Tres lindas cubanas

El académico mexicano Gonzalo Celorio, premio Cervantes 2025, escribió hace 20 años un fabuloso libro llamado Tres lindas cubanas. Le sigo la pista hace rato, he leído todo lo suyo que ha llegado a mis manos antes de que recibiera el más prestigioso galardón en lengua castellana. Ahora Cuba está de moda nuevamente y no pocos levantan las banderas deshilachadas de antaño. Tomo distancia. Prefiero seguir el sabio consejo de un amigo que decía que más y mejor se conoce un país leyendo su literatura que montándose en la discusión ideológica y mediática del momento. 

Es un libro emotivo en múltiples direcciones, autobiográfico, sincero, lúcido y con una pluma envidiable que permite pasar páginas sin darse cuenta, hasta sentirse en el medio de la narración aferrado a los personajes y viviendo con ellos sus episodios. 

El escritor mezcla la trayectoria de sus dos tías y de su madre (las tres cubanas), con sus propias visitas a la isla, sus contactos con intelectuales desde México, su evolución respecto de la cuestión política. Así, con múltiples insumos, desde sus recuerdos, sus lecturas, los relatos de sus mayores, sus agudas observaciones, dibuja un lienzo sofisticado con múltiples capas.

Estamos demasiado acostumbrados a escuchar Cuba y pensar que nació en 1959, vincularla a Fidel, a la Revolución, a la lucha armada, a lo político, a las fronteras de la isla. Nada más estrecho y pobre. Celorio nos recuerda que la historia de aquel país tiene siglos, con migraciones, conflictos, idas y venidas, cultura literaria, musical. Reducirla al tema del bloqueo, a la funcionalidad del modelo, a la ausencia de gasolina o luz, a las dicotomías clásicas excluyentes y parciales como libertad/represión, comida/salud, educación/pobreza, Miami/La Habana, no ayuda a tener una idea un poco más profunda de las cosas. 

Por ejemplo, el autor nos dice que la literatura cubana es la que se escribe dentro y fuera de la isla. Lo propio la cubanidad: se es cubano del malecón para adentro, y para el horizonte. Se sufre y se vive el país desde La Habana y desde Miami, con distintas variables, pero con un sentimiento compartido. Hay historia antes y después de 1959.

El origen de la familia de Celorio se remonta a la migración de sus abuelos de España a finales del siglo XIX. En La Habana construyeron una empresa con relativo éxito lo que les dio holgada posición económica, una casa cómoda, una familia unida.

Con la Revolución, su forma de vida se vino abajo, las tres hermanas terminaron en una dolorosa diáspora territorial e ideológica: una a México, la otra a Miami, la tercera en La Habana; una casada con la Revolución admirando a Fidel y sufriendo estoicamente la precariedad de una economía miserable; la otra en Estados Unidos, sin problemas de dinero pero con la dolorosa nostalgia de su pasado, incrustada en un país que no termina de ser suyo. 

Celorio relata su encantamiento juvenil con la isla, que lo llevó al límite de tener agrias discusiones con su madre y hermanos, y luego comparte su experiencia directa de haber vivido la represión, el control, todos los excesos intolerables y su distancia crítica. Dialogando con los textos de Carpentier, de Guillén, de Lezama Lima o de Heberto Padilla; entre mojitos, playa, hoteles, salsa, viajes, cuerpos, nos muestra la vida cotidiana y sus problemas. 

Aparecen episodios jocosos como la indigestión de su tío luego de comerse por hambre hasta la cáscara de unas naranjas; resultado: ir al hospital con un estreñimiento que lo puso al borde de la muerte -y del cual se enteró todo el barrio, hasta el día en que pudo defecar y fue aplaudido por vecinos y conocidos-, hasta el tristísimo accidente de su hermana y su primo cubano en una carretera en México, que les costó la vida. 

Leer a Celorio me recordó mi propia relación con Cuba y lo que representó en mi juventud universitaria. En algún momento tuve afiches del Che, de Lenin y de Fidel en mi cuarto. Fui a La Habana en 1992 creyendo firmemente que llegaba a la sociedad de mis sueños. Escuché a Silvio mañana, tarde y noche, y colaboré con todo Comité de Solidaridad con Cuba que tenía a mi alcance. Pero la virginidad no es eterna. Con el tiempo, con los datos, rompí el bloqueo ideológico que el régimen promueve con éxito, sufrí la misma decepción profunda a la que muchos llegamos más temprano o más tarde. Celorio entre tantos.

¿Cómo apoyar a un sistema que no permite la pluralidad, que castiga la disidencia, oculta el desacuerdo y que sólo aplaude a los que levantan la mano cuando da la orden el gran líder o el partido? ¿Cómo sostener afinidad con un régimen descaradamente antidemocrático, que no respeta los derechos humanos? ¿Cómo apoyar a un país militarista y profundamente represivo? ¿Cómo creer que toda la culpa la tiene el bloqueo, los malos, los otros, los “gusanos” o los imperialistas? No, yo ya “pinté mi raya” -como se dice en México-, o “hasta aquí he llegado” -como Saramago-, con el autoritarismo cubano hace un buen tiempo. 

En fin, Celorio, como Leonardo Padura -a quien leí también en esta temporada-, me ayudan a entender mejor la complejidad de una sociedad apasionada y apasionante. 

Por último, me quedo con el desasosiego que cuenta el escritor sobre la desaparición de su familia -otrora unida y solidaria- por múltiples razones. Las familias mueren, lo sé, lo he vivido, y a menudo ni la literatura las puede salvar.

Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 09/04/26 como parte de la columna Diario Vagabundo

Escribir en prensa

Escribir en prensa

Fue a finales de abril, en 1991. Tenía 21 años, estaba de vacaciones en La Paz y decidí enviar un artículo al periódico. Comencé describiendo mi caminar por las principales avenidas, los minibuses, los librecambistas, la mendicidad. También me fijé en el gran comercio, en las nuevas tiendas, en el mercado. Terminé con las observaciones sobre la política, el debate público, las posiciones y disputas. Con el documento en mano, fui a la oficina de Presencia en la Av. Mariscal Santa Cruz, y dejé mi nota en manos de Ana María Romero de Campero, entonces directora del matutino, que con enorme generosidad la recibió con elogios y palabras de aliento.

Al día siguiente, compré el periódico temprano, vi mi nombre impreso y quise contar a todos mi hazaña, incluido el conductor del minibús que esa mañana me transportó al centro de la ciudad. Y no era para menos, comenzaba una de mis maneras de relacionarme con las letras.

Desde aquellos años, hace más de tres décadas, no he dejado de publicar regularmente en prensa. Creo haber pasado casi por todos los medios en Bolivia, además de algunos en México y ahora en soportes digitales. Mis columnas han tenido distintos nombres: Intervenciones, Diario vagabundo, Sueño ligero, Vida de ciudad, Cuaderno de notas.

Fue decisivo seguir ese impulso atrevido, casi irresponsable, que nos moviliza cuando somos jóvenes. Alimentar una columna me dio, por un lado, la necesidad de observar el entorno inmediato en sus distintas dimensiones (culturales, políticas, sociales) y, por otro lado, sistematizar de manera cotidiana en una nota corta, comprensible, que pueda ser disfrutada por un público amplio. En suma: mirar, analizar y escribir.

He tenido la fortuna de ser acogido por distintos medios que me dieron mucha libertad. He escrito tanto respecto de la política del día, como sobre literatura o cine; sobre un viaje, un libro o una conferencia. Todo lo que pasara por mi vereda y que amerite un tiempo frente a la pantalla. Nunca tuve que someterme a la tiranía de la coyuntura. Me di el privilegio de abordar temas que, a menudo, nada tenían que ver con la agenda pública inmediata. Fue lo que me permitió acumular entradas que luego se convirtieron en el principal insumo para algunos libros.

A mis estudiantes a menudo les doy tres consejos: reúnan información sobre un problema específico que luego puedan explicar, den algún curso en cualquier nivel y no dejen de escribir regularmente en algún medio. Es que la escritura es oficio, es rigurosidad y constancia; y la exigencia de entrega periódica, ordena y disciplina. Muchos años han pasado, tantos como las páginas redactadas, y sigo con gratitud hacia Ana María Romero que le dio al joven veinteañero el impulso para seguir este camino. Guardo, además de su sonrisa, aquella publicación en papel periódico, ahora amarillenta por el paso del tiempo.

Este texto fue originalmente publicada en Brújula Noticias el 08/05/2025 como parte de la columna Diario Vagabundo

Telón de fondo

Susan Sontag hablaba de la necesidad que tenemos de tomarnos fotos en lugares por los que pasamos para guardarlas luego como trofeos. Es como decir “yo estuve aquí, que no les quede la menor duda”. Me impactan dos extremos. Una preciosa niña afroamericana posa delante del impactante cuadro de Jackson Pollock en el MOMA. Su padre la retrata. Claro, importa más su pequeña que el impresionismo abstracto de Pollock, que funge de telón.

En otra, una pareja elije un grafiti callejero donde un hombre enseña glorioso con una mano la cabeza decapitada de su enemigo y con la otra la espada que acaba de usar. Es un escenario tétrico, violento, guerrero. Ella sonríe a la cámara como si estuviera en un estimulante paisaje.

La imagen

La foto del otro es una mirada hacia uno mismo. Detrás de cada imagen está el fotógrafo, con su mundo puesto en juego en el momento de la toma. La foto del otro es un autorretrato. Por eso mostrar una foto es desnudarse, es contar lo que se ha deseado, es compartir algo íntimo

Exponer, dicen, es exponerse. Así nace Tomas y letras, como un diálogo entre mirada y textos de distintos orígenes, donde se pueda ver al fotógrafo a través de su lente y el encuentro con palabras que en conjunto forman un todo compuesto por luz y letras.

15 de enero. La ausencia de Lucho

En dos días llegará la fecha que nunca pasa desapercibida: 15 de enero de 1981, cuando mi papá, Luis Suárez Guzmán, con ocho compañeros del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) fueron asesinados en la dictadura.

Quisiera decir tantas cosas. Repetir hasta el cansancio que los Mártires por la Democracia no le pertenecen ya a ningún partido, que son patrimonio de la nación. Que una parte de las libertades y privilegios que hoy gozamos los debemos a su entrega, a su lucha. Que debemos evitar a toda costa parangones fáciles, arriesgados e imprecisos, especialmente en esta coyuntura donde las palabras están tan manoseadas, devaluadas y cualquier cosa se la llama como no debiera. Que por respeto a ellos y a la historia, no podemos permitir que se politice su nombre, su sacrificio.

Pero no voy repetir lo que se ha dicho tantas veces. Hoy quiero acordarme de Lucho, de su mirada profunda, de su argumento convincente, de su plática encantadora, de su risa contagiosa, de la tanta falta que me hace.

Se fue cuando yo no había cumplido los once años. Y su ausencia no sólo es vacío, es otra forma de presencia. Hablo con él en su tumba, siempre lo hago cuando voy al cementerio central de La Paz. Cuando algún amigo querido visita Bolivia, le pido que también pase por ahí, que le lleve flores y se presente, él lo sabrá reconocer.

Me he preguntado cómo hubiera sido tener a Lucho vivo en distintos momentos. Cuando me gradué de bachiller, quien me dio el diploma me dijo “tu padre debe estar orgulloso desde el cielo”. Quiero imaginar su compañía en cada título que recibí, quiero verlo sentado en el público en mi defensa de doctorado, en mi ingreso como investigador en la UNAM, en las presentaciones de mis libros. Quiero fantasear con su alegría al recibir a mi hija Canela, al tener en sus brazos a Anahí. Quiero especular sobre nuestras pláticas que nunca sucedieron, ya los dos de adultos, hablando de sociología, de cine, de amores y temores.

El destino a veces es generoso. Como cuentagotas, van apareciendo imágenes, recuerdos, frases que por misteriosos caminos llegan a mis manos. Me detengo en dos fotos que recientemente me llegaron.

En la primera, mi papá debe tener unos 22 años. Tiene el pelo corto, bigote fino, lentes cuya parte superior del marco es negro, a tono con su cabello abundante pero bien recortado. Camisa azul marino, pantalón negro, las manos juntas atrás. Mira hacia abajo, pensativo. En el bolsillo de su camisa despunta una pequeña libreta y una pluma, lista para registrar algún pensamiento. La foto es en España, en aquellos años en los que se formaba como sociólogo, cuando indignado escribía por la muerte del Che o de sus manos salían poemas y canciones. Es el tiempo de paternidad y ternura, seguramente mi hermana Patricia y yo estamos en algún lugar a su alrededor, por supuesto bajo el cuidado de Beatriz.

La segunda foto circuló hace unas semanas en alguna de las redes sociales, no recuerdo cual. Debe ser finales de los 70, está sentado, aplaudiendo, parece cantando. Tiene puesta una chompa oscura y un saco de cuero que yo heredé. Aunque la toma es en blanco y negro, sé del color café claro de esa prenda que acaricié tantas veces cuando, luego de su muerte, estuvo en mis manos. Su cabello está largo y todo hacia atrás, el bigote grueso, la mirada alegre, firme, dirigida al futuro. Es una imagen de esperanza. En esos años Lucho transitaba entre el periodismo, la política, la academia, la manifestación y la docencia. Y entre todo, en algún lugar, nosotros, su pequeña tribu.

En fin, son casi cuarenta años de que nos dejó, y no me acostumbro a su ausencia. Todavía me hacen falta sus abrazos.


Publicado originalmente en «El Deber» el 14 de enero del 2020.