era como ser invitado a ser un protagonista más en uno de los escenarios de sus sueños. Ese tal vez sea el efecto más desconcertante de la visita. Me llevo una frase de James que dibuja con claridad el proyecto: «construí este santuario para ser habitado por mis ideas y mis quimeras; un mundo propio lleno de libertades, habitable sólo para aquellos que logren construir un sueño propio».

Dejamos Xilitla rumbo a la ciudad de San Luis Potosí para continuar con la experiencia su-real. Llegamos al Centro de las Artes de esa ciudad (CEARTSLP). La historia del recinto ya es impactante: fue construido a principios del siglo XX como una moderna penitenciaría. Su estructura, que nos recuerda a los estudios de Michel Foucault, es exactamente un panóptico: luego de las gruesas y elevadas murallas de piedra y algunos patios administrativos, al fondo se encuentra una pequeña torre de la que se desprenden en forma de estrella cinco columnas con celdas a ambos lados que bien pueden ser controladas desde un solo punto. El lugar ideal para que unos sean observados mientras los otros observan, la materialización del deseo de vigilar y castigar, como nos lo enseña Foucault. Y más: es en esa prisión que Francisco I. Madero fue retenido en 1910 y donde se planeó el histórico Plan de San Luis Potosí que convocaba al pueblo a rebelarse contra el régimen de Porfirio Díaz. Ese monumento con carga histórica, política y filosófica, pasó en el 2008 a convertirse en el principal Centro de las Artes de su entidad y uno de los más atractivos del país. Hoy, la torre de control es dibujada periódicamente por artistas que reinterpretan el sentido de ver para someter, y cada uno de los pabellones está dedicado a una disciplina distinta (música, danza, artes visuales, teatro). Los espacios triangulares entre los pabellones son aprovechados para talleres y exposiciones.

No es todo. En el 2018, en el CEARTSLP se inauguró el Museo Leonora Carrington. El homenaje no podía estar mejor logrado. Se exhiben sus piezas, las enormes a la intemperie rodeadas de la arquitectura especialmente diseñada para lucirlas, y las pequeñas en los interiores de los cuartos con luces y colores adecuados, acompañadas de frases de la artista. Recorrer las piezas de Carrington es fantástico, es un deleite para la vista y un estímulo para la imaginación. Bien lo expresa Carlos Fuentes:

[…] lo que parecía extremo, excluido, suprarreal, se ha convertido en lo central, incluido, inmediato. Lo que se consideraba mágico es ahora lo racional. La lógica del sueño ha vencido la locura de la razón. Y el mundo personal, excéntrico gótico, de Leonora Carrin- gton es hoy nuestro mundo –no el de todos, pero nuestro; no el común, pero el que significa.

Vuelvo a la Ciudad de México luego de tres días exuberantes y desafiantes, llenos de cultura y revelación, poniendo en duda parte de lo aprendido sobre la razón y la explicación, sobre el sueño, sobre la frontera de lo cierto. Vuelvo con un nuevo impulso. Creo que ya sé por qué tardé tanto en realizar este viaje: no volvería a ser el mismo. 

Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 30/07/23 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.

Telón de fondo

Susan Sontag hablaba de la necesidad que tenemos de tomarnos fotos en lugares por los que pasamos para guardarlas luego como trofeos. Es como decir “yo estuve aquí, que no les quede la menor duda”. Me impactan dos extremos. Una preciosa niña afroamericana posa delante del impactante cuadro de Jackson Pollock en el MOMA. Su padre la retrata. Claro, importa más su pequeña que el impresionismo abstracto de Pollock, que funge de telón.

En otra, una pareja elije un grafiti callejero donde un hombre enseña glorioso con una mano la cabeza decapitada de su enemigo y con la otra la espada que acaba de usar. Es un escenario tétrico, violento, guerrero. Ella sonríe a la cámara como si estuviera en un estimulante paisaje.

Años belgas (1996-2001)

No es fácil escoger imágenes de un lugar donde se ha radicado varios años.  Es mucho lo mirado, lo vivido.  ¿Cuál la selección más justa, la más precisa? ¿Qué negativos -de los cientos tomados- dibujan mejor el lugar, el momento?  Limitada y arbitraria, toda selección es un recorte de una realidad infinitamente mayor. 

Abriendo la caja de los recuerdos, me detengo en aquella foto donde un activista reparte panfletos en una marcha callejera.  Se trata de una manifestación de protesta por la muerte de una migrante ilegal africana en manos de la policía.  Los afiches dicen: “todos nacemos sin papeles”; “no somos peligrosos, estamos en peligro”.  El hombre que regala un pequeño periódico recuerda la imagen del anarquista militante: boina, bigote, pañuelo y lentes.  Es un perfecto personaje que podría ilustrar la canción “Los anarquistas” de Leo Ferré.  Cierto, la solidaridad belga fluye.

Pero la gente también toma las calles por otras razones.  Ahora les toca a sus propios problemas.  Son los meses en los que es descubierta una red de pedofilia que fue responsable de la muerte de dos niñas luego de una espeluznante agonía.  La indignación inunda las avenidas de Bruselas en la denominada Marcha Blanca.   Flamencos y walones se unen, como nunca, con un solo sentimiento de impotencia.  Entre el millón de personas en las avenidas, me quedo con tres mujeres que desconfiadas del vecino y protegiendo su cartera, vencieron sus miedos y salieron a protestar, acaso por primera vez. 

También en Bruselas, un tiempo más tarde, les toca el turno a los latinoamericanos.  El exdictador chileno Augusto Pinochet es atrapado en Inglaterra y se especula sobre la posibilidad de que se le siga un juicio internacional.  Las esperanzas de los cientos de migrantes del continente que vivieron las atrocidades de la dictadura –las dictaduras- se pronuncian por toda Europa para evitar que el dictador vuelva a Chile, sabiendo que la justicia en ese país estaba controlada por las viejas estructuras del poder.  La pancarta que se levanta enuncia en una noche fría dice: “Pinochet: asesino.  Gobierno chileno: cómplice”.

Y entre tanto, fuera de los grandes momentos épicos cuando la gente se pronuncia colectivamente en calles y plazas, está la vida cotidiana, aquella que transcurre pasiva e intensa.  Veo un niño en el mercado que lee “los pitufos” entre cajas de banana.  Una bella fotógrafa que se trepa en una parada de autobús para captar la mejor toma.  Un grupo de viajeros urbanos con cierto aire nostálgico que esperan la llegada del trolebús.  Un matrimonio que posa en plena Grand Place inmortalizando, al menos en la imagen, su unión.

También detengo mi mirada en objetos.  Un extraño jeep militar viejo, seguramente utilizado por última vez en la Segunda Guerra Mundial.  Una estación de servicio antigua perdida en algún pequeño pueblo.  Una bolsa de panes enormes con un letrero: “productos turcos, griegos, italianos, marroquíes”.  La señalización de carretera en medio del bosque. Unas maniquís atrapadas tras las rejas de una vitrina que nos recuerda por qué Juan Manuel Serrat cuenta la historia de un buen hombre que se enamoró hasta la locura de una de ellas. 

De tantas imágenes, quizás las que más me convocan son un grafiti en Lovaina la Nueva que se pronuncia: “Subcomandante, LLN va contigo. ¡Viva el EZLN!”, y aquella en la que una pareja de adultos mayores pasea su pequeño perro; dan la espalda al fotógrafo, caminan de la mano, hacia el infinito que se hace más borroso diluyéndose en el fondo del camino.

Volver a recorrer las imágenes de Bélgica me recuerda a Rufino Tamayo: “hay que mirar, explorar, descubrir… y volver a mirar”

Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).

El balcón

Cuando renté mi departamento en París, en el distrito 18 cerca de Montmartre hace año y medio, miré con agrado la ventana que daba al pequeño balcón. Desde ahí, a la derecha, lucía el Sagrado Corazón, además de que podía fisgonear a los vecinos.

Cada estación aproveché el balcón de distintas maneras. En verano para refrescarse, en otoño disfrutar de los atardeceres, en primavera respirar el aire nuevo, y hasta en invierno, aunque sólo por unos minutos, para sentir el contraste y eventualmente tocar algún copo de nieve o una bolita de granizo.
La crisis del Covid-19, luego de la instrucción de quedarse en casa, cambió la relación con mi espacio inmediato. Mi universo de reposo y de trabajo, devino en uno solo: se fusionó mi vida personal y profesional. Normalmente cada rol social tiene un espacio: soy papá y marido en el hogar, profesor en la universidad, investigador en las entrevistas y bibliotecas, escritor en los cafés, fotógrafo en las calles. Repentinamente, en mi departamento de 55 metros cuadrados típicamente parisino, con cinco habitantes, concentró la densidad de mis funciones. Ahora en un cuarto juego el rol de padre, en otro de esposo, en el siguiente de hijo, en el próximo de sociólogo-investigador-escritor.

Lo que creo haber logrado mejor fue mi desafío de fotografiar al interior del hogar. Soy un fotógrafo-narrador-sociólogo, normalmente vivo prendido de mi Leica y no vuelvo a casa sin alguna toma nueva. ¿Cómo hacer si no salgo más? Decidí esforzarme en “mirarse para adentro” -retomando al gran Silvio- y me di un tiempo, cámara en mano, para recorrer los espacios íntimos de mi hábitat primario. Busqué formas en la cocina, en el baño, en las ventanas, en los objetos cotidianos que a menudo no les damos importancia. Encontré sombras, fierros, diálogos, profundidades, tonos de gris y con todo eso armé una serie de imágenes que titulé “Postales del encierro”. Fue otra manera de mirar, caminar y descubrir otros rostros del entorno inmediato.

En ese mi tránsito-búsqueda por los rincones que habito, re-descubrí el balcón. El encierro coincidió con la primavera en París, así que he podido salir a disfrutar de otro modo. A las ocho de la noche, una buena parte de quienes vivimos en esta ciudad aplaudimos desde las ventanas para enviar un mensaje de solidaridad a quienes batallan contra el virus en todos los frentes.

He descubierto nuevas cosas. La chica que vive al lado, a quien no crucé nunca, sale con un poco de retraso y sin mucho interés; su mirada es triste, me contaron que perdió al novio en un accidente hace unos años, tiene dos gatos, por eso la curiosa red de su terraza. En los dos pisos de abajo hay dos parejas que aplauden con esmero, se quedan luego a platicar, con un vino en la mano, sobre sus actividades del día. En el edificio del frente hay una señora sola, es mayor, llega al balcón con puntualidad y aplaude sin una sonrisa, en cuanto pasa el minuto establecido, cierra su ventana. Lo propio la chica de abajo, sólo que es más joven. Cruzando la avenida hay una agradable mujer de entrada edad que palmea sola y saluda en la distancia con los dos brazos abiertos. Mientras todos aplaudimos, por algún lugar que no puedo ver, alguien toca trompeta, otros meten bulla con latas y cacerolas, unos más gritan y silban. Es un pequeño gesto colectivo cargado de emotividad

El balcón se ha convertido en mi puerta al mundo, una manera de sentirme parte de una comunidad amenazada y en resistencia, una oportunidad para saludar a aquellos con quienes convivo y que no conozco. Uno de los saldos de esta pandemia es descubrir otras formas de la vida social, y revalorizar los pequeños espacios. José Martí nos recordó que toda la gloria cabe en un grano de maíz. Hoy sabemos que el balcón es un universo inexplorado, infinito, prometedor; una fuente para la nueva sociabilidad y la creatividad.


Publicado en El Deber el 22 de abril del 2020.