Años belgas (1996-2001)

No es fácil escoger imágenes de un lugar donde se ha radicado varios años.  Es mucho lo mirado, lo vivido.  ¿Cuál la selección más justa, la más precisa? ¿Qué negativos -de los cientos tomados- dibujan mejor el lugar, el momento?  Limitada y arbitraria, toda selección es un recorte de una realidad infinitamente mayor. 

Abriendo la caja de los recuerdos, me detengo en aquella foto donde un activista reparte panfletos en una marcha callejera.  Se trata de una manifestación de protesta por la muerte de una migrante ilegal africana en manos de la policía.  Los afiches dicen: “todos nacemos sin papeles”; “no somos peligrosos, estamos en peligro”.  El hombre que regala un pequeño periódico recuerda la imagen del anarquista militante: boina, bigote, pañuelo y lentes.  Es un perfecto personaje que podría ilustrar la canción “Los anarquistas” de Leo Ferré.  Cierto, la solidaridad belga fluye.

Pero la gente también toma las calles por otras razones.  Ahora les toca a sus propios problemas.  Son los meses en los que es descubierta una red de pedofilia que fue responsable de la muerte de dos niñas luego de una espeluznante agonía.  La indignación inunda las avenidas de Bruselas en la denominada Marcha Blanca.   Flamencos y walones se unen, como nunca, con un solo sentimiento de impotencia.  Entre el millón de personas en las avenidas, me quedo con tres mujeres que desconfiadas del vecino y protegiendo su cartera, vencieron sus miedos y salieron a protestar, acaso por primera vez. 

También en Bruselas, un tiempo más tarde, les toca el turno a los latinoamericanos.  El exdictador chileno Augusto Pinochet es atrapado en Inglaterra y se especula sobre la posibilidad de que se le siga un juicio internacional.  Las esperanzas de los cientos de migrantes del continente que vivieron las atrocidades de la dictadura –las dictaduras- se pronuncian por toda Europa para evitar que el dictador vuelva a Chile, sabiendo que la justicia en ese país estaba controlada por las viejas estructuras del poder.  La pancarta que se levanta enuncia en una noche fría dice: “Pinochet: asesino.  Gobierno chileno: cómplice”.

Y entre tanto, fuera de los grandes momentos épicos cuando la gente se pronuncia colectivamente en calles y plazas, está la vida cotidiana, aquella que transcurre pasiva e intensa.  Veo un niño en el mercado que lee “los pitufos” entre cajas de banana.  Una bella fotógrafa que se trepa en una parada de autobús para captar la mejor toma.  Un grupo de viajeros urbanos con cierto aire nostálgico que esperan la llegada del trolebús.  Un matrimonio que posa en plena Grand Place inmortalizando, al menos en la imagen, su unión.

También detengo mi mirada en objetos.  Un extraño jeep militar viejo, seguramente utilizado por última vez en la Segunda Guerra Mundial.  Una estación de servicio antigua perdida en algún pequeño pueblo.  Una bolsa de panes enormes con un letrero: “productos turcos, griegos, italianos, marroquíes”.  La señalización de carretera en medio del bosque. Unas maniquís atrapadas tras las rejas de una vitrina que nos recuerda por qué Juan Manuel Serrat cuenta la historia de un buen hombre que se enamoró hasta la locura de una de ellas. 

De tantas imágenes, quizás las que más me convocan son un grafiti en Lovaina la Nueva que se pronuncia: “Subcomandante, LLN va contigo. ¡Viva el EZLN!”, y aquella en la que una pareja de adultos mayores pasea su pequeño perro; dan la espalda al fotógrafo, caminan de la mano, hacia el infinito que se hace más borroso diluyéndose en el fondo del camino.

Volver a recorrer las imágenes de Bélgica me recuerda a Rufino Tamayo: “hay que mirar, explorar, descubrir… y volver a mirar”

Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).

El balcón

Cuando renté mi departamento en París, en el distrito 18 cerca de Montmartre hace año y medio, miré con agrado la ventana que daba al pequeño balcón. Desde ahí, a la derecha, lucía el Sagrado Corazón, además de que podía fisgonear a los vecinos.

Cada estación aproveché el balcón de distintas maneras. En verano para refrescarse, en otoño disfrutar de los atardeceres, en primavera respirar el aire nuevo, y hasta en invierno, aunque sólo por unos minutos, para sentir el contraste y eventualmente tocar algún copo de nieve o una bolita de granizo.
La crisis del Covid-19, luego de la instrucción de quedarse en casa, cambió la relación con mi espacio inmediato. Mi universo de reposo y de trabajo, devino en uno solo: se fusionó mi vida personal y profesional. Normalmente cada rol social tiene un espacio: soy papá y marido en el hogar, profesor en la universidad, investigador en las entrevistas y bibliotecas, escritor en los cafés, fotógrafo en las calles. Repentinamente, en mi departamento de 55 metros cuadrados típicamente parisino, con cinco habitantes, concentró la densidad de mis funciones. Ahora en un cuarto juego el rol de padre, en otro de esposo, en el siguiente de hijo, en el próximo de sociólogo-investigador-escritor.

Lo que creo haber logrado mejor fue mi desafío de fotografiar al interior del hogar. Soy un fotógrafo-narrador-sociólogo, normalmente vivo prendido de mi Leica y no vuelvo a casa sin alguna toma nueva. ¿Cómo hacer si no salgo más? Decidí esforzarme en “mirarse para adentro” -retomando al gran Silvio- y me di un tiempo, cámara en mano, para recorrer los espacios íntimos de mi hábitat primario. Busqué formas en la cocina, en el baño, en las ventanas, en los objetos cotidianos que a menudo no les damos importancia. Encontré sombras, fierros, diálogos, profundidades, tonos de gris y con todo eso armé una serie de imágenes que titulé “Postales del encierro”. Fue otra manera de mirar, caminar y descubrir otros rostros del entorno inmediato.

En ese mi tránsito-búsqueda por los rincones que habito, re-descubrí el balcón. El encierro coincidió con la primavera en París, así que he podido salir a disfrutar de otro modo. A las ocho de la noche, una buena parte de quienes vivimos en esta ciudad aplaudimos desde las ventanas para enviar un mensaje de solidaridad a quienes batallan contra el virus en todos los frentes.

He descubierto nuevas cosas. La chica que vive al lado, a quien no crucé nunca, sale con un poco de retraso y sin mucho interés; su mirada es triste, me contaron que perdió al novio en un accidente hace unos años, tiene dos gatos, por eso la curiosa red de su terraza. En los dos pisos de abajo hay dos parejas que aplauden con esmero, se quedan luego a platicar, con un vino en la mano, sobre sus actividades del día. En el edificio del frente hay una señora sola, es mayor, llega al balcón con puntualidad y aplaude sin una sonrisa, en cuanto pasa el minuto establecido, cierra su ventana. Lo propio la chica de abajo, sólo que es más joven. Cruzando la avenida hay una agradable mujer de entrada edad que palmea sola y saluda en la distancia con los dos brazos abiertos. Mientras todos aplaudimos, por algún lugar que no puedo ver, alguien toca trompeta, otros meten bulla con latas y cacerolas, unos más gritan y silban. Es un pequeño gesto colectivo cargado de emotividad

El balcón se ha convertido en mi puerta al mundo, una manera de sentirme parte de una comunidad amenazada y en resistencia, una oportunidad para saludar a aquellos con quienes convivo y que no conozco. Uno de los saldos de esta pandemia es descubrir otras formas de la vida social, y revalorizar los pequeños espacios. José Martí nos recordó que toda la gloria cabe en un grano de maíz. Hoy sabemos que el balcón es un universo inexplorado, infinito, prometedor; una fuente para la nueva sociabilidad y la creatividad.


Publicado en El Deber el 22 de abril del 2020.

Banksy en la ciudad de las sorpresas

Unas semanas antes, me entero leyendo La Jornada de que el “artista de la calle” Banksy estará en Nueva York en octubre del 2013. De acuerdo a su trasgresor estilo, se trata de hacer grafitis o instalaciones sorpresivamente, dejando un contundente mensaje sin rastro del autor. Como el subcomandante Marcos en Chiapas, Bansky no firma su obra, oculta su rostro pero todos saben quién es. En algún momento aparece una pared con un dibujo suyo, lo que es reportado al día siguiente por todos los periódicos, desde el prestigioso e influyente New York Times hasta el que regalan en la salida del metro. Con el slogan “Mejor afuera que adentro”, Banksy recorre las mismas calles por las que paseo.
Me entero por su página de internet de una satírica y provocadora iniciativa: en una de las principales calles del Central Park, instala una mesa portátil de plástico al lado de vendedores de imágenes turísticas de Nueva York. En ella, ayudado por mamparas baratas, exhibe una serie de sus cuadros, todos pintados con spray y en blanco y negro. El título que los presenta es simple: “Spray art”. Cada pieza cuesta 60 dólares. Entre las once de la mañana y las tres de la tarde, casi nadie se detiene. A las tres y media, una mujer compra un pequeño cuadro para su hijo negociando el 50% de descuento, lo guarda en una bolsa de mercado. A las cuatro, un turista adquiere dos más. A las cinco y media una persona de Chicago compra cuatro para decorar su cuarto. A las seis de la tarde, se desmonta el negocio con 420 dólares como ganancia del día. En el video de dos minutos que el artista sube a su página, remarca que esa fue una venta especial, no se repetirá.
Las paradojas de la ciudad: a unas cuadras del Museo de Arte Moderno (MoMA), uno de los más importantes en su género en el mundo, Banksy expone su obra en la calle al mismo precio que cualquier cuadro para turistas que abundan en Nueva York. Nadie se detiene, no lo reconocen. El artista, con aerosol en la mano y desde las esquinas, critica así la división entre lo legítimo y lo ilegítimo en el mundo del arte, cuestiona los mecanismos de consagración de una obra que inicia en la calle para luego pasar a la galería con todos los galardones de las instancias oficiales. Y cosas de la ida: ese día estuve cerca –fui a ver a una exposición de Magritte en el MoMA…–, pero para mi descargo, no pasé por el Central Park donde el artista vendía sus cuadros.
Una grata sorpresa llega días más tarde. Mi esposa me dice que vio un grafiti de Banksy en una calle cerca de la casa, me entero que lo pintó el día anterior. Quiero salir pero ya es de noche, tengo que esperar a que amanezca. Dejando a mis hijas en la escuela, voy a Broadway y la calle 79, y ahí está. Se trata de un juego –como siempre en él– entre lo que hay y lo que añade: La pared es de ladrillo blanco y tiene una pila roja de agua para incendios (como hay miles en la ciudad). Arriba una serie de anuncios sobre su cuidado e importancia para el cuerpo de bomberos; el toque del autor es la silueta negra de un niño que está a punto de golpear la toma con un combo. Me quedo unos minutos observándola y tomándole fotos. Vienen más personas que hacen lo mismo. Ahora sí, todos saben a quién le pertenece. Prácticamente nadie que pasa por esa pared se muestra indiferente. Metros antes de llegar, ya tienen el celular en la mano para una foto. Unos comentan que vieron el video en internet sobre la venta anónima en días pasados en el Central Park y se lamentan no haber estado ahí.
Banksy. Adorable, crítico y creativo. Una deliciosa trasgresión.

Publicado originalmente en «Un sociólogo vagabundo en Nueva York» (2015).

Diario de un motociclista

Toda vida es apasionante.  Y lo es más si se trata de alguien que ha marcado la historia de la humanidad.  Al ver Diario de un motociclista, son muchas las ideas que se nos pasan por la mente.  Impresiona la personalidad del Che, sus decisiones, su camino, su vida, tanto más cuando uno conoce el final del relato.  Pero a la vez la película deja cierto sinsabor y múltiples preguntas de ese personaje tan fundamental.

El filme presenta dos arquetipos tremendamente exagerados: el joven médico cordobés que busca una carrera profesional y que para ello está dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario, y el Che, que más bien está en un aprendizaje constante con la sensibilidad social a flor de piel.  Los dos personajes casi caricaturescos, tantas veces representados en cientos de historias, viven sus aventuras en la América Latina de ayer y de hoy, que grosso modo es más o menos la misma.

El corte en ese momento de la juventud del Che, nos deja la pregunta sobre las posibilidades de evolución de aquél estudiante de medicina.  Claro está que tenía un abanico de opciones hacia donde podía dirigir su vida.  El Che hubiera podido ser un gran médico y contribuir desde la ciencia a la cura de la lepra, o podría haberse quedado a vivir en la comunidad campesina luchando desde sus instrumentos científicos por la vida de los cientos de personas que requerían de un buen médico a la mano y que no busque realizar su carrera en un importante hospital urbano.  ¿Por qué el Che opta por el camino revolucionario? ¿Por qué deja la medicina y se convierte en un guerrillero?  ¿Cuáles las razones profundas que lo motivan?  Las respuestas pueden ser múltiples, y seguramente nadie puede responderlas con certeza.  Sin embargo es claro que en él se conjugan al menos tres matrices culturales: la medicina que pretende usar la ciencia para curar cuerpos; el discurso social y político que en la época será el marxismo; la ambición personal, muy legítima por cierto, de ser un protagonista en la historia y la consecuente urgencia por hacer algo para cambiar las cosas.  Pero volvamos a la película.

En ciertos pasajes, se muestra el purismo en el Che y la capacidad de transacción de su joven amigo.  A ratos, da la impresión que el Che tuviera la vida escrita por adelantado, y que sólo debe cumplir con el libreto que se le habría asignado.  Pero la vida -ninguna vida- es así.  Mirar la sucesión de acontecimientos de nuestra trayectoria como linealidad predeterminada no hace más que ocultar las verdaderas contradicciones de la condición humana.  Bien diría Marguerite Yourcenar que no somos una flecha lanzada directamente hacia un objetivo claramente definido desde el inicio de nuestro camino.  Por eso una parte del Che está contaminada de su amigo, y parte del amigo está presente en el Che.  Uno es uno mismo y el otro a la vez.

Y lo más apasionante del Che, o de tantas personas que marcan el ritmo de la historia, no son sus certezas sino sus dudas; no son sus momentos de claridad, sino sus contradicciones; no son sus aciertos, sino sus errores.  Si el Che tiene un valor, no es por su capacidad redentora y relativamente fácil de cumplir con una agenda, sino por su camino repleto de tensiones y ansiedades.  El Diario de un motociclista debe ser leído, creo, poniendo la atención sobre todo en los silencios, en lo no dicho, sólo así estaremos asistiendo a la apasionante vida de un gran personaje, y no a un redentor aburrido y predestinado.

Publicado originalmente en «Sueño Ligero. Memoria de la vida cotidiana», 2011.

Praga tres décadas después de 1968

Conocí Praga a través de la mirada de Josef Koudelka.  Aquel pequeño libro que titulaba simplemente así: Prague, 1968, de las ediciones del Centre National de la Photographie en París, me introdujo a la magnífica ciudad en un momento particularmente intenso relatado por el lente de un gran maestro de la imagen.  En él vi los rostros de jóvenes que indignados desafiaban a los tanques; activistas que repartían periódicos militantes; mujeres atemorizadas o llorosas tomando una bandera o lamentándose por la ciudad; la Plaza Wenceslav tomada por vehículos militares inundados de gente alrededor, al fondo constantemente el Museo Nacional mirando la historia pasar; pancartas caseras coladas en cualquier pared; un crucifijo que acompaña a los dolientes; algún afiche que muestra a Lenin llorando por lo sucedido; soldados atolondrados entre la agresión y la confusión; autobuses quemados y tanques victoriosos; un reloj que recuerda el aquí y el ahora; algún cadáver rodeado de sangre. 

Cómo no detenerse en la imagen de aquel hombre mayor que en primer plano mira hacia el fotógrafo con ojos nostálgicos y que en sus espaldas tiene un edificio completamente destrozado, con las marcas de los cañonazos, del fuego y los balazos incrustados en el viejo inmueble.  Cómo dejar pasar la toma donde un transeúnte adulto, con maletín de trabajo y vestido para ir a una oficina, descarga su rabia lanzando un ladrillo a un tanque estacionado. Cómo no conmoverse con el gesto de aquel joven que elevado por encima de la gente, le grita al soldado cara a cara; casi se escuchan sus argumentos,  sus demandas, su indignación.  

En 1998, por esos azarosos guiños de la vida, me tocó ir a Praga, 30 años después de lo sucedido.  Tomé mi libro de Koudelka y mi cámara fotográfica.  Una sola idea recorría mi mente y mi lente: ¿Cómo estará la bella ciudad luego de estas tres décadas? ¿Qué quedará del intenso pasado? ¿Podrá la cultura de consumo aplanar tanta historia?

En las cuatro jornadas que estuve ahí, alojado en un hotel barato incrustado en medio de un edificio de departamentos populares, construcción notablemente heredera del período socialista que ahora servía para recibir turistas, pude ver y sentir muchas cosas.  La Guardia del Castillo que apacible desfila mostrando solemnidad y orden; varios graffiti que dicen “bad religion” o “urban guerrilla pub”; algún poste que cuelga con igual soltura una publicidad de “Mc Donald’s Restaurance” y una indicación urbana local: “Václavské Námestí, Ciudad Nueva, Praga 1”; un puesto de revistas que exhibe las atractivas conejitas de Play Boy; algún turista que toma una foto al que toma alcohol; un banco de la Plaza Wenceslav que otrora estuviera repleto de tanques y gente, hoy es compartido por dos señoras de la tercera edad –que sin duda vivieron aquel 1968- y un joven marginal; otro banco de la misma histórica plaza donde una madre comparte con su hijo un refresco comprado en Mc Donald’s, al fondo los observa el Museo Nacional; un trabajador que cambia una publicidad callejera; un par de muchachas que promueven el Table Dance Atlas en la zona turística, el primero en Praga; un crucifijo que hipnotiza a los turistas; una tienda de cambio que levanta la bandera del Che –al revés- celosamente custodiada por la mirada de Jim Morison unos centímetros atrás; tres lectores subterráneos viajando en el metro. 

Pero de tanto visto, como no fijar la atención en una bella que pasa –como decía Baudelaire- de blanco y botas negras que perturba nuestra mirada y la dirige en una sola dirección.   Cómo no oír lo que seis músicos pueden hacer sobre el Puente de Carlos; cierto: hay fotos que no se ven, se escuchan.  Cómo no entrar en la escena donde una marioneta deslumbra a una niña que se queda cautivada ante sus peripecias, más allá de los apuros de sus padres. 

Mi Praga, no fue la de Koudelka.  Pero su magia, en la invasión rusa de los sesenta o en la del mercado de los noventa, está fuera de duda.   Como fuera, Praga deslumbra, seduce, encanta.

Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).

Uyuni

Uno de los desafíos más complejos para el fotógrafo es enfrentarse a paisajes naturales maravillosos.  Frente a ellos, parece que no hay nada más qué decir.  Todo está en su lugar, cada objeto dialoga con el otro, los colores son precisamente los que deben ser, las formas guardan perfecta armonía.  No es casual que Silvio se pregunte cómo cambiarle el color a una ola, o qué objetar a una noche estrellada. 

El Salar de Uyuni, ubicado en el departamento de Potosí, es un lugar simplemente impresionante.  Son 12.000 km2 de sal a 3650 metros de altura.  Aunque el mar esté lejos, el azul del cielo es intenso, sin nubes, y se encuentra en el horizonte con la planicie de blanca de sal.  Kilómetros más, kilómetros menos, manejando sobre la capa de sal guiados sólo por la posición del sol y el saber acumulado del conductor local, llegamos a Laguna Verde, que añade un color más al ya magnífico paisaje.  Luego a Laguna Colorada que acoge a elegantes flamencos anaranjados.  Entre tanto pasamos por un volcán, un geiser, por las llamadas “Rocas de Salvador Dalí” que recuerdan los colores y las formas del pintor español. 

La inmensidad asusta.  El tiempo se detiene, y nos muestra lo que hizo, ayudado por el viento, con unas piedras que osaron ponerse al frente. 

Y entre tanto, el toque humano.  Unos soldados custodiando la frontera que posan frente al fotógrafo.  Un amigo oculto en el pasamontañas y los guantes.  Una mujer en algún pueblo cercano en sus labores cotidianas.  Un par de turistas que se desnudan en plena sal y se toman una foto –antes de la moda de Spencer Tunick-.   Y para el visitante foráneo, entre la nieve y el cielo, el “comedor tours”.

No muy lejos, a unas horas en coche, el cementerio de trenes.  Conjunto de hierros y maquinarias oxidadas, que contrastan con el azul melancólico del fondo.  Una locomotora vieja que dice: “Así es la vida”.

Un viaje al Salar de Uyuni no es para el turismo.  Es un paseo por dentro, es volver a ser parte de la naturaleza y vivir una extraña sensación de que la barrera entre lo interior y lo exterior se desvanece.  Uyuni aguarda, contempla, y ve pasar a quienes tienen a bien visitarlo.

Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).

La música del subsuelo

La vida subterránea es un tema aparte. Ahí pasa todo, desde un ciego que casi es atropellado por el tren y se salva gracias a su lazarillo –lo que se convierte en noticia mundial– hasta la cotidianidad de un tránsito al trabajo. En el metro sucede lo extraordinario y lo banal a la vez. Todos lo toman y llega a todo lado. Su vida interna, su paisaje, su ruido, su gente, sus mensajes, hacen de ese espacio un universo aparte que, a menudo, no se encuentra con el universo exterior.

Algo que llama la atención en el metro neoyorquino es la música, que es un reflejo de la diversidad de esta sociedad. Es fácil encontrarse tanto con un trío norteño mexicano, como con un hippie cantando Bob Dylan, y en medio las melodías africanas, indias, árabes etc. Ese sector también tiene sus reglas. Están quienes toman la vía libre con nada más que su guitarra en mano lidiando con policías y seguridad. Pero hay quienes van por el camino formal, son evaluados por un exigente jurado que decide si pasarán o no al escenario. Se les asigna un lugar y hora, se les da un apoyo mínimo y se les permite tocar sin ningún impedimento. En la música del metro, se puede apreciar el rostro meritocrático de la sociedad norteamericana.

Amor público

En el tránsito cotidiano de mi casa al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, paso regularmente por extensos jardines con pastos y árboles, muy cerca del metro.  Aunque no ande de curioso, a menudo me es difícil evitar ser partícipe de los magníficos encuentros amorosos de decenas de parejas echadas en los jardines.  Como si estuvieran solos en una habitación, los enamorados se enredan sin dejar el menor espacio entre ambos.  Una chamarra, un pañuelo, un cuaderno, un paliacate, todo sirve para cubrir -si es necesario- algunas partes del cuerpo privilegiadas en el contacto.

La explicación sociológica es obvia: son estudiantes jóvenes con el deseo acelerado; cada uno de ellos normalmente vive al menos a una hora de distancia de la UNAM, por lo que su único lugar de encuentro es en la Universidad; no existen alrededor moteles o espacios de intimidad que permitan satisfacer sus necesidades sexuales en privado; etc.  Pero hay más, claro, mucho más.

Por un lado, pienso en la eficacia de la satisfacción limitada del deseo.  Como por lo pronto en el pasto no se llega al contacto genital y al orgasmo, se trata de un  momento de intensificación del deseo controlando que no se desborde; es un acelerar sin llegar a la meta, lo que promete una continuidad, un segundo encuentro donde tal vez se llegue a lo mismo, hasta que finalmente, en alguna circunstancia, se culmine con el acto sexual.  Ese formato de sexualidad, propia del enamoramiento callejero es todo lo contrario al sexo en la pareja consolidada, donde la sorpresa no es el principal componente y casi todo es relativamente previsible.  El sexo travieso, anárquico, impredecible, arriesgado y atrevido está reservado para los amores iniciales que tienen muchos obstáculos operativos que superar.

Pero por otro lado, no deja de ser cierto lo que Georges Brassens canta en “Los amorosos que se besan en los bancos públicos”.  Es ahí, nos dice Brassens, donde se habla del futuro, del color de las paredes de su cuarto, se pone nombre a los hijos que vendrán.  Es un momento para la fantasía, para dejar que el amor sea el arquitecto del proyecto de pareja.

Los años harán lo suyo, y si las parejas que ahora se revuelcan en los pastos se convierten más tarde en matrimonios estables, dormirán y despertarán juntos –con pijamas-, no volverán a echarse en un lugar público para sentir el cuerpo del otro, y tendrán que ocuparse de la vida cotidiana, la suya y la de los hijos.  Es decir, diría el sociólogo italiano Francesco Alberoni, dejarán de estar enamorados y conocerán el amor.

Más allá del avenir que les espera, los amorosos públicos de la UNAM no dejan de atrapar mi mirada, y acaso mi nostalgia.

Publicado originalmente en «Sueño Ligero. Memoria de la vida cotidiana», 2011.

La vida de las imágenes

¿Qué haría el catolicismo popular sin imágenes?  El episodio bíblico fundador narra la creación del hombre “a imagen y semejanza” de la divinidad.  Desde ahí, es fácil construir dispositivos de alimento de la fe utilizando el elemento visual.  Se ha estudiado mucho sobre la imagen religiosa, sus usos y formas, y en El Ajusco no podemos sino corroborar su potencia movilizadora. 

Las imágenes son de distinta índole, desde las figuras de santos hasta los grafitis.  Importantes fiestas se realizan alrededor de ellas; transitan por las calles con público masivo, la gente se acerca a verlas, a tomarse fotos, a transportarlas de un lugar a otro o a recibirlas en la casa.  La comunidad se reúne para recibir una imagen, la oración fluye de manera colectiva. 

Algunas figuras del catolicismo, especialmente las de la Virgen, logran un lugar fijo en la calle, se les construye un espacio protegido y alguien se hace responsable de su cuidado.  En diciembre, esa será una de las esquinas para el rezo del rosario.  En El Ajusco el creer se alimenta del ver.

Pasajes del diario de campo

Misa de religiosidad popular con la Virgen de Juiquilla (julio 2007)

Una señora pidió una eucaristía al párroco porque iba a recibir a la Virgen de Juiquilla. Por eso, lo pasa a recoger y vamos todos a su domicilio que está a pocas cuadras.  En la casa la Virgen espera en el lugar central de la sala, y se han dispuesto los sillones en forma de escenario: al frente hay una pequeña mesa con mantel blanco, en él una foto del difunto para quien se celebra la misa por los dos años de su partida.  Se aprovechan todos los espacios del comedor y del patio para poner sillas.  La misa se desarrolla con formato tradicional, participan alrededor de unas 25 personas, la mayoría son familiares del difunto.  Cuando termina la celebración, se reparte comida.  Se bendice un balde de agua y el sacerdote va por todos los rincones del hogar, acompañado de los dueños de casa, rociando agua bendita. En el momento de las ofrendas, y se pasa una canastita para dar dinero, que al final se lo entrega al sacerdote.

Al día siguiente la Virgen parte a otra casa.  Para el evento viene el dueño de la imagen y quien la recibirá en su domicilio.  La Virgen estuvo sólo dos días en ese hogar. Sale la imagen cargada por tres jóvenes, hijos del dueño de casa, y le sigue una pequeña procesión de unas 15 a 20 personas: familiares, niños, adultos y viejos.  El dueño de la Virgen se encarga de dirigir y organizar el tráfico en el momento del paso por la Avenida Aztecas.  Una mujer mayor reparte unas hojas de cánticos, y tiene algún cancionero, pero no es muy eficiente el canto colectivo.  Adelante, las nuevas receptoras cargan una manta que dice «Virgen de Juiquilla».  Atravesamos por el barrio por calles transversales, la gente mira y se persigan al ver pasar a la procesión.  Llegando a la nueva casa, hay un altar que la espera, y un cartel que dice «Bienvenida Virgen ….».  La imagen se instala en el fondo del callejón, que también tiene un toldo y muchas sillas.  Ahora son como 15 personas. 

Comienza el momento del rezo del rosario, tres mujeres (dueñas de casa) se ponen frente a la Virgen en primera fila, una de ellas sostiene el rosario y otra una flor, y empieza el rezo.  La flor se va pasando de mano en mano, haciendo participar a todos los presentes uno por uno, pero cuando se llega a uno de los misterios, la responsable se encarga de detener la oración para volver al «Padre nuestro» y recomenzar. 

Fiesta de recibimiento y despedida del Señor de la Misericordia en la Iglesia del Señor de los Milagros. Agosto 2008

Publicado originalmente en «Ver y creer. Ensayo de sociología visual en la colonia El Ajusco (México D.F.)», 2010.

El incontrolable destino de los libros

Toca la puerta de mi cubículo un colega de El Colegio de Michoacán, en Zamora, México.  Entre sus manos trae un regalo-novedad: el libro Política y partidos en Bolivia, de Mario Rolón Anaya.  El texto, publicado en 1966 en La Paz por editorial Juventud, deja ver las muestras del tiempo y el arduo recorrido: hojas amarillentas, múltiples manchas en la tapa, el lomo y los interiores, tonalidades distintas en las páginas interiores de acuerdo a la cercanía con el exterior del texto.  “Es un regalo –me dice- lo encontré en un remate de libros viejos en un mercado popular de Zamora”. 

Mi sorpresa es mayor.  Había revisado el mencionado texto –en una biblioteca- cuando hacía una investigación hace ya un tiempo.  Hoy el libro aparecía nuevamente entre mis manos mostrando caprichosamente los años vividos; los suyos y los míos.  En su interior, luego de una breve hojeada de rutina, me encontré con una tarjeta personal del autor que trae la inscripción con lápiz y a mano: “Al maestro José Pagés Llergo, Calle Vallarta N. 20 México D.F., Revista Siempre.  Con los recuerdos y saludos del autor”.

José Pagés fue un destacado periodista mexicano (1910 – 1989) que luego de un arduo trabajo profesional fundó y dirigió la mencionada revista en 1953 y que por varias décadas fue el espacio de discusión de la intelectualidad mexicana.  En ella publicaron algunos pilares de la reflexión cultural en México como Carlos Monsiváis, Octavio Paz entre otros.

Deduzco que el autor envió el texto al director de Siempre, vaya a saber en qué contexto.  Todavía es más difícil conocer la trayectoria posterior del libro, cómo de manos de José Pagés pasó a algún vendedor, de éste a otro, y a otro más, y así durante cuatro décadas para que en el 2006 alguien que conoce a un boliviano compre el libro en una feria popular en una pequeña ciudad de provincia.  Y así, luego de todo un ciclo, el objeto llegue a mi biblioteca personal. 

No es la primera vez que me sucede algo especial con los libros como objetos.  Recuerdo que alguna vez gratamente tuve la ocasión de buscar libros en la biblioteca de la Universidad Católica Boliviana.  En ese momento –hablo de 1996- estaba por empezar una investigación sobre el proceso político religioso en Bolivia en los años 60, particularmente focalizándome en Néstor Paz y Mauricio Lefebvre.  Las cosas de la vida, en la desértica biblioteca me encontré con la obra Teoría de la novela, de G. Lucaks.  El texto, que no había sido consultado nunca antes (hacía más de 20 años), llevaba escrito en las primeras páginas el nombre a mano de Mauricio Lefebvre.  En su interior había una tarjeta que marcaba la cita con un médico algún mes de 1970.  Evidentemente el texto había pertenecido a Mauricio y no sé cómo llegó a la pasividad de los estantes de la Universidad. 

No está de más mencionar que en esos momentos tenía una empatía grande con Michael Lowy, quien había escrito Por una sociología de los intelectuales revolucionarios. La evolución política de Lukacs (1909-1929), y con quien yo quería llevar a cabo la investigación sobre la transformación política de Lefebvre en Bolivia. En fin, claro está que las cosas tienen vida propia, los libros recorren su camino autónomo y nada mejor que el azar para provocar los más gratos encuentros.

Publicado originalmente en «Sueño Ligero. Memoria de la vida cotidiana», 2011.