Sociología Vagabunda
Blog de Hugo José Suárez

Blog de Hugo José Suárez

El académico mexicano Gonzalo Celorio, premio Cervantes 2025, escribió hace 20 años un fabuloso libro llamado Tres lindas cubanas. Le sigo la pista hace rato, he leído todo lo suyo que ha llegado a mis manos antes de que recibiera el más prestigioso galardón en lengua castellana. Ahora Cuba está de moda nuevamente y no pocos levantan las banderas deshilachadas de antaño. Tomo distancia. Prefiero seguir el sabio consejo de un amigo que decía que más y mejor se conoce un país leyendo su literatura que montándose en la discusión ideológica y mediática del momento.
Es un libro emotivo en múltiples direcciones, autobiográfico, sincero, lúcido y con una pluma envidiable que permite pasar páginas sin darse cuenta, hasta sentirse en el medio de la narración aferrado a los personajes y viviendo con ellos sus episodios.
El escritor mezcla la trayectoria de sus dos tías y de su madre (las tres cubanas), con sus propias visitas a la isla, sus contactos con intelectuales desde México, su evolución respecto de la cuestión política. Así, con múltiples insumos, desde sus recuerdos, sus lecturas, los relatos de sus mayores, sus agudas observaciones, dibuja un lienzo sofisticado con múltiples capas.

Estamos demasiado acostumbrados a escuchar Cuba y pensar que nació en 1959, vincularla a Fidel, a la Revolución, a la lucha armada, a lo político, a las fronteras de la isla. Nada más estrecho y pobre. Celorio nos recuerda que la historia de aquel país tiene siglos, con migraciones, conflictos, idas y venidas, cultura literaria, musical. Reducirla al tema del bloqueo, a la funcionalidad del modelo, a la ausencia de gasolina o luz, a las dicotomías clásicas excluyentes y parciales como libertad/represión, comida/salud, educación/pobreza, Miami/La Habana, no ayuda a tener una idea un poco más profunda de las cosas.
Por ejemplo, el autor nos dice que la literatura cubana es la que se escribe dentro y fuera de la isla. Lo propio la cubanidad: se es cubano del malecón para adentro, y para el horizonte. Se sufre y se vive el país desde La Habana y desde Miami, con distintas variables, pero con un sentimiento compartido. Hay historia antes y después de 1959.
El origen de la familia de Celorio se remonta a la migración de sus abuelos de España a finales del siglo XIX. En La Habana construyeron una empresa con relativo éxito lo que les dio holgada posición económica, una casa cómoda, una familia unida.
Con la Revolución, su forma de vida se vino abajo, las tres hermanas terminaron en una dolorosa diáspora territorial e ideológica: una a México, la otra a Miami, la tercera en La Habana; una casada con la Revolución admirando a Fidel y sufriendo estoicamente la precariedad de una economía miserable; la otra en Estados Unidos, sin problemas de dinero pero con la dolorosa nostalgia de su pasado, incrustada en un país que no termina de ser suyo.
Celorio relata su encantamiento juvenil con la isla, que lo llevó al límite de tener agrias discusiones con su madre y hermanos, y luego comparte su experiencia directa de haber vivido la represión, el control, todos los excesos intolerables y su distancia crítica. Dialogando con los textos de Carpentier, de Guillén, de Lezama Lima o de Heberto Padilla; entre mojitos, playa, hoteles, salsa, viajes, cuerpos, nos muestra la vida cotidiana y sus problemas.
Aparecen episodios jocosos como la indigestión de su tío luego de comerse por hambre hasta la cáscara de unas naranjas; resultado: ir al hospital con un estreñimiento que lo puso al borde de la muerte -y del cual se enteró todo el barrio, hasta el día en que pudo defecar y fue aplaudido por vecinos y conocidos-, hasta el tristísimo accidente de su hermana y su primo cubano en una carretera en México, que les costó la vida.
Leer a Celorio me recordó mi propia relación con Cuba y lo que representó en mi juventud universitaria. En algún momento tuve afiches del Che, de Lenin y de Fidel en mi cuarto. Fui a La Habana en 1992 creyendo firmemente que llegaba a la sociedad de mis sueños. Escuché a Silvio mañana, tarde y noche, y colaboré con todo Comité de Solidaridad con Cuba que tenía a mi alcance. Pero la virginidad no es eterna. Con el tiempo, con los datos, rompí el bloqueo ideológico que el régimen promueve con éxito, sufrí la misma decepción profunda a la que muchos llegamos más temprano o más tarde. Celorio entre tantos.
¿Cómo apoyar a un sistema que no permite la pluralidad, que castiga la disidencia, oculta el desacuerdo y que sólo aplaude a los que levantan la mano cuando da la orden el gran líder o el partido? ¿Cómo sostener afinidad con un régimen descaradamente antidemocrático, que no respeta los derechos humanos? ¿Cómo apoyar a un país militarista y profundamente represivo? ¿Cómo creer que toda la culpa la tiene el bloqueo, los malos, los otros, los “gusanos” o los imperialistas? No, yo ya “pinté mi raya” -como se dice en México-, o “hasta aquí he llegado” -como Saramago-, con el autoritarismo cubano hace un buen tiempo.
En fin, Celorio, como Leonardo Padura -a quien leí también en esta temporada-, me ayudan a entender mejor la complejidad de una sociedad apasionada y apasionante.
Por último, me quedo con el desasosiego que cuenta el escritor sobre la desaparición de su familia -otrora unida y solidaria- por múltiples razones. Las familias mueren, lo sé, lo he vivido, y a menudo ni la literatura las puede salvar.
Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 09/04/26 como parte de la columna Diario Vagabundo
Fue a finales de abril, en 1991. Tenía 21 años, estaba de vacaciones en La Paz y decidí enviar un artículo al periódico. Comencé describiendo mi caminar por las principales avenidas, los minibuses, los librecambistas, la mendicidad. También me fijé en el gran comercio, en las nuevas tiendas, en el mercado. Terminé con las observaciones sobre la política, el debate público, las posiciones y disputas. Con el documento en mano, fui a la oficina de Presencia en la Av. Mariscal Santa Cruz, y dejé mi nota en manos de Ana María Romero de Campero, entonces directora del matutino, que con enorme generosidad la recibió con elogios y palabras de aliento.
Al día siguiente, compré el periódico temprano, vi mi nombre impreso y quise contar a todos mi hazaña, incluido el conductor del minibús que esa mañana me transportó al centro de la ciudad. Y no era para menos, comenzaba una de mis maneras de relacionarme con las letras.
Desde aquellos años, hace más de tres décadas, no he dejado de publicar regularmente en prensa. Creo haber pasado casi por todos los medios en Bolivia, además de algunos en México y ahora en soportes digitales. Mis columnas han tenido distintos nombres: Intervenciones, Diario vagabundo, Sueño ligero, Vida de ciudad, Cuaderno de notas.
Fue decisivo seguir ese impulso atrevido, casi irresponsable, que nos moviliza cuando somos jóvenes. Alimentar una columna me dio, por un lado, la necesidad de observar el entorno inmediato en sus distintas dimensiones (culturales, políticas, sociales) y, por otro lado, sistematizar de manera cotidiana en una nota corta, comprensible, que pueda ser disfrutada por un público amplio. En suma: mirar, analizar y escribir.
He tenido la fortuna de ser acogido por distintos medios que me dieron mucha libertad. He escrito tanto respecto de la política del día, como sobre literatura o cine; sobre un viaje, un libro o una conferencia. Todo lo que pasara por mi vereda y que amerite un tiempo frente a la pantalla. Nunca tuve que someterme a la tiranía de la coyuntura. Me di el privilegio de abordar temas que, a menudo, nada tenían que ver con la agenda pública inmediata. Fue lo que me permitió acumular entradas que luego se convirtieron en el principal insumo para algunos libros.
A mis estudiantes a menudo les doy tres consejos: reúnan información sobre un problema específico que luego puedan explicar, den algún curso en cualquier nivel y no dejen de escribir regularmente en algún medio. Es que la escritura es oficio, es rigurosidad y constancia; y la exigencia de entrega periódica, ordena y disciplina. Muchos años han pasado, tantos como las páginas redactadas, y sigo con gratitud hacia Ana María Romero que le dio al joven veinteañero el impulso para seguir este camino. Guardo, además de su sonrisa, aquella publicación en papel periódico, ahora amarillenta por el paso del tiempo.
Este texto fue originalmente publicada en Brújula Noticias el 08/05/2025 como parte de la columna Diario Vagabundo
Susan Sontag hablaba de la necesidad que tenemos de tomarnos fotos en lugares por los que pasamos para guardarlas luego como trofeos. Es como decir “yo estuve aquí, que no les quede la menor duda”. Me impactan dos extremos. Una preciosa niña afroamericana posa delante del impactante cuadro de Jackson Pollock en el MOMA. Su padre la retrata. Claro, importa más su pequeña que el impresionismo abstracto de Pollock, que funge de telón.

En otra, una pareja elije un grafiti callejero donde un hombre enseña glorioso con una mano la cabeza decapitada de su enemigo y con la otra la espada que acaba de usar. Es un escenario tétrico, violento, guerrero. Ella sonríe a la cámara como si estuviera en un estimulante paisaje.

La foto del otro es una mirada hacia uno mismo. Detrás de cada imagen está el fotógrafo, con su mundo puesto en juego en el momento de la toma. La foto del otro es un autorretrato. Por eso mostrar una foto es desnudarse, es contar lo que se ha deseado, es compartir algo íntimo
Exponer, dicen, es exponerse. Así nace Tomas y letras, como un diálogo entre mirada y textos de distintos orígenes, donde se pueda ver al fotógrafo a través de su lente y el encuentro con palabras que en conjunto forman un todo compuesto por luz y letras.

En dos días llegará la fecha que nunca pasa desapercibida: 15 de enero de 1981, cuando mi papá, Luis Suárez Guzmán, con ocho compañeros del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) fueron asesinados en la dictadura.
Quisiera decir tantas cosas. Repetir hasta el cansancio que los Mártires por la Democracia no le pertenecen ya a ningún partido, que son patrimonio de la nación. Que una parte de las libertades y privilegios que hoy gozamos los debemos a su entrega, a su lucha. Que debemos evitar a toda costa parangones fáciles, arriesgados e imprecisos, especialmente en esta coyuntura donde las palabras están tan manoseadas, devaluadas y cualquier cosa se la llama como no debiera. Que por respeto a ellos y a la historia, no podemos permitir que se politice su nombre, su sacrificio.
Pero no voy repetir lo que se ha dicho tantas veces. Hoy quiero acordarme de Lucho, de su mirada profunda, de su argumento convincente, de su plática encantadora, de su risa contagiosa, de la tanta falta que me hace.
Se fue cuando yo no había cumplido los once años. Y su ausencia no sólo es vacío, es otra forma de presencia. Hablo con él en su tumba, siempre lo hago cuando voy al cementerio central de La Paz. Cuando algún amigo querido visita Bolivia, le pido que también pase por ahí, que le lleve flores y se presente, él lo sabrá reconocer.
Me he preguntado cómo hubiera sido tener a Lucho vivo en distintos momentos. Cuando me gradué de bachiller, quien me dio el diploma me dijo “tu padre debe estar orgulloso desde el cielo”. Quiero imaginar su compañía en cada título que recibí, quiero verlo sentado en el público en mi defensa de doctorado, en mi ingreso como investigador en la UNAM, en las presentaciones de mis libros. Quiero fantasear con su alegría al recibir a mi hija Canela, al tener en sus brazos a Anahí. Quiero especular sobre nuestras pláticas que nunca sucedieron, ya los dos de adultos, hablando de sociología, de cine, de amores y temores.
El destino a veces es generoso. Como cuentagotas, van apareciendo imágenes, recuerdos, frases que por misteriosos caminos llegan a mis manos. Me detengo en dos fotos que recientemente me llegaron.
En la primera, mi papá debe tener unos 22 años. Tiene el pelo corto, bigote fino, lentes cuya parte superior del marco es negro, a tono con su cabello abundante pero bien recortado. Camisa azul marino, pantalón negro, las manos juntas atrás. Mira hacia abajo, pensativo. En el bolsillo de su camisa despunta una pequeña libreta y una pluma, lista para registrar algún pensamiento. La foto es en España, en aquellos años en los que se formaba como sociólogo, cuando indignado escribía por la muerte del Che o de sus manos salían poemas y canciones. Es el tiempo de paternidad y ternura, seguramente mi hermana Patricia y yo estamos en algún lugar a su alrededor, por supuesto bajo el cuidado de Beatriz.
La segunda foto circuló hace unas semanas en alguna de las redes sociales, no recuerdo cual. Debe ser finales de los 70, está sentado, aplaudiendo, parece cantando. Tiene puesta una chompa oscura y un saco de cuero que yo heredé. Aunque la toma es en blanco y negro, sé del color café claro de esa prenda que acaricié tantas veces cuando, luego de su muerte, estuvo en mis manos. Su cabello está largo y todo hacia atrás, el bigote grueso, la mirada alegre, firme, dirigida al futuro. Es una imagen de esperanza. En esos años Lucho transitaba entre el periodismo, la política, la academia, la manifestación y la docencia. Y entre todo, en algún lugar, nosotros, su pequeña tribu.
En fin, son casi cuarenta años de que nos dejó, y no me acostumbro a su ausencia. Todavía me hacen falta sus abrazos.


Publicado originalmente en «El Deber» el 14 de enero del 2020.
Toca el turno al Cementerio de Montparnasse, llego tarde y los minutos son escasos. Juego con mis hijas a encontrar tumbas con una lista plastificada que te dan a la entrada, que contiene nombres y un mapa para descubrir su ubicación. No es fácil. Empiezo por Durkheim: casi no se lee su apellido, la lápida está descuidada, con piedritas encima que luego me entero que es una manera de honrarlo. Pienso en lo mucho que lo he leído, en las horas que he pasado frente a sus libros dialogando, discutiendo, aprendiendo.
Sigo con los literatos, llego a Baudelaire, enorme, se me viene a la mente un poema que repetía de memoria, A la que pasa: “¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?”. Luego Cortázar, lápida blanca, y me hundo en sus palabras e historias. Le toca a Susan Sontag, la ensayista a la que también he acudido con frecuencia. Llego a Vallejo, su tumba tiene una bandera peruana, muchas flores, piedritas y mensajes escritos en español. En el camino me encuentro con Brassai, evocando sus imágenes parisinas.
Empieza a sonar una campana que indica que en pocos minutos cerrará el cementerio. Sé que está Raymond Aron, lo busco sin éxito. Tengo que optar, voy hacia la salida donde están Sartre y Simone de Beauvoir, juntos, claro. Su lápida tiene decenas de tickets de metro, marcas de besos con lápiz labial rojo, plantitas frescas.
Me tuve que ir sin visitar a Duras, Man Ray ni Fuentes -dicen que está aquí-. Evité a Porfirio Díaz.
Me impresiona cómo el cementerio reproduce los patrones sociales. La posición de los artistas (escritores, músicos y fotógrafos) es preponderante, luego los académicos. También me llama la atención las tumbas olvidadas o las más dinámicas; y las formas del recuerdo que en algunos se plasma en un beso, y en otros en una piedra. Finalmente me sorprende lo internacional de este lugar de descanso, que va más allá de las fronteras francesas.
Es curioso que en Montparnasse coincidan Arón y Sartre. No hay que olvidar que aunque polemizaron profundamente en los 70, uno a la derecha y el otro a la izquierda (además sociólogo vs. filósofos), Bourdieu decía que había en ellos más puntos en común de los que se cree, y el lugar de su entierro lo confirma.
Por último, sin darme cuenta, veo la influencia de la cultura francesa en mi trayectoria, particularmente de la sociología y la fotografía. En París, los cementerios no me encienden las emociones como me pasa en Bolivia con mis familiares difuntos; sí los recuerdos, las ideas y los aprendizajes.

Publicado en El deber el 14 de Octubre del 2018.
Temprano aprendí a visitar cementerios. No cumplía los once años cuando el destino me condujo a la tragedia tras el asesinato de mi padre en la dictadura (15 de enero de 1981). Desde entonces, he visitado su tumba regularmente, he aprendido a apreciar el silencio, la escucha, el intercambio con la memoria. Luego fue mi abuelo, mis abuelas, mis primos, o mi abuelo materno al que no conocí pero que quiero tanto de otra manera, que está enterrado en Tarija. Cada que viajo a Bolivia me reservo un espacio para visitar a mis muertos.
En México, donde radico hace más de 15 años, solo he acudido al camposanto en el Día de Muertos por razones más bien culturales. Difícil olvidar las visitas a la cañada de los 11 pueblos purépechas en Michoacán; aquel día las tumbas se visten de colores vivos.
Ahora estoy en París y la experiencia es completamente diferente, sé que debo ir a los cementerios locales y no solo por turismo. Comienzo con Pere Lachaise. Los músicos aparecen primero, dos contrastes (ninguno francés): Chopin, lápida de mármol, sobria, elegante, con su perfil esculpido en el centro, una pequeña reja a los lados y rosas frescas, pocas visitas; Jim Morrison, tumba un poco más oculta, con mucha gente alrededor, flores de distinto tipo y tiempo, botellas de alcohol, velas, fotos. Mucha gente tomándose selfis y un árbol repleto de chicles secos colados manualmente, muestra del lado oscuro de la fama.
No tengo mucho tiempo, busco a una de mis referencias en la sociología: Pierre Bourdieu. Sé que está enterrado aquí -luego alguien se preguntará con justa razón por qué el crítico de la distinción terminó en el lugar más distinguido-. Encuentro su lápida, sencilla y sólida, como él y su obra, tiene su nombre y sus años de nacimiento y defunción, nada más. Y pienso en el formato de sus libros que son iguales, en su personalidad, en su sociología profundamente inteligente, aguda y penetrante. Estoy con mis hijas y mi esposa, ya es tiempo de partir, así que vamos bajando un sendero en lo que algún funcionario apura nuestro paso.
Mientras caminamos, les cuento mi relación con Bourdieu, lo generoso que fue al recibirme en su seminario, lo importante en mi formación, el rol que jugó para que conociera a otro gran amigo, Franck Poupeau, con quien hasta ahora tenemos proyectos juntos.
No pude ver a Balzac, Moliere, Nadar, Proust, Piaf ni Wilde. Tendré que volver.

Publicado en El Deber el 24 de Septiembre del 2018.
Tengo una relación distante con el fútbol, no sé por qué. Estudié en un colegio jesuita en La Paz donde lo único que se practicaba era el balompié; yo que era alto y flaco, más bien dotado para el vóleibol, jamás formé parte de equipo alguno. Además, la masculinidad homogeneizadora que se forjaba alrededor de ese deporte iba en contra de mis facultades y sensibilidades.
Mis amigos que sí sabían patear la pelota gozaban en la escuela de privilegios escandalosos: llegaban tarde a clases porque tenían entrenamientos, se reprogramaba sus exámenes si se cruzaban con algún campeonato, tenían equipos deportivos modernos a su disposición. Incluso se convertían en el modelo del estudiante ejemplar. Nunca entendí por qué en una institución inspirada en San Ignacio y dirigida por sacerdotes de sofisticada formación teológica y filosófica, se descuidaba tanto todo lo proveniente de las humanidades (por ejemplo había una semana deportiva sin clases, jamás de un festival de teatro o cine).
Pero sumergido en un ambiente de donde el fútbol era preponderante, no dejé de entrar en la dinámica propia de aquel tiempo. Recuerdo que tenía, como todos los estudiantes de entonces, equipos enteros construidos con corcholatas para jugar en una canchita –una pequeña frazada adaptada-, con arcos de alambre y una pelotita de plástico. Hacíamos campeonatos espléndidos en los cuales cada cual llevaba alguna selección nacional construida por uno mismo con recortes de los rostros de jugadores pegados al interior de la chapa. Como mis amigos solían estar al día con la discusión internacional, escogían equipos y nombres de celebridades. En cambio yo, sobre-politizado y en un ambiente de dictadura y lucha por la democracia, optaba por equipos de afinidad ideológica, aunque sin destreza deportiva. Así, mis favoritos eran Cuba o Nicaragua, que se enfrentaban contra Brasil, Alemania o Argentina. No se equivoquen: a veces Nicaragua podía someter a Brasil; cosas que sólo se daban en esas condiciones.
En los últimos años me he acercado un poco más al fútbol. Los escritos de Juan Villoro o de Eduardo Galeano me ha entretenido, tanto como un buen partido. Sé que se me criticará de intelectualizar lo que antes que nada es un despliegue de sentimientos, pero ese camino ha surtido efecto, incluso en el mundial del 2014 que me tocó verlo en Nueva York, estuve en algunas cantinas disfrutando del juego con una cerveza al frente en un ambiente totalmente gringo. Gocé mucho, lo confieso.
El mundial que ahora está en curso trajo una novedad: el interés de mis hijas. Los días que iba a jugar México, ellas me pidieron que les comprara una polera oficial y se negaron rotundamente a acompañarme a un café a ver el encuentro, lo iban a hacer con sus amigos en la escuela. Mi hija de 11 años me conmovió: ¿cómo no voy a apoyar a mi país? Todos mis argumentos y mi frialdad se vinieron abajo.
Hoy al final del día se sabrá quién es el nuevo campeón. Intentaré ver el partido, estoy aprendiendo a entregarme a esas emociones.

Publicado en El Deber – 20/06/2018
En una de las observaciones de campo, a finales de mayo del 2017, me encontré con un festival hinduista, que tomó todo el Parque México con lonas y carpas. Había espacio para espectáculos, patio de comidas, tiendas y un nutrido desfile con carros alegóricos.
El festival Ratha Yatra, que se realiza en varias partes del mundo, tuvo también su festejo en la Ciudad de México. Se trataba de la catorceava edición en la capital congregando a centenas de personas. Las decoradas y coloridas carrozas, arrastradas con cuerdas por los fieles, evocaban las deidades y cargaban sacerdotes entre cantos, trompetas y mantras. Si bien el ambiente era marcadamente hindú por todos los frentes, la oferta gastronómica tenía un sello claramente mexicano.
Así, tomando en cuenta la opción alimenticia hinduista algún puesto ofrecía pambazos, tlacoyos, tacos y tortas, aguas frescas —en suma, “antojitos veganos”—. En otro puesto se servían guisados, arroz, tamales, papa adobada, frijol chipotle, rajas con tofú, nopales con verdolaga y mole verde —cada guisado estaba en cacerolas de barro y decoradas con estilo tradicional rural mexicano—. Mientras que en la dimensión espiritual se reproducían fielmente los códigos, los íconos y las formas propias de la ceremonia india guardando alta fidelidad a lo original, en la comida se creaban puentes culturales. El público oscilaba entre sectores populares, jóvenes universitarios y algunas familias – pocos extranjeros—.

Publicado originalmente en «Imágenes de la fé» (2020).
No es fácil escoger imágenes de un lugar donde se ha radicado varios años. Es mucho lo mirado, lo vivido. ¿Cuál la selección más justa, la más precisa? ¿Qué negativos -de los cientos tomados- dibujan mejor el lugar, el momento? Limitada y arbitraria, toda selección es un recorte de una realidad infinitamente mayor.
Abriendo la caja de los recuerdos, me detengo en aquella foto donde un activista reparte panfletos en una marcha callejera. Se trata de una manifestación de protesta por la muerte de una migrante ilegal africana en manos de la policía. Los afiches dicen: “todos nacemos sin papeles”; “no somos peligrosos, estamos en peligro”. El hombre que regala un pequeño periódico recuerda la imagen del anarquista militante: boina, bigote, pañuelo y lentes. Es un perfecto personaje que podría ilustrar la canción “Los anarquistas” de Leo Ferré. Cierto, la solidaridad belga fluye.
Pero la gente también toma las calles por otras razones. Ahora les toca a sus propios problemas. Son los meses en los que es descubierta una red de pedofilia que fue responsable de la muerte de dos niñas luego de una espeluznante agonía. La indignación inunda las avenidas de Bruselas en la denominada Marcha Blanca. Flamencos y walones se unen, como nunca, con un solo sentimiento de impotencia. Entre el millón de personas en las avenidas, me quedo con tres mujeres que desconfiadas del vecino y protegiendo su cartera, vencieron sus miedos y salieron a protestar, acaso por primera vez.
También en Bruselas, un tiempo más tarde, les toca el turno a los latinoamericanos. El exdictador chileno Augusto Pinochet es atrapado en Inglaterra y se especula sobre la posibilidad de que se le siga un juicio internacional. Las esperanzas de los cientos de migrantes del continente que vivieron las atrocidades de la dictadura –las dictaduras- se pronuncian por toda Europa para evitar que el dictador vuelva a Chile, sabiendo que la justicia en ese país estaba controlada por las viejas estructuras del poder. La pancarta que se levanta enuncia en una noche fría dice: “Pinochet: asesino. Gobierno chileno: cómplice”.
Y entre tanto, fuera de los grandes momentos épicos cuando la gente se pronuncia colectivamente en calles y plazas, está la vida cotidiana, aquella que transcurre pasiva e intensa. Veo un niño en el mercado que lee “los pitufos” entre cajas de banana. Una bella fotógrafa que se trepa en una parada de autobús para captar la mejor toma. Un grupo de viajeros urbanos con cierto aire nostálgico que esperan la llegada del trolebús. Un matrimonio que posa en plena Grand Place inmortalizando, al menos en la imagen, su unión.
También detengo mi mirada en objetos. Un extraño jeep militar viejo, seguramente utilizado por última vez en la Segunda Guerra Mundial. Una estación de servicio antigua perdida en algún pequeño pueblo. Una bolsa de panes enormes con un letrero: “productos turcos, griegos, italianos, marroquíes”. La señalización de carretera en medio del bosque. Unas maniquís atrapadas tras las rejas de una vitrina que nos recuerda por qué Juan Manuel Serrat cuenta la historia de un buen hombre que se enamoró hasta la locura de una de ellas.
De tantas imágenes, quizás las que más me convocan son un grafiti en Lovaina la Nueva que se pronuncia: “Subcomandante, LLN va contigo. ¡Viva el EZLN!”, y aquella en la que una pareja de adultos mayores pasea su pequeño perro; dan la espalda al fotógrafo, caminan de la mano, hacia el infinito que se hace más borroso diluyéndose en el fondo del camino.
Volver a recorrer las imágenes de Bélgica me recuerda a Rufino Tamayo: “hay que mirar, explorar, descubrir… y volver a mirar”
Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).
