California 1: Los Ángeles

1972

 Foto: Hugo José Suárez

En canciones, en películas, en libros, en ideas, California está presente. Primera parada: Los Angeles. Llego a una universidad jesuita a dar una conferencia sobre mi último libro. Un bello campus, charlas estimulantes, encuentro con colegas y saberes. Entre otras cosas, en los jardines me encuentro con un pedazo del Muro de Berlín donado a la Universidad y expuesto en la entrada principal, símbolo que dispara múltiples interpretaciones. Primera sorpresa tecnológica: en las calles de la universidad, corren pequeños robots, cubitos de cincuenta centímetros, que llevan comida a quien lo pide. Van cruzando calles, respetando las normas, usando los pasos de cebra correctamente. La parte delantera tiene una pantalla donde se dibujan unos ojos de sorpresa, y a veces alguna sonrisa. No entiendo por qué en un lugar relativamente chico, alguien no quiere caminar unas cuadras para ir a la cafetería, prefiere hacer su pedido y que llegue a su puerta la cajita repartidora. Pero hay más. En las calles me encuentro con taxis sin conductor. Son coches blancos, con sensores en varios lados y un simpático ventilador en el techo. Inconfundibles. Dicen que salieron al mercado recientemente, los solicitas utilizando una aplicación y te brindan el servicio. Lo propio: son los más respetuosos de las indicaciones de tránsito, van lento y cumpliendo en forma cada instrucción. No me subo a ninguno, aunque me llevo sensatamente bien con la tecnología, prefiero no estar en la cima de la ola. 

Y hablando de taxis, me cruzo con tres perfiles distintos de choferes. El primero es un salvadoreño que está aquí hace treinta años. Me dice que perteneció al ejército de su país. Se enlistó porque cuando llegó a la edad requerida -diecisiete años- tenía dos opciones: o iba a las fuerzas armadas, o militaba en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Era un momento de “empate militar” entre las dos agrupaciones, él no tenía ninguna formación política ni interés particular, pero resultaba más institucional hacerlo en una organización estatal. Aquellos años para mí El Salvador jugó un rol muy importante: en 1989 mataron a seis sacerdotes jesuitas en la Universidad Centroamericana, lo que repercutió notablemente en mi formación política y espiritual en México, siendo un joven estudiante de sociología. Le pregunto si sabe algo de aquel hecho histórico, me dice que lo recuerda vagamente; indago si alguna vez fue a la Universidad Loyola, donde nos dirigimos desde el Aeropuerto, me dice: “la conozco, pero nunca he entrado ahí”. Es sabido, en E.U. las universidades marcan el estatus social.

1973

 Foto: Hugo José Suárez

En otro paseo me toca un taxista americano de nacimiento. No busco plática, fluye. Cuenta que tiene una relación con México desde la infancia, su padre lo llevaba al mar. Él repitió la operación, hace lo mismo con sus hijos regularmente. Habla de la violencia, y como si fuera un juego, afirma que el próximo verano prepara su viaje a Puerto Vallarta, llevará una playera que diga: “Narco, don’t kill me”. 

El tercero es un colombiano que está en Estados Unidos hace diez años. Tiene unas muletas en el asiento contiguo. Como vamos conversando con mi colega sobre libros, en una pausa irrumpe y arrebata la palabra. Dice que tiene una historia extraordinaria que debería ser una novela, y sin que le preguntemos, empieza su parlamento. Era un famoso y conocido actor de una serie de televisión en Bogotá. En cierta ocasión, saliendo de su trabajo, recibió varios disparos en la espalda; el agresor, un joven marginal, quiso eliminar al personaje que representaba: un narcotraficante tan malvado como famoso. Salvó la vida pero quedó parapléjico. Se convirtió al pentecostalismo, y gracias a la intervención de Dios, perdonó a su agresor, recuperó movilidad moderada, se casó, migró y ahora tiene una familia que mantiene con el taxi. Su historia, nos dice, merece ser escrita: “sé que va a ser un éxito, un libro extraordinario, Dios me lo dijo, Dios me lo pide”. 

1974

 Foto: Hugo José Suárez

Dos visitas me dan un buen panorama de Los Angeles: la playa y el “centro”. En ambos casos el desplazamiento es en taxi, entre 30 o 50 dólares y no menos de 40 minutos tomando imponentes autopistas. Es una temporada fría, así que la playa sólo tiene unos cuantos desquiciados que se meten al mar. Los demás, bien abrigados, paseamos por el muelle que aparece en tantas películas, con chicas hermosas en bikini, patinando o luciendo la piel. Hoy no hay nada de eso, puros abrigos y chalinas. Lo más llamativo es el símbolo del fin de la Ruta 66 en Santa Mónica, en la mera playa. Es la autopista que atraviesa todo el país-continente, vinculando el pacífico con el atlántico. Es notable el esfuerzo que se hizo para el intercambio fluido; trenes, carreteras, ríos, vuelos y ahora internet. Una de las fortalezas de Estados Unidos es su comunicación, lo que les permite un desplazamiento relativamente fácil en un territorio monumental.

Al día siguiente voy a Los Angeles. Curiosa ciudad expandida en el horizonte, distancias brutales básicamente unidas por autopistas, transporte público desastroso y sin un centro como entendemos en cualquier ciudad latinoamericana. Caminar aquí es un sinsentido, nada sin un coche. La primera parada es en la Catedral, magnífica construcción del arquitecto Rafael Moneo inaugurada el año 2002, que tiene una cita bíblica de Isaías en su entrada: “My house shall be called a house of prayer for all peoples”. Es un edificio extraño. Por fuera brutalista, rudo, con muros firmes, ángulos agudos y pocas formas curvas, capacidad para 3000 almas. El edificio guarda sensata armonía con los del barrio, a pocas cuadras está la alcaldía y la corte de justicia. La entrada es por el ala lateral del púlpito, por lo que hay que caminar hasta el fondo por el pasillo para tener perspectiva. Pocas imágenes pero bien escogidas. Tanto en los muros laterales como al fondo y en el altar, hay telares con dibujos. En ambos costados aparecen muchos santos, mezclados en épocas, culturas y vestidos, caminando y mirando hacia el centro, donde los espera la Virgen de Los Angeles con los brazos abiertos. La decoración sobria, limpia, sin ninguna sobrecarga, con un color beige casi uniforme expandido en las paredes y dibujos, y con perfecto manejo de la luz que se filtra por lo alto o por las delgadas ventanas cubiertas de alabastro, que generan un ambiente místico, propicio para la oración. Por supuesto que una de las capillas está dedicada a la Virgen de Guadalupe, con una reliquia de Juan Diego.

1975

 Foto: Hugo José Suárez

A unas pocas cuadras, pasando por una autopista que corre diez metros abajo como si fuera un río, está lo que fue el antiguo centro que, ahora sí, tiene tal forma, aunque no lo sea. Ahí se fundó la ciudad, y todavía mantiene lo básico de aquella estructura colonial clásica: plaza cuadrada, un templo, un mercado, un edificio de gobierno. Y muy cerca, la estación de tren. Es claro que son dos eras distintas, la colonial de los siglos XVIII y XIX, que fue desplazada por la estructura y emblema de ciudad moderna estadounidense con edificios enormes y una administración pública sólida. La arquitectura dibuja un país que se construyó enterrando el eco colonial, dejándolo como recuerdo nostálgico poco funcional.

Y llegamos a la última parada, la librería con nombre de manifiesto: “The last Bookstore”. Su nombre es certero. En la era digital, los libros físicos han pasado a segundo plano, y sus lugares de venta han ido cerrando poco a poco. Aquí priman libros exhibidos -aunque hay también discos de vinilo, DVD y revistas-, se los puede tocar, abrir, oler, sentir, como sucedía años atrás en toda librería. Además, la decoración general se empeña en valorar el libro como un recurso estético. El estante de cobro está forrado de lomos de distintos títulos, algunas paredes tienen páginas abiertas grandes como tapizado, hay sillones viejos y cómodos, ideales para la lectura, alguna máquina de escribir antigua, y un curioso altar: sobre unas piernas de maniquí con viejos patines montables de fierro y cuatro rueditas, hay un estante chico de madera que emula el tronco de un cuerpo, abierto con libros en su interior. En el lugar de la cabeza, la imagen de una virgen que sostiene al niño con los brazos abiertos. Al fondo un par de tablas que emulan luz y el manto de una virgen. En los pies el siguiente lema en español: “Nuestra Señora la Reina de la Librería Última de Los Ángeles”.

1976

 Foto: Hugo José Suárez

Termina mi visita a esta curiosa ciudad del automóvil. Entiendo mejor por qué Mike Devis escribió Ciudad de Cuarzo, clásico de la sociología urbana descubriendo la lógica del poder plasmada en la ciudad. Ciudad de ángeles que pasean en automóviles.

1977
Foto: Hugo José Suárez

1978

Foto: Hugo José Suárez


Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 19/04/26 como parte de la columna Ciudad a Diario. Fue editado por Adrián Nieve.

Sociología crónica

La sociología es una disciplina de frontera, movediza, inquieta. Hay decenas de caminos para ejercerla, en ocasiones se cruzan, a menudo se alejan; puede que confluyan como suelen enfrentarse.

Quizás el único puerto común entre tanta diversidad en esta disciplina
–indisciplinada– sea, además de la construcción de un problema a ser investigado desde una perspectiva teórica y una estrategia metodológica, aquella máxima que sugería Bourdieu: entender por qué las cosas suceden de una manera siendo que podrían ser diferentes. De ahí, la sociología, bien adelantaba Berger, es un pasatiempo apasionante, un «demonio que se apodera de nosotros» y nos empuja a observar, anotar, explicar (Berger, 1977, p. 42). Un oficio que se define por la pasión por mirar y comprender, está obligado a desplazarse constantemente, a tocar límites, a romper barreras, a rebelarse frente a cualquier intento de domesticación. Como incansable viandante, debe explorar nuevos mundos, emprender audaces viajes, correr riesgos, tocar puertas, saltar sin paracaídas. Sólo así avanza, sólo así no se convierte en piedra de culto.

La crónica es un género que, argumenta Sefchovich, «hasta hoy, no se ha podido definir» (Sefchovich, 2018, p. 21), cuya esencia es la libertad y la experimentación: se puede «confundir con el ensayo, el testimonio, el diario, el reportaje periodístico, el estudio histórico o antropológico, el social o el cultural» (Sefchovich, 2018, p. 22). «Se trata de un género que se ocupa de (o sea que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa)» (Sefchovich, 2018, p. 28). Por su naturaleza, al ser un «mecanismo de observación» que construye un relato con información empírica, la crónica puede dialogar sin pedir permiso, puede entrar y salir a los temas que considere pertinentes, puede casarse y divorciarse de todas las disciplinas tantas veces lo desee. Al final de cuentas, «la crónica existe porque sirve a la necesidad humana de conocer y entender lo que nos rodea (lo que vemos, olemos, sentimos y tocamos…), así como a la necesidad humana de contárselo a los otros» (Sefchovich, 2018, pp. 27–28).

Entendidas así, sociología y crónica mantienen una simpatía mutua, se atraen, coquetean, se seducen, se convocan, se mezclan en el marco de una «afinidad electiva» –como escribía Weber dialogando con Goethe– que las hace empatar en al menos en tres puntos: la exigencia de observación, la necesidad de explicación, el placer de la narración. Los diálogos entre ambos oficios han generado una serie de reflexiones en el tiempo. No son pocas las crónicas cuyo contenido sociológico salta a la vista (no hay que olvidar, por ejemplo, que la sociología es la formación universitaria básica de Juan Villoro y Cris- tina Rivera Garza, dos importantes narradores mexicanos contemporáneos). Asimismo, existen múltiples ejercicios de sociología que han acudido a la crónica, desde la película de Edgar Morin y Jean Rouch, Crónica de un verano, hasta el esfuerzo de Humberto Vázquez por buscar el contenido sociológico en las Crónicas Generales de Indias (Vázquez Machicado, 1958).

Esta interlocución se inscribe, además, en un momento en el cual las características de la vida social actual exigen innovación, soltura e imaginación, como lo han subrayado múltiples voces. Da la impresión que sólo podremos entender parte de lo que sucede si acudimos a las formas de conocimiento que se generan en distintos ámbitos y  emprendemos varios tipos de intercambios. Es un tiempo de flexibilidad y encuentro, que no de construcción de muros y trincheras disciplinarias. Así lo entendieron, por ejemplo, quienes desde la geografía retoman la estética –como Peter Krieger, que explora «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl»1 –, quienes subrayan la necesidad de acudir a la literatura para enriquecer la sociología (Trejo & Waldman, 2018), quienes encuentran en lo visual el camino para entender lo colectivo (Leon-Quijano, 2023).

Este libro se inscribe precisamente en ese debate. Hace varios años que he impulsado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México una línea de investigación llamada sociología vagabunda a través de un seminario sobre las poéticas de la investigación y un taller de sociología narrativa en el posgrado de la UNAM. La intención ha sido reflexionar sobre la manera como ejercemos nuestra tarea, asumir los desafíos y emprender los riesgos. Asimismo, he publicado libros como Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana (Suárez, 2012); Un sociólogo vagabundo en Nueva York (Suárez, 2015); París a diario (Suárez, 2022b), Diario de La Paz (Suárez, 2022a) que preceden al actual documento y van en una misma línea. Este texto es un punto de llegada.

Los artículos que aquí se recogen fueron publicados, en su mayor parte, en la revista digital de crónica 88 Grados entre el 2022 y el 2024, pero añadí dos adendas, una que se refiere a un asalto sufrido en el 2017 donde narro el paso por las puertas del infierno, y mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua en el 2023, que reflexiona de manera más detenida sobre el acto de escribir. Globalmente, busqué ensayar crónicas de mi vida cotidiana en la Ciudad de México, recogiendo los «signos de la calle», empapados a su vez de interpretaciones sociológicas.

La sociología crónica tiene múltiples significaciones, acaso contradictorias, pero liberadoras. Es una apuesta por la intersección, por los vaivenes, por las bisagras, por el entremedio. Se trata de un saber producido desde la observación y también el resultado de las opciones y posiciones de quien escribe. Es una pasión casi enfermiza y permanente, incurable, pero vital. Es un estilo de narración, tanto como una respuesta a un problema. Es contenido y forma a la vez. Es una manera de entender sin dejar de ser una manera de contar.

Este texto es la introducción de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo, y que será presentado en La Fiesta del libro y de la Rosa, campus Morelos UNAM, el sábado 25 de abril, y en la FCPyS-UNAM, el lunes 27 de abril.

  1. Conferencia «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl» impartida por el Dr. Peter Krieger en el Auditorio del Museo Kaluz, 8 de junio del 2024. ↩︎