La llegada

Luego de meses, casi años, de planificación, llega el día del viaje a Nueva York. Las emociones se aceleran. La última vez que estuve ahí fue hace más de dos décadas, cuando empezaba un ciclo especial en mi vida. Esa ciudad significaba mucho, era como una ventana por la que podía observar un estimulante porvenir. Estaba a media carrera de sociología, descubría tanto mi cuerpo como el saber, pasaba del cine a la lectura, de la clase al concierto, de la protesta a la espiritualidad. Y Nueva York concretizó muchas cosas, me compré mi primera cámara fotográfica, vi Cats, conocí museos y calles, y tantos íconos que entonces cobraban mucho sentido.

Pero hoy vuelvo en otro momento. Expectativas, pero de otra naturaleza. Serán doce meses viviendo en la ciudad, un año sabático, tiempo ideal para mirarse en el espejo, dejar que el pasado haga lo suyo, y que nuevas luces iluminen el futuro. Tiempo para recogerse. Será un tiempo de observación intensa, de escritura cotidiana, de reflexión sostenida, de lecturas permanentes. Dicen que los mayas cuentan sus años vividos cada dos décadas acumuladas; así, en este viaje en el que ya tengo más de cuarenta, estoy en el tercer período de mi vida, con anhelos renovados y la mirada puesta en múltiples direcciones.

Llega el día del aeropuerto. Iré yo solo sin la familia por unos días, tengo una misión: conseguir departamento para que unas semanas más adelante todos tengamos dónde llegar. Compré el pasaje con saludable distancia respecto del día del vuelo. Escogí el más barato, pero al querer emitir el pase de abordaje me di cuenta que no leí la famosa letra chica. Por las condiciones de la compra, sólo tengo derecho a equipaje de mano, por cada maleta extra tendré que pagar 25 dólares. Cuando estaba frente a la computadora intentando escoger un asiento, caí en cuenta que ya estaba asignado, el derecho de elegir o cambiar significaba 59 dólares. El vuelo durará cuatro horas y media hasta Charlotte, en el avión no me ofrecerán comida, me la venderán. En suma, todo indica que la billetera estará a la orden.

Como decía, tengo la difícil tarea de conseguir departamento en siete días. Traigo una lista que hizo mi esposa con los posibles lugares de vivienda. Varias alternativas: Harlem, Brooklyn, Bronx. Diferentes modalidades: amueblado, semi amueblado, vacío. Múltiples precios. Habrá que ver cómo consigo un espacio decente en un lugar que casi no conozco y en un tiempo tan limitado. Lo impresionante es que por el internet hemos tenido la posibilidad de ver barrios, calles, edificios, cuartos, cocinas y cantidad de informaciones que hacen que la ciudad no se me haga especialmente ajena. Entre medio, tengo que dar una conferencia sobre la diversidad religiosa en México.

Cuando llego a Charlotte, entiendo la lógica alimenticia del viaje. Si bien el avión no ofrece comida, en el aeropuerto abundan los locales de todo tipo y precio. Hasta ahí los olores pasan relativamente desapercibidos, pero al interior de la cabina –ahora rumbo a La Guardia, en Nueva York– todo se concentra. Alguien come pizza, otro hamburguesa, uno más saca de una bolsa blanca de plástico una ensalada que la prepara con vinagreta. Las fragancias se mezclan y hacen lo suyo con los poco previsores como yo que no compramos nada. La homogeneidad del consumo está en el café: todos lo compraron en Starbucks. Mientras estoy sentado empiezan a pasar los otros pasajeros. La diversidad es asombrosa; asiáticos, europeos, estadounidenses, árabes, negros, y por supuesto latinos. No me cabe duda, si hay un país multicultural, es Estados Unidos.

La travesía de la búsqueda de departamento fue una épica batalla contra el tiempo y las circunstancias adversas. Probé todos los caminos: llamar a los teléfonos que salían en la página web de Craiglist –moderna forma de venta donde se encuentra desde casas hasta patinetas–, preguntar a los amigos, salir a caminar buscando letreros de renta, mirar en el periódico, poner anuncio en Facebook, etc. Descubrí la historia de los brockers –que en realidad son intermediarios entre el dueño y el cliente– quienes ganan una fortuna por su trabajo. De algo sirvió haberme contactado con uno de ellos, pues me acompañó a pasear por una serie de departamentos en lugares a los cuales nunca hubiera llegado solo.

En el camino me contó algunas cosas interesantes: dijo que en esta ciudad más del 70% de la gente vive en casa rentada, por lo que el mercado inmobiliario es tremendamente dinámico; ante mi pregunta sobre cómo y por qué él hacía este trabajo, me dijo que estudió durante cuatro años diseño y artes, pero como no tenía beca y la universidad es carísima, tuvo que endeudarse, por lo que las próximas décadas estará pagando sus estudios trabajando en algo para lo cual no estudió, pero que le genere lo suficiente para salir de su deuda. El modelito de enseñanza se me hace conocido, lo he escuchado en múltiples voces siempre neoliberales –por eso defiendo tercamente la universidad pública y gratuita–.

Pero por más interesante que sea la charla, su mediación para el alquiler subía mi presupuesto a los cielos. Fui a la Universidad a buscar ayuda sin mucho éxito, continué preguntando a los amigos, seguí caminando calles neoyorkinas fijándome en todo cartel que parecía decir algo sobre la renta, pero nada. Al borde de la desesperación, unas horas antes de que saliera mi vuelo de vuelta con las manos vacías, apareció en el internet alguien que por desplazamiento sabático rentaba su departamento cerca del metro y de la Universidad de Columbia; lo daba amoblado. Ideal para mis necesidades.

Lo contacté inmediatamente, resultó ser un antropólogo progresista que conocía México y que incluso había estado en Nicaragua en los años de la Revolución Sandinista (varios afiches colgados en sus paredes lo delataban). El trato fue directo, sin intermediarios, con una sensación de haber encontrado no solo un lugar donde vivir sino alguien afín en esta ciudad de millones de personas diferentes. Fue como meter gol en el último minuto del partido. Sí, cosas del destino.

Lo extraño fue la confianza con la cual sellamos el trato: lo visité en su departamento, charlamos alrededor de 15 minutos, le di un depósito de 2.400 dólares en efectivo. Le entregué un par de cartas profesionales mías (fotocopia de mi constancia de trabajo e ingresos, mi invitación en Columbia y mi pasaporte), él me firmó un recibo en una hoja de cuaderno y le tomé foto a su licencia de conducir vencida. Todo el intercambio fue con base en la palabra, la suya y la mía. Completamente distinta la relación con mi casero en México que me pidió un garante, varias referencias profesionales y personales y firmamos un contrato en una oficina de abogados.

Ya me habían dicho que buena parte de las relaciones en Nueva York reposan en lo verbal y la confianza y no en la papelería firmada, herencia colonial latinoamericana. Ya tengo departamento, podemos iniciar esta aventura del año sabático.

Publicado originalmente en «Un sociólogo vagabundo en Nueva York», 2015.

En la pesera

Diariamente tomo una pesera -que se escribe con “s” porque al principio el viaje costaba un peso- en el recorrido de mi casa en Coyoacán a la Ciudad Universitaria en México. En el camino, mato el tiempo entre la lectura del periódico y la observación del comportamiento de los demás; finalmente, sigo siendo sociólogo (y recuerdo a Marc Augé cuando escribía Un etnólogo en el metro).
Tres escenas me atrapan:

  • Una mujer sentada a mi lado saca de su cartera una pequeña bolsa de cosméticos. Los abre cuidadosamente y empieza la sesión de decorado. Como sucede en estos casos, va paso a paso, utilizando con especial maestría cada uno de los instrumentos y dominando el movimiento del agitado transporte. Todo con el objetivo de embellecerse, resultado claramente conseguido al llegar a su destino.
  • Un joven muy bien acomodado en dos asientos, saca de su mochila un cortaúñas y procede, también controlando el tambaleo de la pesera, a recortarse cada uña (por suerte de las manos solamente). El sonido que acompaña a este natural acto se escucha muy a pesar de la música impuesta por el conductor.
  • Un oficinista, vestido con traje y corbata, contesta su bullicioso celular y nos invita a todos a participar de lo que podría ser una reunión de trabajo. Hablando fuerte da órdenes con respecto a su proyecto, estrategias, actividades para el día, etc.

Ninguno de los comportamientos me molesta particularmente, los observo con curiosidad científica, pero me pregunto hace cuánto que el espacio público se ha convertido en un lugar para hacer cosas que estaban reservadas a la privacidad. Y me preocupa pensar hasta dónde llegaremos. ¿Cuál el límite para compartir con los demás en esos lugares? ¿Será que la urbanidad nos ha convertido en seres brutalmente anónimos que ya no tenemos sentido del ridículo? Vaya a saber.

Publicado originalmente en «Hacer sociología sin darse cuenta» (2018).

París, un pueblo bicicletero

Pocas noticias positivas leemos en estos tiempos. Va una de ellas. Luego de un largo encierro de 55 días, unas semanas atrás París empezó a retomar su alegría. Teniendo en cuenta que el contagio del Covid es más fácil en espacios cerrados, la alcaldesa Anne Hidalgo decidió dar un impulso mayor al uso de la bicicleta como medio de transporte masivo.

No es nuevo, desde que asumió las riendas de la ciudad el 2014, una de sus intenciones fue cambiar el principio del desplazamiento urbano. La idea era que para movilizarse cotidianamente no se debía invertir más de 20 minutos. La bicicleta estuvo en el centro de esa propuesta.

Se implementó una serie de ciclovías y se creó un sistema de renta de bicis muy amplio que permitía llegar a destino sin mucho inconveniente. Surgieron dudas, desde quienes reivindican el coche como el medio más cómodo, hasta los que consideran que en bici se pierde la elegancia o simplemente no es útil en el invierno. Pero el programa siguió con éxito.

Luego de lo peor del confinamiento, los primeros días de la reapertura de la vida pública, Hidalgo relanzó su ambicioso programa para desplazarse pedaleando. Improvisó calles, habilitó rutas nuevas, impulsó talleres y centros de reparación. El impacto fue notable, se dice que el uso de bicis creció un 30%, y en las tiendas desaparecieron rápidamente: se vendieron como pan caliente.

Actualmente hay bulevares enteros dedicados sólo a la bicicleta, en las ciclovías hay centenas de ciclistas y es común encontrarse con filas en los semáforos -exclusivos, claro- antes de que se pongan en verde.

La llegada de la bicicleta como transporte cotidiano en la ciudad ha sido un largo proceso. Hay muchas historias que cuentan cómo la tarea no fue fácil, los pioneros tuvieron que lidiar con una serie de dificultades que iban desde la intolerancia de los conductores de autos, hasta la falta de rutas adecuadas. Pero poco a poco la bici fue pasando de ser un objeto de diversión y paseo, a un medio de desplazamiento rápido, eficaz, saludable y no contaminante. El proceso fue de la mano del ascenso de la conciencia ecológica que se expresa en lo político, lo económico y lo social de distintas maneras.

La experiencia parisina deja muchas enseñanzas. No faltan quienes argumentarán que la particularidad de las ciudades impide su uso: que en La Paz hay muchas subidas, que la Ciudad de México es demasiado grande y la gente conduce muy mal. Por mi parte no tengo duda que, con imaginación y voluntad, todos los inconvenientes bien podrían ser salvados. En estos tiempos tenebrosos donde hay que buscar salidas por todo lado, la bicicleta parece otorgar una de las mejores opciones.

Anne Hidalgo repite en sus participaciones públicas que lo que ella hace es escuchar y canalizar la voluntad de los parisinos. Bello momento, la ciudad luz ahora es ciclista.

Publicado en El Deber el 28 de julio del 2020. 

El Estado paralelo

El gobierno utiliza, como es de esperarse, todos sus esfuerzos para reestablecer el régimen de control que le dio holgura durante sus 14 años anteriores. Ha desempolvado las prácticas mezquinas y busca volver a sus mejores momentos donde todo (justicia, medios, organizaciones, sindicatos, etc.) pasaba por uno de sus tentáculos. En algunas instancias lo ha logrado sin dificultad, en otras -como los colaleros de Yungas- le está costando más trabajo.

La última aberración fue con el tema de derechos humanos. Se ha escrito ya sobre el retroceso que hemos vivido en este período. El MAS se ha empeñado en desnaturalizar los derechos humanos, creando una jerarquía entre los humanos de primera – sus militantes que merecen todos los privilegios- y los de segunda -a quienes se les aplica la ley, controlada, evidentemente, por el masismo-.

Las detenciones arbitrarias van de la mano del desmantelamiento de las instituciones que mínimamente podían dar una pequeña y tibia defensa a la gente frente a la fuerza abusiva del MAS. La creación de una Asamblea de Derechos Humanos paralela que es tan funcional como sus medios de prensa o sus sindicatos, es simplemente un despropósito que sólo puede arrancar carcajadas. ¿Son esos “para-funcionarios” los que van a defender a los ciudadanos?

Uno de los acentos del gobierno, o más bien de la cultura política masista instalada y labrada con los años, es no utilizar solamente los recursos estatales para sus fines -la prueba más escandalosa fue la “elección de Estado” que hicieron el 2019-, sino, además, promover instancias fuera del aparato estatal que, con distintos grados de inserción en la sociedad civil, funcionen como operadores políticos. Aquello se podría llamar un Estado paralelo.

En el 2019 esa estrategia fue exitosa: se mandó a “ciudadanos” a quemar casas, buses, golpear, destrozar todo lo que encontraban en el camino y aterrorizar a vecinos sin el menor descaro. Claro, no eran “agentes del orden” que luego puedan ser juzgados, no eran policías o militares -como sucedió en Nicaragua, por ejemplo-, era gente, masa que luego sería imposible condenar.

Algún defensor del MAS decía en medios que la violencia en aquel período fue “ciudadanos contra ciudadanos”, por tanto no hay a quién juzgar. Lo que ocultan es que unos “ciudadanos” eran en realidad militantes cumpliendo órdenes emitidas por oscuras autoridades. Lo mismo sucedió en las confrontaciones de hace unos meses, cuando burócratas disfrazados de ciudadanos salían a las calles a golpear con Wiphalas y palos a quienes se manifestaban con banderas bolivianas.

La promoción de estos grupos paralelos que actúan fuera de las leyes y hacen lo que su conciencia les manda, amparados en una deslucida retórica socialista que a nadie convence, es parte de una estrategia de creación de un Estado paralelo que no se rige por leyes sino por intereses de los gobernantes. Hemos llegado un punto donde a menudo uno se pregunta si el presidente es Luis Arce, democráticamente elegido con amplia votación, o más bien Evo Morales que convoca a movilizaciones, representa al país en el extranjero, se desplaza en transportes oficiales, goza de todos los privilegios, y sus deseos son órdenes para propios y extraños. Triste: el Estado paralelo tiene su para-presidente.

Es enorme el riesgo para la democracia provocado por una política paraestatal, y el MAS está dando pasos agigantados para convertirse en el verdugo de aquél régimen arrancado a la dictadura en 1982, y del cuál el propio MAS ha sido uno de sus principales beneficiarios -y en contados momentos de lucidez, su promotor-.

Si seguimos en ese camino, más temprano que tarde llegaremos al sueño masista del partido único, al ejercicio despótico del poder y a un autoritarismo que aplane toda pluralidad y disidencia. Eso si no atravesamos antes por dolorosas confrontaciones que dejen más luto, o, si no emerge algún otro líder iluminado que lleve el péndulo en otro sentido y que, con una retórica contraria, haga exactamente lo mismo. Cierto, el panorama es poco alentador.  

Publicado originalmente en Página Siete (22-12-21).

Ese oscuro vicio

No sé muy bien por qué, pero adoro trabajar en los cafés. No es que no tenga un espacio adecuado en casa, todo lo contrario, mi escritorio es cómodo, mi computadora generosa y con pantalla enorme. En la UNAM, mi precioso cubículo es amplio, con vista al Ajusco, dos pantallas y mis libros que me acogen. Pero por alguna extraña razón, termino siempre en algún café para escribir.

Soy un cazador de cafés. En las ciudades en las que he vivido en los últimos años, nada más estimulante que la aventura urbana de ir a buscarlos, descubrirlos. Recuerdo que en París recorría cuadras procurando el mejor lugar. En México lo propio, y ahora que estoy en La Paz, me he puesto como tarea conocer todo local que pueda.

La verdad es que exijo mucho. No soporto un grano mal tostado o que la mesa donde llegará mi taza tenga un frasco de mayonesa o un salero. He dejado tazas servidas -las pagué, claro- si el líquido oscuro se asemejaba a un Nescafé. No, simplemente no. Además, busco el equilibrio entre la calidad del grano, el servicio, el olor, la música y el ambiente.

Tengo la impresión de que mi relación con el café oscila entre el ritual y el vicio. Aunque mi consumo es mesurado -mi cuerpo no tolera más de dos tacitas diarias-, lo hago a media mañana y luego de la comida del medio día, siempre expreso. Antes de consumirlo, cuando voy a trabajar, abro en mi computadora el documento que debo escribir, y en lo que el café va haciendo efecto, mis manos empiezan a escribir, estimuladas -incluso guiadas- por el líquido que se apodera de mí. La mayoría de mis libros y artículos los he escrito frente a una taza de café; mi sociología, claro está, le tiene una enorme deuda.

En La Paz, la oferta de cafés se ha diversificado. Algo he escrito en mi libro La Paz en el torbellino del progreso (Ed. 3600, 2020), especialmente sobre el cambio generacional y la creación del nuevo gusto y estilo de vida de las últimas dos décadas. En esta ciudad ya se puede disfrutar de una oferta variada: boutiques con un sofisticado tratamiento del grano y aroma delicioso desde la entrada, espacios llenos de libros para que acompañen el momento, paisajes psicodélicos o posmodernos, restaurantes donde el servicio es teatral y performativo, locales comerciales donde el café es malo pero el ambiente cómodo y céntrico, alguno cuyo logo combina café y bicicletas, y hasta algún pequeño y adorable rincón en Sopocachi con estética gatuna. Hay de todo.

Lo cierto es que ya podemos pasar semanas variando los espacios sin repetir. El café es un regalo, que unido a la plática, la lectura o la escritura, es de los mejores agasajos que nos podemos dar.

Publicado originalmente en Revista Rascacielos (11-07-2021)

Desde mi ventana

Hace años vi una exposición de fotografías que se llamaba simplemente “París desde mi ventana”. Y era eso. El registro de un habitante de la magnífica ciudad que tomó fotos de su entorno. Georges Perec decía con tino que hay que interrogar, leer los espacios, y sus fabulosos libros recogen detenidas observaciones de sus vecinos.

Durante un año, entre el 2020 y el 2021, viví en el edificio Diana, en la Av. 6 de Agosto, cerca del monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés. Fue una temporada muy especial porque volvía al país luego de varias décadas y me acogió un ámbito familiar. En ese mismo lugar había pasado días de mi infancia, pues mi abuela tenía un departamento en el que nos recibía con cariño. Ahora, me tocó estar en medio de la pandemia, las temerosas olas de la enfermedad, el encierro, los cubrebocas y el alcohol por todo lado.  

En esos meses, sin moverme de mi hogar, curioseando por cada uno de mis ventanales, pude ver desfilar al país en sus distintos rostros y fotografié lo que más llamaba mi atención.

Una tarde muy tranquila, las sirenas quebraron el silencio anunciando la llegada pomposa de las primeras vacunas. Las marchas fueron cosa de todos los días, con petardos que estallaban exactamente a la altura de mi dormitorio y aterrorizaban a mi perra; vi pasar a todo tipo de marchistas, a menudo con dirección al Ministerio de Educación. También vi a masistas que golpeaban con palos y wiphalas a quienes protestaban con banderas bolivianas, y me encontré con similares aguerridos militantes que agredían las instalaciones de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. 

En el atrio de la UMSA, donde de joven participé en múltiples movilizaciones, vi ferias de todo tipo, la vacunación masiva, una performance con gente de overoles rojos y máscaras, disfrazados como los personajes de la serie La casa de papel, y simpáticas cebritas en fila. Todo atestiguado por el mural desgastado del Che.

Vi oficios callejeros: el lustrabotas, la vendedora, el funcionario municipal borrando los graffitis de Mujeres Creando. No faltaron los accidentes, como el de  aquel auto que se subió a la acera destrozando la jardinera de la entrada —por suerte no se topó con el lustrabotas que trabaja en esa esquina—, o el que cayó en el túnel de la avenida Arce al salir de la calle Goitia.

Como tengo un buen teleobjetivo, pude observar los interiores de departamentos vecinos, o las típicas frazadas impresas con tigres colgando al sol. Y, por supuesto, el paisaje urbano, los atardeceres anaranjados, las nubes dibujadas, la retirada del sol que deja sus últimos rayos en Villa San Antonio mientras los foquitos empiezan a encenderse.

En suma, disfruté de los “privilegios de la vista” —decía Octavio Paz— que nos regala esta ciudad multifacética.

Publicado originalmente en Revista Rascacielos (11-12-2021)

Libros y viajes

Algunos siguen el lema “eres lo que comes” y tienen algo de razón. Tal vez se pueda estirar el argumento: “eres lo que lees”, y más, “eres lo que escribes”. Tengo el privilegio de dedicarme al mundo de los libros, afortunadamente vivo de lo que escribo. En mis viajes, invierto una parte de mi tiempo a las librerías, y con algunos de mis amigos, lo primero que hacemos al vernos luego de una temporada, es intercambiar lo último que publicamos.

Mejor ni cuento el problema que representa cargar libros en una maleta de 23 kilos, y lo difícil que es encontrarles un lugar en un departamento cuyos estantes ya están atiborrados compitiendo cada centímetro con los adornos y cuadros.

El caso es que en mi último viaje a México, me encontré con gratas sorpresas. Resumo.

Mi entrañable amigo Massimo Modonesi me regaló México izquierdo (Bibliotopía, México, 2021). El documento recoge sus reflexiones sobre los movimientos sociales de la izquierda mexicana en las últimas décadas, dando cuenta de su diversidad. Es una mirada fresca, gramsciana, que se escapa de la prisión dogmática reinante e impuesta desde el centro del poder.

Dos colegas y buenas amigas investigadoras de la UNAM me dieron sus últimos libros coordinados: Espacios públicos y ciudadanías (Ramírez Kuri, coord., IIS-UNAM, México, 2021); Alvarez, Construcción de ciudadanía en la Ciudad de México (Coord. UNAM, 2021). Se trata de una investigación de largo aliento sobre el espacio público y la ciudad neoliberal, mostrando cómo la vida urbana está marcada por una visión económica que favorece la desigualdad, pero donde surgen resistencias y luchas.

Compré el libro Regreso a la jaula. El fracaso de López Obrador, de Roger Bartra (Penguin Random House, México, 2021). Suelo adquirir los libros de Bartra -que además es mi colega en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM- tanto por su reflexión como por su escritura, por el placer de leerlo. Es un documento agudo que va al corazón del dogmatismo del presidente, lo desmenuza, lo desmonta, lo desnuda y propone nuevas pistas. Bartra, que se define como “intelectual socialdemócrata”, en su escrito “ofrece una crítica que puede animar a las corrientes más democráticas que están resistiendo las inclinaciones autoritarias que hoy nos amenazan”. Claro, lo leo pensando tanto en México como en Bolivia.

También compré La casa de la contradicción, de Jesús Silva-Herzog Márquez (Penguin Random House, México, 2021). Suelo leer las columnas del autor en Reforma. Desde una postura liberal democrática, a menudo tiene posiciones especialmente inteligentes que van más allá del sentido común. No siempre comparto su opinión, pero disfruto cómo la dice. Silva-Herzog critica la ilusión democrática en la que caímos todos, sus principales tentaciones y desvaríos, sus contradicciones.  Y más, ya lo decía, la narrativa es deliciosa, bien lo dice Bartra en la portada del libro: “Convertir la reflexión política en poesía es una hazaña lograda con maestría en este ensayo”.

Dos títulos para terminar. El león y el unicornio y otros ensayos, de George Orwell (Turner, España, 2021). Es una colección de escritos entre 1936 y 1952 presentados en orden cronológico. Orwell es uno de mis autores favoritos, proféticamente lo dijo todo en Rebelión en la granja, imaginando lo que se hizo historia decenas de veces, claramente en Bolivia con mayor torpeza; la historia superó la fabulación. Es un autor mágico, desbordante de creatividad y lucidez.

Obras reunidas I de Ivan Ilich (F.C.E., México, 2019). Siempre he tenido a Illich cerca pero nunca lo he leído en serio. Aparece en conversaciones, en seminarios, en cafés. Este volumen reúne varios de sus libros. Es impresionante lo potente de su visión planteada hace medio siglo pero que sigue dando luces. Finalmente el capitalismo criticado por él quedó intacto luego de neoliberales o populistas que, en el fondo, no salen del paradigma perverso del progreso y la modernización.

En suma, me dio gusto recorrer autores y amistades, con posiciones políticas distintas pero sacudiendo los mandatos intelectuales emanados desde el campo del poder, confrontando ideas, no dogmas. Imaginarán, pasaré varias horas recorriendo esas letras. Tengo para rato.

Publicado originalmente en Página Siete (17-11-2021)

Netflix

No me gusta la televisión. De hecho la he evitado desde hace mucho tiempo, y ahora de plano ya no tengo el aparato en casa. Cada que me toca ver algún fragmento, normalmente en los consultorios o salas de espera, me convenzo de haber tomado la decisión correcta. Mi distancia con la caja mágica se acentuó cuando vine a vivir a México y sentí mi inteligencia ofendida cada que caía en cualquier programa de Televisa o TV Azteca, acaso la basura mediática más lograda.
El caso es que luego de un tiempo de resistencia, decidí suscribirme a Netflix, y ahora soy un consumidor compulsivo de sus series. No veo tele, veo Netflix en mi dispositivo electrónico. Lo que me llama la atención es el lugar que ha ocupado esta forma de consumo de imágenes y cómo ha transformado tantas cosas.
Vamos por partes. En estos tiempos de individualización, donde cada uno decide contenidos y momentos para consumo mediático, Netflix permite no estar obligado a tener que esperar un episodio a la hora que el programador lo decida, sino más bien cuando uno pueda hacerlo. Así, no pasa nada si un día no pudiste ver un capítulo, o si se te atravesó algo; ya habrá ocasión para retomar la historia.
De hecho una de las razones por las que no seguía una serie completa en cualquier canal, era por la dificultad de obligarme a estar frente a la pantalla a una determinada hora. Eso se acabó. Recuerdo que cuando era niño se transmitía la serie americana Dallas, y todos sabían en qué estado estaba el famoso personaje “Jr.”. Lo propio con telenovelas como Rosa de Lejos. Es más, el día en que iban a transmitir el último capítulo fue casi un feriado nacional. Hoy, ese escenario es imposible. Con mis amigos cercanos comentamos las distintas series vistas pero uno va empezando, el otro al medio, y el otro ya la terminó.
Cada cual a su ritmo, lo que no impide que podamos discutir e intercambiar opiniones.Por otro lado, hay que decir que las telenovelas mexicanas prisioneras de los intereses de Televisa son de tan mala calidad que da vergüenza ajena. La simple comparación con cualquier programa en Netflix es notable en todos los aspectos: actuación, libreto, escenario, ritmo, contenido y un largo etcétera.
En mi tableta he visto historias que me han llevado a las emociones, a las lágrimas o la rabia, al miedo o la risa, a la razón o al entretenimiento, además con un agudo sentido crítico de la realidad. Por ejemplo, la crudeza de la política nunca fue tan bien presentada como en House of Cards, los límites de la tecnología en la vida diaria se los expone en Black Mirror, la transformación de un tipo ordinario en un magnífico dealer está en Breaking Bad.
Llama la atención que lo que puso en jaque al monopolio televisivo en México no fueron los esfuerzos de canales culturales o de producciones alternativas de la izquierda, sino una empresa norteamericana que simplemente puso la calidad por delante y entendió que el espectador es alguien medianamente inteligente que quiere ver en la pantalla historias que le hablen de la vida diaria sin matices cursis. Por último, es extraña la manera cómo Netflix se ha introducido a la vida marital. Antes, coordinar con la pareja para sentarse frente a la televisión en el mismo momento a ver una novela por más de una semana consecutiva era motivo de pleito. Hoy la negociación es más fluida, los tiempos se equiparan con más facilidad, todo se resuelve en la cama con una pequeña pantalla sin mediación alguna. Varios de mis amigos han hecho del momento de ver Netflix el espacio de encuentro de pareja, más importante que ir a pasear al parque.
No faltará quién con legítima suspicacia piense que Netflix me pagó esta columna. No es el caso –lamentablemente casi no cobro por lo que escribo-. Lo cierto es que Netflix ya se instaló en nuestras vidas –al menos en la mía- y, la verdad, estoy feliz enredado en su telaraña. Más adelante comentaré algunas historias que me llamaron la atención; ahora dejo estas letras, me espera una nueva temporada de mi serie favorita

Publicado en diario  El Deber

Seres urbanos

La ciudad la habitamos y nos habita con igual intensidad. Somos la ciudad, le pertenecemos, la construimos, la constituimos. Las calles son nuestras, los edificios, los ríos, las montañas, el clima, el granizo. Cada lugar está impregnado por nuestro paso, por nuestra pequeña historia: nuestro primer enamoramiento, el primer entierro, la pena, la fiesta. Nuestro pasado está inscrito en estos territorios íntimos.

Soy paceño. No nací aquí, pero ese es un detalle poco importante, basta recordar a Chavela Vargas que, habiendo visto la luz en Costa Rica, decía que “los mexicanos nacemos donde nos da la gana”; o dicho en otro código: “no porque los gatos nazcan en el horno, son panes”. Crecí en San Miguel desde inicios de los 70. Jugué con bicicleta hasta el cansancio, trepé el cerro del frente que hoy es Auquisamaña, jugué con barquitos de papel en el río hoy entubado, entré en las cuevas e intenté sin éxito atrapar lagartijas.

Desde mi barrio vi pasar la dictadura y el Golpe de Estado de 1980. Temblé con el miedo de pensar que los militares vinieran a mi casa. Y fui conociendo otros rumbos: en Miraflores jugué tardes enteras con mis primos en casa de mi abuelo, en la Avenida Busch; en esas paredes se veló a mi padre cuando lo mataron en 1981, ahí también despedimos el cuerpo de a mi abuelo décadas después.

Fui a Sopocachi muchas veces, dormí en el departamento de mi abuela recibiendo mimos y jugo de naranja en las mañanas. Diariamente me dirigí a mi colegio en Següencoma, y volví cansado con el implacable sol azul de medio día atravesando el Choqueyapu, cargando -o más bien arrastrando- mi mochila con útiles escolares.

Viví múltiples experiencias en El Prado, en la imprenta del “Picus” en San Pedro, en los locales de la Av. Illampu donde bailábamos morenada hasta el amanecer, en el departamento del Moisés en la Plaza Villarroel. Comí las salteñas de todo lado, las donas de la Av. 6 de agosto y las hamburguesas del Iglú, además del tradicional sándwich de lomito del local de El Prado que desapareció. Cuando tuve auto conocí las rutas que trepaban a las montañas pare ver mejor mis lugares desde lo alto, y ahora que tengo bicicleta, cada fin de semana recorro algún lugar disfrutando del paisaje.

Cierto, me fui de la ciudad por varias décadas, pero nunca la dejé. En los últimos años, cada que volvía, me encontraba con algo nuevo.  Veía cómo mi pasado citadino se iba transformando al ritmo de una sociedad que supera toda sorpresa y no respeta reloj alguno. Asombrado por la densidad del cambio, decidí acudir a mi oficio que es observar, escribir, descubrir.

De eso trata mi libro La Paz en el torbellino del progreso (Ed. 3600, 2020) que fue publicado recientemente en su versión boliviana y circula en librerías. ¿Cómo hemos sentido los paceños el cambio de los últimos lustros? Ahí cuento todo lo que puedo, desde mis recuerdos de niño sanmiguelero (por ejemplo la visita de un sapo en la habitación de mis padres, o la muerte de una solitaria vecina cuyo cuerpo se lo encontró tres días después), hasta el cambio en el hábito del consumo del café en mi abuela (que lo tomaba tinto y fuerte, jamás admitió un expreso), o el whisky de mi abuelo que tenía que ser Jhonnie Walker. También están los relatos de la experiencia de subir al Puma, al Teleférico, o los datos municipales oficiales que ilustran la magnitud de cambio.

Cómo habitamos una ciudad, cómo la construimos sin darnos cuenta mientras ella nos moldea con coqueto disimulo. Qué cambia, qué permanece. Qué nos hace ser paceños, qué se lleva el tiempo, y qué sorpresas nos trae cada vuelta al reloj. Ese es el libro que los invito a leer. Es, en el fondo, una provocación a mirarse en el espejo como seres urbanos que somos, mientras atravesamos el último puente, caminamos la plaza recién inaugurada, o nos comemos la última innovación de la salteña acompañada de limonada con leche. Ojalá disfruten esas letras.

(Publicado en Página Siete, 21-7-2021)