En canciones, en películas, en libros, en ideas, California está presente. Primera parada: Los Angeles. Llego a una universidad jesuita a dar una conferencia sobre mi último libro. Un bello campus, charlas estimulantes, encuentro con colegas y saberes. Entre otras cosas, en los jardines me encuentro con un pedazo del Muro de Berlín donado a la Universidad y expuesto en la entrada principal, símbolo que dispara múltiples interpretaciones. Primera sorpresa tecnológica: en las calles de la universidad, corren pequeños robots, cubitos de cincuenta centímetros, que llevan comida a quien lo pide. Van cruzando calles, respetando las normas, usando los pasos de cebra correctamente. La parte delantera tiene una pantalla donde se dibujan unos ojos de sorpresa, y a veces alguna sonrisa. No entiendo por qué en un lugar relativamente chico, alguien no quiere caminar unas cuadras para ir a la cafetería, prefiere hacer su pedido y que llegue a su puerta la cajita repartidora. Pero hay más. En las calles me encuentro con taxis sin conductor. Son coches blancos, con sensores en varios lados y un simpático ventilador en el techo. Inconfundibles. Dicen que salieron al mercado recientemente, los solicitas utilizando una aplicación y te brindan el servicio. Lo propio: son los más respetuosos de las indicaciones de tránsito, van lento y cumpliendo en forma cada instrucción. No me subo a ninguno, aunque me llevo sensatamente bien con la tecnología, prefiero no estar en la cima de la ola.
Y hablando de taxis, me cruzo con tres perfiles distintos de choferes. El primero es un salvadoreño que está aquí hace treinta años. Me dice que perteneció al ejército de su país. Se enlistó porque cuando llegó a la edad requerida -diecisiete años- tenía dos opciones: o iba a las fuerzas armadas, o militaba en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Era un momento de “empate militar” entre las dos agrupaciones, él no tenía ninguna formación política ni interés particular, pero resultaba más institucional hacerlo en una organización estatal. Aquellos años para mí El Salvador jugó un rol muy importante: en 1989 mataron a seis sacerdotes jesuitas en la Universidad Centroamericana, lo que repercutió notablemente en mi formación política y espiritual en México, siendo un joven estudiante de sociología. Le pregunto si sabe algo de aquel hecho histórico, me dice que lo recuerda vagamente; indago si alguna vez fue a la Universidad Loyola, donde nos dirigimos desde el Aeropuerto, me dice: “la conozco, pero nunca he entrado ahí”. Es sabido, en E.U. las universidades marcan el estatus social.
Foto: Hugo José Suárez
En otro paseo me toca un taxista americano de nacimiento. No busco plática, fluye. Cuenta que tiene una relación con México desde la infancia, su padre lo llevaba al mar. Él repitió la operación, hace lo mismo con sus hijos regularmente. Habla de la violencia, y como si fuera un juego, afirma que el próximo verano prepara su viaje a Puerto Vallarta, llevará una playera que diga: “Narco, don’t kill me”.
El tercero es un colombiano que está en Estados Unidos hace diez años. Tiene unas muletas en el asiento contiguo. Como vamos conversando con mi colega sobre libros, en una pausa irrumpe y arrebata la palabra. Dice que tiene una historia extraordinaria que debería ser una novela, y sin que le preguntemos, empieza su parlamento. Era un famoso y conocido actor de una serie de televisión en Bogotá. En cierta ocasión, saliendo de su trabajo, recibió varios disparos en la espalda; el agresor, un joven marginal, quiso eliminar al personaje que representaba: un narcotraficante tan malvado como famoso. Salvó la vida pero quedó parapléjico. Se convirtió al pentecostalismo, y gracias a la intervención de Dios, perdonó a su agresor, recuperó movilidad moderada, se casó, migró y ahora tiene una familia que mantiene con el taxi. Su historia, nos dice, merece ser escrita: “sé que va a ser un éxito, un libro extraordinario, Dios me lo dijo, Dios me lo pide”.
Foto: Hugo José Suárez
Dos visitas me dan un buen panorama de Los Angeles: la playa y el “centro”. En ambos casos el desplazamiento es en taxi, entre 30 o 50 dólares y no menos de 40 minutos tomando imponentes autopistas. Es una temporada fría, así que la playa sólo tiene unos cuantos desquiciados que se meten al mar. Los demás, bien abrigados, paseamos por el muelle que aparece en tantas películas, con chicas hermosas en bikini, patinando o luciendo la piel. Hoy no hay nada de eso, puros abrigos y chalinas. Lo más llamativo es el símbolo del fin de la Ruta 66 en Santa Mónica, en la mera playa. Es la autopista que atraviesa todo el país-continente, vinculando el pacífico con el atlántico. Es notable el esfuerzo que se hizo para el intercambio fluido; trenes, carreteras, ríos, vuelos y ahora internet. Una de las fortalezas de Estados Unidos es su comunicación, lo que les permite un desplazamiento relativamente fácil en un territorio monumental.
Al día siguiente voy a Los Angeles. Curiosa ciudad expandida en el horizonte, distancias brutales básicamente unidas por autopistas, transporte público desastroso y sin un centro como entendemos en cualquier ciudad latinoamericana. Caminar aquí es un sinsentido, nada sin un coche. La primera parada es en la Catedral, magnífica construcción del arquitecto Rafael Moneo inaugurada el año 2002, que tiene una cita bíblica de Isaías en su entrada: “My house shall be called a house of prayer for all peoples”. Es un edificio extraño. Por fuera brutalista, rudo, con muros firmes, ángulos agudos y pocas formas curvas, capacidad para 3000 almas. El edificio guarda sensata armonía con los del barrio, a pocas cuadras está la alcaldía y la corte de justicia. La entrada es por el ala lateral del púlpito, por lo que hay que caminar hasta el fondo por el pasillo para tener perspectiva. Pocas imágenes pero bien escogidas. Tanto en los muros laterales como al fondo y en el altar, hay telares con dibujos. En ambos costados aparecen muchos santos, mezclados en épocas, culturas y vestidos, caminando y mirando hacia el centro, donde los espera la Virgen de Los Angeles con los brazos abiertos. La decoración sobria, limpia, sin ninguna sobrecarga, con un color beige casi uniforme expandido en las paredes y dibujos, y con perfecto manejo de la luz que se filtra por lo alto o por las delgadas ventanas cubiertas de alabastro, que generan un ambiente místico, propicio para la oración. Por supuesto que una de las capillas está dedicada a la Virgen de Guadalupe, con una reliquia de Juan Diego.
Foto: Hugo José Suárez
A unas pocas cuadras, pasando por una autopista que corre diez metros abajo como si fuera un río, está lo que fue el antiguo centro que, ahora sí, tiene tal forma, aunque no lo sea. Ahí se fundó la ciudad, y todavía mantiene lo básico de aquella estructura colonial clásica: plaza cuadrada, un templo, un mercado, un edificio de gobierno. Y muy cerca, la estación de tren. Es claro que son dos eras distintas, la colonial de los siglos XVIII y XIX, que fue desplazada por la estructura y emblema de ciudad moderna estadounidense con edificios enormes y una administración pública sólida. La arquitectura dibuja un país que se construyó enterrando el eco colonial, dejándolo como recuerdo nostálgico poco funcional.
Y llegamos a la última parada, la librería con nombre de manifiesto: “The last Bookstore”. Su nombre es certero. En la era digital, los libros físicos han pasado a segundo plano, y sus lugares de venta han ido cerrando poco a poco. Aquí priman libros exhibidos -aunque hay también discos de vinilo, DVD y revistas-, se los puede tocar, abrir, oler, sentir, como sucedía años atrás en toda librería. Además, la decoración general se empeña en valorar el libro como un recurso estético. El estante de cobro está forrado de lomos de distintos títulos, algunas paredes tienen páginas abiertas grandes como tapizado, hay sillones viejos y cómodos, ideales para la lectura, alguna máquina de escribir antigua, y un curioso altar: sobre unas piernas de maniquí con viejos patines montables de fierro y cuatro rueditas, hay un estante chico de madera que emula el tronco de un cuerpo, abierto con libros en su interior. En el lugar de la cabeza, la imagen de una virgen que sostiene al niño con los brazos abiertos. Al fondo un par de tablas que emulan luz y el manto de una virgen. En los pies el siguiente lema en español: “Nuestra Señora la Reina de la Librería Última de Los Ángeles”.
Foto: Hugo José Suárez
Termina mi visita a esta curiosa ciudad del automóvil. Entiendo mejor por qué Mike Devis escribió Ciudad de Cuarzo, clásico de la sociología urbana descubriendo la lógica del poder plasmada en la ciudad. Ciudad de ángeles que pasean en automóviles.
Cuando murió Paul Auster compré rápidamente uno de sus libros que tenía pendiente leer: “Diario de invierno”. En la segunda parte, el escritor nos lleva de la mano por los distintos domicilios que transitó, uno a uno, contando los sabrosos detalles de su vida. Claro, qué mejor guía autobiográfica que emprender un repaso por nuestros hogares.
Empecé un proyecto narrativo –que seguro no llegará a buen puerto– inspirado en el autor norteamericano y a la vez leyendo pedazos de Annie Ernaux que hace algo similar. Abrí mi cuaderno de notas y pasé revista por todos los espacios en los cuales he vivido. No se preocupen, no los voy a aburrir: son veintidós lugares en seis países y si cuento el número de mudanzas en una misma nación, sube la cifra. Terrible.
Sí, tengo experiencia empírica en esa tareíta por la que todos –o casi todos– pasamos en distintos momentos. Cuento lo anterior porque en estos días estoy precisamente en ese afán: me estoy trasladando. El ejercicio no me gusta, me cansa, me satura, me aturde, pero es a la vez un momento privilegiado para reflexionar sobre la acumulación, el desplazamiento, la relación con las cosas, el lazo entre territorio y vida.
Empiezo, claro, por mi biblioteca. Tomo cada uno de mis libros de cinco en cinco –los que quepan en mis manos– y los reubico en alguna caja más o menos ordenada. Procuro cierta lógica: literatura boliviana, mexicana o universal, sociología y ensayos, revistas científicas, revistas culturales, fotografía, cómic. Los problemas aparecen al minuto, los tamaños no coinciden, los pesos son desiguales, los temas no cuadran del todo. Pero algo logro; primer paso listo: las cajas contienen volúmenes con cierta lógica que ayude a descargar y reorganizar al llegar al nuevo destino.
Me doy cuenta –y ya lo he reflexionado decenas de veces– que uso 20% o menos de mi biblioteca. Guardo textos que en años no he visto, o peor, los libros infantiles de cuando mis hijas, que ya son veinteañeras, leían de niñas. Vuelve la pregunta de siempre: ¿para qué guardo tanto escrito? Si tuviera una casa enorme podría pensar en otro esquema y hasta presumir mi biblioteca como lo hacen tantos, pero vivo en un departamento en Ciudad de México donde cada centímetro tiene precio. Tomo una decisión arriesgada: voy a deshacerme de algunos títulos que no he abierto en años.
Busco opciones, todas implican tiempo y esfuerzo, pienso en múltiples posibilidades, desde donar mis libros a una biblioteca (aunque aquí ya nadie recibe libros), hasta venderlos a librerías de ejemplares usados, o, por último, dejarlos en la banca de la plaza donde voy a pasear a mi perra.
Ahí no termina. Me toca empacar la música y las películas. Repaso mis cientos de CD, en sus anticuadas cajitas duras de plástico, y los filmes que alguna vez compré. Entre mis manos transita tanto Silvio Rodríguez como Tarantino, Sabina o Almodóvar, puras producciones culturales que disfruté en su momento, tanto que invertí parte de mi presupuesto en adquirirlas, custodiarlas y cargarlas.
El lector joven me estará leyendo con asombro, y tiene razón. Toda la música que escuché en mi medio siglo de vida, hoy la tengo en Spotify, y casi no hay película que no se encuentre en la red. En vez de acumular CD en casa –que por cierto ya no hay ni dónde reproducir–, tengo que pensar en pagar mi aplicación y mi conexión a wifi. Sí, soy de la generación que está viviendo el desplazamiento de la materialidad hacia el universo efímero de internet, donde cabe el mundo sin respaldo físico. Libros, música, películas, todo está ahí, en un celular, y para almacenar, en vez de repisas y transportes, necesito una buena suscripción a alguna empresa digital.
Por la puerta de mi casa a menudo atraviesa una camioneta que reproduce una grabación ya icónica de la cultura auditiva de la Ciudad de México: “se compra, colchones, tambores, refrigeradores, estufas, microondas, o algo de fierro viejo que venda”. Entre que estoy organizando mis objetos, teniéndolos en mis manos, dándoles un nuevo lugar, desempolvándolos cariñosamente, me irrumpe el impulso –que controlo, claro– de llamar al “compra todo” y dárselos por unos pesos.
Lo mismo me pasa con otras cositas con la que me encuentro en el camino: adornos, tasas de café que ya no uso, vajillas, cuadros, y un largo etcétera. Me vuelve la pregunta, ahora en el límite de lo existencial: ¿cuánto necesitamos para vivir? Sin ser cachivachero, ¿cuánto guardamos por el placer de guardar? ¿Por el miedo de soltar? ¿Por evitar la sensación de sentirse despojado de materialidades que albergan historias y memorias?
Habrá distintas respuestas. Lo cierto es que todo traslado implica un cambio, una mutación, una oportunidad para poner en perspectiva nuestra relación con la materia, y con la vida.
Tardé casi veinte años en visitar el Jardín James Edward en Xilitla, San Luis Potosí. Sobraban las buenas razones: está lejos, se necesita tiempo, es caro, hay muchos lugares que conocer en México. El caso es que llegó el día; ni un pretexto más para no desplazarnos a ese sitio encantado. Vamos con toda mi familia. El viaje empieza con un paseo por los distintos pisos ecológicos en México. Partimos de la capital hacia el norte por una de las rutas más transitadas, llenas de tráileres, camiones y buses. Antes de llegar a Querétaro, nos desviamos a la derecha para penetrar en una frondosa zona verde y cálida. La sinuosa carretera nos advierte que estamos por entrar en un lugar completamente distinto. Más de ocho horas después de que iniciamos nuestra travesía, casi sin detenernos, llegamos a Xilitla, que está a 600 metros sobre el nivel del mar, y a pocos kilómetros del Golfo de México. El calor y la humedad se dejan sentir.
La primera parada, luego de instalarnos en el alojamiento, es por supuesto el Jardín Escultórico Edward James «Las Pozas». Se dice que el millonario inglés (1907-1984) llega a México a mediados de los cuarenta seducido por las orquídeas; se instala en Xilitla porque era el lugar ideal para verlas crecer y coleccionarlas. Adquiere un terreno enorme y empieza su colección reuniendo plantas de distintos lugares del mundo, hasta que una feroz helada en 1962 destruye todo lo sembrado (diez mil orquídeas). Empieza el nuevo proyecto: construir con hormigón resistente al tiempo las formas más locas teniendo como límite sólo su imaginación.
Desde aquellos años, James pasa temporadas largas en Xilitla, alternando con sus viajes por el mundo y con su residencia en Europa. Forma parte del movimiento surrealista, es amigo de Salvador Dalí, de René Magritte, de Luis Buñuel, de Man Ray, de Leonora Carrington, y es mecenas de varios artistas –además de patrocinador del Pabellón Surrealista en la Feria Mundial en 1939 en Nueva York–. El jardín refleja esa sensibilidad: escaleras que van a ninguna parte, ojos atravesados en el camino, un avión que visto desde lo alto parece un barco, arcos, hongos, bambús, gaviotas, ventanas góticas. Es evidente el diálogo de las construcciones con cuadros de esa corriente: un pasillo de serpientes se parece a un lienzo de Dalí; la fabulosa pintura de M. C. Escher con escaleras que suben y bajan a la vez, es representada en tercera dimensión. En sus obras, James conjuga el intercambio con sus amigos, sus sueños y ocurrencias, en un imponente entorno natural. Su intención no es vincularse con el mundo del arte de los polos urbanos dominantes del país, sino montar su jardín dando rienda suelta a los caprichos de su imaginación. No está haciendo carrera, buscando un público, procurando influencia y prestigio; sólo quiere plasmar sus sueños, cumplir sus fantasías. Por eso su experiencia es tan especial, se trata de un millonario inglés sólidamente vinculado al surrealismo, inserto en una pequeña población tropical a casi 400 kilómetros de la Ciudad de México. Un puente poco convencional que no atraviesa por los canales legítimos del arte y la cultura.
Es curioso. Si el surrealismo es una forma de negación de la realidad, una rebelión frente a lo que los sentidos informan del entorno, y sus representantes convocan a la imaginación, al sueño, al sin-sentido, a esquivar la razón, el entorno en el que está la obra de James es casi una contradicción. Normalmente, cuando he visto un cuadro surrealista, lo he hecho en un museo, donde el clima, la luz, la disposición están finamente planificados para captar el mensaje del artista.
Aquí, entre arañas e insectos, pájaros y humedad, mosquitos y mariposas, calor y moho, es imposible no hacerle caso a lo que dicen la piel, los oídos, los ojos. La naturaleza se siente, se respira, se impone. Y sin embargo, cada pieza envuelta en la cálida y verde atmósfera es una invitación a desprenderse de lo que nos rodea e introducirse en el laberinto de los sueños confusos de James. Es, acaso, otro rostro más de lo barroco latinoamericano.
Cuando visité la casa y el taller de Claude Monet en Giverny (Francia), quedé impactado por el vínculo entre sus paisajes más próximos y sus cuadros. Primero había conocido su obra, así que trasladarse a los lugares donde el pintor impresionista montó su caballete era como formar parte de las piezas, como introducirse en el marco. Aquí, en el onírico jardín de James, me pasó algo parecido, pero en vez de sentirme en uno de sus ambientes familiares y públicos, era como ser invitado a ser un protagonista más en uno de los escenarios de sus sueños. Ese tal vez sea el efecto más desconcertante de la visita. Me llevo una frase de James que dibuja con claridad el proyecto: «construí este santuario para ser habitado por mis ideas y mis quimeras; un mundo propio lleno de libertades, habitable sólo para aquellos que logren construir un sueño propio».
Dejamos Xilitla rumbo a la ciudad de San Luis Potosí para continuar con la experiencia su-real. Llegamos al Centro de las Artes de esa ciudad (CEARTSLP). La historia del recinto ya es impactante: fue construido a principios del siglo XX como una moderna penitenciaría. Su estructura, que nos recuerda a los estudios de Michel Foucault, es exactamente un panóptico: luego de las gruesas y elevadas murallas de piedra y algunos patios administrativos, al fondo se encuentra una pequeña torre de la que se desprenden en forma de estrella cinco columnas con celdas a ambos lados que bien pueden ser controladas desde un solo punto. El lugar ideal para que unos sean observados mientras los otros observan, la materialización del deseo de vigilar y castigar, como nos lo enseña Foucault. Y más: es en esa prisión que Francisco I. Madero fue retenido en 1910 y donde se planeó el histórico Plan de San Luis Potosí que convocaba al pueblo a rebelarse contra el régimen de Porfirio Díaz. Ese monumento con carga histórica, política y filosófica, pasó en el 2008 a convertirse en el principal Centro de las Artes de su entidad y uno de los más atractivos del país. Hoy, la torre de control es dibujada periódicamente por artistas que reinterpretan el sentido de ver para someter, y cada uno de los pabellones está dedicado a una disciplina distinta (música, danza, artes visuales, teatro). Los espacios triangulares entre los pabellones son aprovechados para talleres y exposiciones.
No es todo. En el 2018, en el CEARTSLP se inauguró el Museo Leonora Carrington. El homenaje no podía estar mejor logrado. Se exhiben sus piezas, las enormes a la intemperie rodeadas de la arquitectura especialmente diseñada para lucirlas, y las pequeñas en los interiores de los cuartos con luces y colores adecuados, acompañadas de frases de la artista. Recorrer las piezas de Carrington es fantástico, es un deleite para la vista y un estímulo para la imaginación. Bien lo expresa Carlos Fuentes:
[…] lo que parecía extremo, excluido, suprarreal, se ha convertido en lo central, incluido, inmediato. Lo que se consideraba mágico es ahora lo racional. La lógica del sueño ha vencido la locura de la razón. Y el mundo personal, excéntrico gótico, de Leonora Carrin- gton es hoy nuestro mundo –no el de todos, pero nuestro; no el común, pero el que significa.
Vuelvo a la Ciudad de México luego de tres días exuberantes y desafiantes, llenos de cultura y revelación, poniendo en duda parte de lo aprendido sobre la razón y la explicación, sobre el sueño, sobre la frontera de lo cierto. Vuelvo con un nuevo impulso. Creo que ya sé por qué tardé tanto en realizar este viaje: no volvería a ser el mismo.
Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 30/07/23 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.
Susan Sontag hablaba de la necesidad que tenemos de tomarnos fotos en lugares por los que pasamos para guardarlas luego como trofeos. Es como decir “yo estuve aquí, que no les quede la menor duda”. Me impactan dos extremos. Una preciosa niña afroamericana posa delante del impactante cuadro de Jackson Pollock en el MOMA. Su padre la retrata. Claro, importa más su pequeña que el impresionismo abstracto de Pollock, que funge de telón.
En otra, una pareja elije un grafiti callejero donde un hombre enseña glorioso con una mano la cabeza decapitada de su enemigo y con la otra la espada que acaba de usar. Es un escenario tétrico, violento, guerrero. Ella sonríe a la cámara como si estuviera en un estimulante paisaje.
No es fácil escoger imágenes de un lugar donde se ha radicado varios años. Es mucho lo mirado, lo vivido. ¿Cuál la selección más justa, la más precisa? ¿Qué negativos -de los cientos tomados- dibujan mejor el lugar, el momento? Limitada y arbitraria, toda selección es un recorte de una realidad infinitamente mayor.
Abriendo la caja de los recuerdos, me detengo en aquella foto donde un activista reparte panfletos en una marcha callejera. Se trata de una manifestación de protesta por la muerte de una migrante ilegal africana en manos de la policía. Los afiches dicen: “todos nacemos sin papeles”; “no somos peligrosos, estamos en peligro”. El hombre que regala un pequeño periódico recuerda la imagen del anarquista militante: boina, bigote, pañuelo y lentes. Es un perfecto personaje que podría ilustrar la canción “Los anarquistas” de Leo Ferré. Cierto, la solidaridad belga fluye.
Pero la gente también toma las calles por otras razones. Ahora les toca a sus propios problemas. Son los meses en los que es descubierta una red de pedofilia que fue responsable de la muerte de dos niñas luego de una espeluznante agonía. La indignación inunda las avenidas de Bruselas en la denominada Marcha Blanca. Flamencos y walones se unen, como nunca, con un solo sentimiento de impotencia. Entre el millón de personas en las avenidas, me quedo con tres mujeres que desconfiadas del vecino y protegiendo su cartera, vencieron sus miedos y salieron a protestar, acaso por primera vez.
También en Bruselas, un tiempo más tarde, les toca el turno a los latinoamericanos. El exdictador chileno Augusto Pinochet es atrapado en Inglaterra y se especula sobre la posibilidad de que se le siga un juicio internacional. Las esperanzas de los cientos de migrantes del continente que vivieron las atrocidades de la dictadura –las dictaduras- se pronuncian por toda Europa para evitar que el dictador vuelva a Chile, sabiendo que la justicia en ese país estaba controlada por las viejas estructuras del poder. La pancarta que se levanta enuncia en una noche fría dice: “Pinochet: asesino. Gobierno chileno: cómplice”.
Y entre tanto, fuera de los grandes momentos épicos cuando la gente se pronuncia colectivamente en calles y plazas, está la vida cotidiana, aquella que transcurre pasiva e intensa. Veo un niño en el mercado que lee “los pitufos” entre cajas de banana. Una bella fotógrafa que se trepa en una parada de autobús para captar la mejor toma. Un grupo de viajeros urbanos con cierto aire nostálgico que esperan la llegada del trolebús. Un matrimonio que posa en plena Grand Place inmortalizando, al menos en la imagen, su unión.
También detengo mi mirada en objetos. Un extraño jeep militar viejo, seguramente utilizado por última vez en la Segunda Guerra Mundial. Una estación de servicio antigua perdida en algún pequeño pueblo. Una bolsa de panes enormes con un letrero: “productos turcos, griegos, italianos, marroquíes”. La señalización de carretera en medio del bosque. Unas maniquís atrapadas tras las rejas de una vitrina que nos recuerda por qué Juan Manuel Serrat cuenta la historia de un buen hombre que se enamoró hasta la locura de una de ellas.
De tantas imágenes, quizás las que más me convocan son un grafiti en Lovaina la Nueva que se pronuncia: “Subcomandante, LLN va contigo. ¡Viva el EZLN!”, y aquella en la que una pareja de adultos mayores pasea su pequeño perro; dan la espalda al fotógrafo, caminan de la mano, hacia el infinito que se hace más borroso diluyéndose en el fondo del camino.
Volver a recorrer las imágenes de Bélgica me recuerda a Rufino Tamayo: “hay que mirar, explorar, descubrir… y volver a mirar”
Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).