Volver a Guanajuato

Llegué a Guanajuato en 2004. Andaba buscando trabajo desde La Paz en algún lugar del planeta. Había decidido que, para seguir una carrera universitaria formal, sin ser consumido de lunes a viernes por el trabajo de sobrevivencia y tener que dedicar sólo mis fines de semana a la docencia e investigación científica, debía conseguir una plaza en algún contexto académico estable. Llegó a mi correo electrónico la información de un puesto en la Universidad de Guanajuato. Sin dudarlo, escribí solicitando información. Fueron y vinieron documentos y misivas, quedé seleccionado y me dieron fecha de entrevista. Tenía que viajar a aquella hermosa ciudad. En el interrogatorio me preguntaron si estaba dispuesto a vivir en México. Sin dudarlo respondí que sí. En unas semanas fui contratado.

La decisión implicaba “quemar las naves”. Hicimos maletas con mi esposa y nos lanzamos a una aventura migratoria. Se abría otra etapa en nuestras vidas, iba a ser papá, migrante y profesor universitario de un momento a otro. Cuando llegamos a Guanajuato todo era novedad. La ciudad de los túneles y colores, montañas y balcones floridos, ríos y quebradas nos recibió con cariño. Recorríamos las calles serpenteadas con familiaridad, rápidamente nos adentramos a la dinámica local.

En la universidad, ostentando por primera vez el título de “profesor-investigador de tiempo completo” empecé con mis cursos e investigaciones. Armé un programa para la primera generación de estudiantes de la licenciatura en sociología y antropología. No recuerdo el nombre de la asignatura, pero sí el contenido: empezamos leyendo Doble crimen en la calle Morgue de Allan Poe, continuamos analizando canciones de Joaquín Sabina, películas, cuadros, fotografías. Era la oportunidad para desplegar mi vocación pedagógica, quería que los estudiantes se enamoraran de la sociología, que le vieran utilidad, que descubrieran lo entretenido que es observar los comportamientos de la gente e intentar encontrarles un sentido. Creo que les gustó, en todo caso al final del semestre recibí muestras de afecto, incluso alguna estudiante me regaló un retrato mío que todavía guardo colgado en mi oficina en la UNAM.

Por otro lado, emprendí una agenda de investigación muy estimulante. Dos textos reflejaron mis intereses en ese tiempo. El primero era una deuda conmigo mismo. Quería escribir un artículo sobre el Método de Análisis de Contenido utilizándolo para estudiar las canciones de Sabina. Salió un texto pedagógico y analítico, que fue publicado en la Revista Mexicana de Sociología del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM (donde después me incorporaría como investigador). El segundo era una reflexión sobre la religiosidad popular.

Así fue la historia: una estudiante llegó con la noticia de que la efigie de una Virgen llegaría a su casa; curioso como soy, le dije si me podía invitar. Fui a su domicilio y descubrí una red de prácticas religiosas que me hicieron repensar la teoría clásica: discutí con Weber y Bourdieu sobre su clasificación del campo religioso y acuñé el concepto de “agente paraeclesial”. El texto se publicó en Francia y tuvo bastante circulación. En suma, fue una grata época de creatividad e imaginación.

En lo familiar, fue un momento mágico. Vi crecer a mi hija Canela en sus meses iniciales. Recuerdo el día que dio sus primeros pasos, cuando la solté de mis manos en una enorme tienda. Empezaba a caminar, no paró, ahora vuela, está a punto de terminar sus estudios universitarios. Tengo una foto suya sentada en la mesa del comedor, con un vestidito rosado; otra sentada en el capó del primer auto que compramos; una más en un pony, disfrazada de monito. Ahí la dejé por primera vez en la guardería, llorando mientras me miraba con sus ojitos lagrimosos; ahí aprendió a imitar los gestos de sus padres, a veces riéndose de nosotros; ahí jugaba a servirme café imaginando una cafetería con sus tacitas de plástico.

En fin, en Guanajuato fui esposo, papá y profesional; migrante y viandante.

Fueron muchas razones las que me alejaron de Guanajuato que no vale la pena recordar. Pero no dejo de mirar con nostalgia el camino que entonces construía, la apuesta que significó llegar con los ojos puestos en el futuro, decididos a enfrentarlo todo, a resolver cualquier dificultad. Como soy nostálgico, a menudo vuelvo sobre mis pasos, me veo transitando por mis treinta y cuatro años, con ganas de quedarme en esa tierra. Por eso todo resuena, por eso volver a Guanajuato es tan fuerte, por eso abrazo la melancolía mientras me pierdo entre las calles y callejones de esta ciudad, tan mía, tan parte de lo que fui.

Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 05/06/25 como parte de la columna Diario Vagabundo

Pasión de Cristo en Iztapalapa 2026

Unos meses atrás mis colegas me invitaron a escribir un texto sobre la cuestión religiosa en la Ciudad de México. Pensé mucho, cuál sería la mejor entrada. Luego de varias vueltas entre lecturas, paseos, datos, videos, redacté un artículo que argumenta que a las expresiones más importantes de la fe en esta ciudad se las puede ver en la celebración de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre en la Villa, el día de muertos en Mixquic, y la representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa.

No los voy a aburrir resumiendo el capítulo aquel que pronto estará disponible, pero sí quiero compartir las observaciones inmediatas de mi visita al viacrucis el pasado viernes santo en Iztapalapa. Al igual que con la celebración de la Virgen de Guadalupe, había escuchado mucho, leído largos textos, visto decenas de programas sobre la Pasión de Cristo allá, pero nunca fui. Ya sé, la ciudad se come el tiempo y dificulta todo movimiento. Pretexto vano, pero cierto.

Mi incursión empieza un día antes. Mi grupo de ciclistas organiza en esta fecha una rodada al centro de Iztapalapa en la noche. Partimos a las 22:00 del Angel de la Independencia más de cincuenta personas pedaleando, vamos por calles vacías, avenidas cuyos coches se han esfumado en la oscuridad de la noche. Cuarenta minutos más tarde estamos en la Macroplaza. Los funcionarios limpian banquetas y jardines con mangueras de agua, extraño en una zona donde aquel líquido escasea. Todavía hay movimiento, gente que va y viene, la tarima lista para recibir a los actores que representarán el martirio de Jesús los siguientes días. Todo impecable para que se levante el telón.

Este año la celebración cumplirá 183 años de llevarse a cabo ininterrumpidamente – ni la Revolución de 1910 amainó los festejos (dato curioso: se dice que para aquella ocasión, los caballos de Emiliano Zapata fueron los protagonistas) -, albergará a millones de visitantes, se movilizarán una centena de actores -creyentes y músicos, se prepararán muchos disfraces, pelucas, barbas, peinados, se traerán docenas de caballos. Será un evento enorme, como los anteriores, con el añadido de que en esta ocasión se celebra su declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Salgo el viernes en la tarde de mi casa, la ruta toma una hora en metro. Llego a la Macroplaza Cuitláhuac habiendo atravesado una feria con juegos mecánicos y la venta más variada de tianguis, desde comida hasta vajilla de barro, además de calles con grafitis que evocan el evento y algunos vistosos anuncios colocados en lugares estratégicos; poco comercio religioso. En la plaza hay dos pantallas gigantes con bocinas potentes que transmiten el recorrido del viacrucis en vivo. La peregrinación se dirige hacia el Cerro de la Estrella donde se representará la crucifixión; pasó antes de mi llegada, me la perdí, pero por las pantallas se transmiten las caídas, los diálogos, los gritos ante un público que mira hipnotizado los últimos episodios del nazareno. Me desplazo, trato de alcanzar la procesión. Imposible, las avenidas están cerradas, la gente atiborrada en las aceras, los vecinos en los techos de sus casas, policía por todos lados. Decido instalarme en una calle lateral por donde unos minutos atrás subió la procesión. Fue una decisión acertada (fotos abajo).

Ubicado en la parte baja de una pendiente, al borde de una baranda de seguridad, veo cómo descienden cientos de personas con una cruz en el hombro. Bajan de a poco, independientes, desordenados, cada uno en su faena. Hay de todo: niños, adultos, viejos, varones y mujeres; unos con una túnica morada, otros con corona de espinas, algunos descalzos vestidos simplemente con una playera y un pantalón corto, no falta quien va con el torso desnudo y nada más que una almohada al lado del cuello. Lo interesante son las cruces personalizadas. Los tamaños varían, si son niños, el peso es menor, si son adultos, pueden medir cuatro metros de largo y pesar más de 120 kilos. Eso sí, todas son de madera. Las cruces están adornadas de múltiples maneras. Alguno pone otro crucifijo de menor tamaño en uno de los brazos, otro le cuelga fotos, retratos, mantas, flores de plástico. Los rostros son sufrientes, los cuerpos cansados: es la bajada, ergo, previamente subieron con la cruz al hombro. Me detengo en uno de ellos: en el brazo de la cruz tiene el retrato de dos varones, uno parecería ser su padre y el otro su hermano, Jorge y Luciano, con un moño negro de duelo en la parte superior y el lema “su luz no se apaga en nuestros corazones”; el hombre que lleva la cruz tiene impresa en su playera la foto de Jorge con una cerveza en la mano y fondo azul, sonriente hacia la cámara, la fecha de su nacimiento en 1980 y de su muerte en agosto del 2025.

En una pausa, me acerco a una familia que se detiene unos minutos a descansar. El niño de unos diez años está ataviado con una túnica morada y manto blanco, la cruz es pequeña, para que su cuerpo la pueda llevar sin más esfuerzo que el que amerita la ocasión. Lo acompañan sus padres y hermanos. Pregunto su historia al progenitor. Me dice que es para agradecer un favor que Cristo le hizo al niño, está pagando su promesa y cumpliendo con su parte. Me dice que durante el año guardan la cruz en casa, la desmontan y la colocan en un lugar discreto; dice que todos los que salieron hoy lo hacen por la misma razón, es una forma de agradecer y cumplir con el trato que hicieron con la divinidad en algún momento del año, o por algún error cometido, recordando que “el tamaño refleja el peso del pecado”. Si bien las cruces pueden ser enormes, esto no dificulta su guardado porque desarmadas entran en cualquier rincón, o se las deja en una calle segura. Y al año siguiente se repite la operación con nuevos contenidos.

La relación de los creyentes con su cruz abre una dimensión que no conocía. He leído y observado cómo se trata una imagen, una efigie, cuándo se la saca, cómo se la viste, se le reza, se negocia con ella. Pero ahora entiendo que la cruz también es un objeto con el que se establece un lazo con lo divino: se la manda a construir, se la personaliza, se la usa como materia que sella un pacto; empero hay dos elementos más: por un lado, se la carga, lo que implica un esfuerzo físico: es el cuerpo el que va a soportar los kilos que aumentan la dificultad al caminar; y por otro lado, es la evocación del sufrimiento de Jesús, de su momento cúspide en el dolor y muerte, es, en cierto sentido, ser parte de su pasión, encontrarse con Cristo en similar aflicción y redimirse con él y en él. Se abre una agenda de investigación: ¿cómo funciona la relación de los creyentes con la divinidad a través de la cruz? ¿qué tipo de demandas surgen? ¿qué uso se le da? ¿cómo la guardan en casa? ¿cuándo participa la autoridad religiosa? En suma: ¿qué rol juega la cruz en la reproducción de la fe?

Luego de mi fructífero intercambio con la familia, retomo mi ruta hacia el centro de la Macroplaza. Tengo la fortuna de encontrarme con la procesión que vuelve del Cerro de la Estrella. Están todos, el cuerpo de Cristo envuelto en una sábana emulando estar fallecido, cargado en los hombros de barbados varones, seguidos de María, autoridades y soldados romanos a caballos, y la gente caminando en una sola dirección. Se coloca el cuerpo en el centro del escenario, María se va en lágrimas, con voz entrecortada, sensiblemente afectada, llora, frente a un público quieto, pasmado, sentido, solidario con el llanto y la muerte de Jesús. Es el momento más emotivo, el aire está denso, el silencio se apodera de la plaza, es una colectividad tristísima unida en el dolor y la fe. Al final, los soldados toman el micrófono, festejan su victoria y colocan el cuerpo -siguiendo el episodio bíblico- en una cueva que es cubierta con una roca pesada. Bajan todos del escenario, y se escucha la voz, ahora no escenificada, de la autoridad municipal que agradece a todos por su presencia en este evento especialmente importante para Iztapalapa en el cual participaron casi tres millones de personas (en toda la semana).

Son las seis y media de la tarde, hora de retirarse, pero no quiero irme sin aprovechar el lugar en el que me encuentro. Iztapalapa es una delegación heredera de muchas tradiciones populares. Con el cansancio y las horas de pie, me vendría muy bien un pulque curado. Pregunto dónde lo venden, me indican que a un par de cuadras. Llego a un local típico de colonia popular: mesas y sillas de plástico, un patio con piso de cemento, en una pared dibujado un Peter Pan enorme, al lado el letrero que indica el lugar de los baños con letras rosadas, al fondo una pantalla que muestra parejas bailando cumbia gozando apretados, bocinas poderosas que a la par de música emiten rayos de colores, techo de plástico de donde cuelga una piñata navideña que ahí se quedó, y en la puerta una mujer frente a un comal grande preparando quesadillas. Entre la oferta variada, me pido un pulque de mamey. Me siento y mientras disfruto ese regalo del maguey y de la cultura prehispánica, intento poner orden a lo vivido.

Me voy antes de que llueva, a esa hora el agua suele ser impredecible y mi ruta de vuelta es larga.

Estas fotografías y texto fueron originalmente publicadas en Religião em debate el 14/04/26.

Viaje surrealista

Tardé casi veinte años en visitar el Jardín James Edward en Xilitla, San Luis Potosí. Sobraban las buenas razones: está lejos, se necesita tiempo, es caro, hay muchos lugares que conocer en México. El caso es que llegó el día; ni un pretexto más para no desplazarnos a ese sitio encantado. Vamos con toda mi familia. El viaje empieza con un paseo por los distintos pisos ecológicos en México. Partimos de la capital hacia el norte por una de las rutas más transitadas, llenas de tráileres, camiones y buses. Antes de llegar a Querétaro, nos desviamos a la derecha para penetrar en una frondosa zona verde y cálida. La sinuosa carretera nos advierte que estamos por entrar en un lugar completamente distinto. Más de ocho horas después de que iniciamos nuestra travesía, casi sin detenernos, llegamos a Xilitla, que está a 600 metros sobre el nivel del mar, y a pocos kilómetros del Golfo de México. El calor y la humedad se dejan sentir.

La primera parada, luego de instalarnos en el alojamiento, es por supuesto el Jardín Escultórico Edward James «Las Pozas». Se dice que el millonario inglés (1907-1984) llega a México a mediados de los cuarenta seducido por las orquídeas; se instala en Xilitla porque era el lugar ideal para verlas crecer y coleccionarlas. Adquiere un terreno enorme y empieza su colección reuniendo plantas de distintos lugares del mundo, hasta que una feroz helada en 1962 destruye todo lo sembrado (diez mil orquídeas). Empieza el nuevo proyecto: construir con hormigón resistente al tiempo las formas más locas teniendo como límite sólo su imaginación.

Desde aquellos años, James pasa temporadas largas en Xilitla, alternando con sus viajes por el mundo y con su residencia en Europa. Forma parte del movimiento surrealista, es amigo de Salvador Dalí, de René Magritte, de Luis Buñuel, de Man Ray, de Leonora Carrington, y es mecenas de varios artistas –además de patrocinador del Pabellón Surrealista en la Feria Mundial en 1939 en Nueva York–. El jardín refleja esa sensibilidad: escaleras que van a ninguna parte, ojos atravesados en el camino, un avión que visto desde lo alto parece un barco, arcos, hongos, bambús, gaviotas, ventanas góticas. Es evidente el diálogo de las construcciones con cuadros de esa corriente: un pasillo de serpientes se parece a un lienzo de Dalí; la fabulosa pintura de M. C. Escher con escaleras que suben y bajan a la vez, es representada en tercera dimensión. En sus obras, James conjuga el intercambio con sus amigos, sus sueños y ocurrencias, en un imponente entorno natural. Su intención no es vincularse con el mundo del arte de los polos urbanos dominantes del país, sino montar su jardín dando rienda suelta a los caprichos de su imaginación. No está haciendo carrera, buscando un público, procurando influencia y prestigio; sólo quiere plasmar sus sueños, cumplir sus fantasías. Por eso su experiencia es tan especial, se trata de un millonario inglés sólidamente vinculado al surrealismo, inserto en una pequeña población tropical a casi 400 kilómetros de la Ciudad de México. Un puente poco convencional que no atraviesa por los canales legítimos del arte y la cultura.

Es curioso. Si el surrealismo es una forma de negación de la realidad, una rebelión frente a lo que los sentidos informan del entorno, y sus representantes convocan a la imaginación, al sueño, al sin-sentido, a esquivar la razón, el entorno en el que está la obra de James es casi una contradicción. Normalmente, cuando he visto un cuadro surrealista, lo he hecho en un museo, donde el clima, la luz, la disposición están finamente planificados para captar el mensaje del artista.

Aquí, entre arañas e insectos, pájaros y humedad, mosquitos y mariposas, calor y moho, es imposible no hacerle caso a lo que dicen la piel, los oídos, los ojos. La naturaleza se siente, se respira, se impone. Y sin embargo, cada pieza envuelta en la cálida y verde atmósfera es una invitación a desprenderse de lo que nos rodea e introducirse en el laberinto de los sueños confusos de James. Es, acaso, otro rostro más de lo barroco latinoamericano.

Cuando visité la casa y el taller de Claude Monet en Giverny (Francia), quedé impactado por el vínculo entre sus paisajes más próximos y sus cuadros. Primero había conocido su obra, así que trasladarse a los lugares donde el pintor impresionista montó su caballete era como formar parte de las piezas, como introducirse en el marco. Aquí, en el onírico jardín de James, me pasó algo parecido, pero en vez de sentirme en uno de sus ambientes familiares y públicos, era como ser invitado a ser un protagonista más en uno de los escenarios de sus sueños. Ese tal vez sea el efecto más desconcertante de la visita. Me llevo una frase de James que dibuja con claridad el proyecto: «construí este santuario para ser habitado por mis ideas y mis quimeras; un mundo propio lleno de libertades, habitable sólo para aquellos que logren construir un sueño propio».

Dejamos Xilitla rumbo a la ciudad de San Luis Potosí para continuar con la experiencia su-real. Llegamos al Centro de las Artes de esa ciudad (CEARTSLP). La historia del recinto ya es impactante: fue construido a principios del siglo XX como una moderna penitenciaría. Su estructura, que nos recuerda a los estudios de Michel Foucault, es exactamente un panóptico: luego de las gruesas y elevadas murallas de piedra y algunos patios administrativos, al fondo se encuentra una pequeña torre de la que se desprenden en forma de estrella cinco columnas con celdas a ambos lados que bien pueden ser controladas desde un solo punto. El lugar ideal para que unos sean observados mientras los otros observan, la materialización del deseo de vigilar y castigar, como nos lo enseña Foucault. Y más: es en esa prisión que Francisco I. Madero fue retenido en 1910 y donde se planeó el histórico Plan de San Luis Potosí que convocaba al pueblo a rebelarse contra el régimen de Porfirio Díaz. Ese monumento con carga histórica, política y filosófica, pasó en el 2008 a convertirse en el principal Centro de las Artes de su entidad y uno de los más atractivos del país. Hoy, la torre de control es dibujada periódicamente por artistas que reinterpretan el sentido de ver para someter, y cada uno de los pabellones está dedicado a una disciplina distinta (música, danza, artes visuales, teatro). Los espacios triangulares entre los pabellones son aprovechados para talleres y exposiciones.

No es todo. En el 2018, en el CEARTSLP se inauguró el Museo Leonora Carrington. El homenaje no podía estar mejor logrado. Se exhiben sus piezas, las enormes a la intemperie rodeadas de la arquitectura especialmente diseñada para lucirlas, y las pequeñas en los interiores de los cuartos con luces y colores adecuados, acompañadas de frases de la artista. Recorrer las piezas de Carrington es fantástico, es un deleite para la vista y un estímulo para la imaginación. Bien lo expresa Carlos Fuentes:

[…] lo que parecía extremo, excluido, suprarreal, se ha convertido en lo central, incluido, inmediato. Lo que se consideraba mágico es ahora lo racional. La lógica del sueño ha vencido la locura de la razón. Y el mundo personal, excéntrico gótico, de Leonora Carrin- gton es hoy nuestro mundo –no el de todos, pero nuestro; no el común, pero el que significa.

Vuelvo a la Ciudad de México luego de tres días exuberantes y desafiantes, llenos de cultura y revelación, poniendo en duda parte de lo aprendido sobre la razón y la explicación, sobre el sueño, sobre la frontera de lo cierto. Vuelvo con un nuevo impulso. Creo que ya sé por qué tardé tanto en realizar este viaje: no volvería a ser el mismo. 

Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 30/07/23 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.

Sociología crónica

La sociología es una disciplina de frontera, movediza, inquieta. Hay decenas de caminos para ejercerla, en ocasiones se cruzan, a menudo se alejan; puede que confluyan como suelen enfrentarse.

Quizás el único puerto común entre tanta diversidad en esta disciplina
–indisciplinada– sea, además de la construcción de un problema a ser investigado desde una perspectiva teórica y una estrategia metodológica, aquella máxima que sugería Bourdieu: entender por qué las cosas suceden de una manera siendo que podrían ser diferentes. De ahí, la sociología, bien adelantaba Berger, es un pasatiempo apasionante, un «demonio que se apodera de nosotros» y nos empuja a observar, anotar, explicar (Berger, 1977, p. 42). Un oficio que se define por la pasión por mirar y comprender, está obligado a desplazarse constantemente, a tocar límites, a romper barreras, a rebelarse frente a cualquier intento de domesticación. Como incansable viandante, debe explorar nuevos mundos, emprender audaces viajes, correr riesgos, tocar puertas, saltar sin paracaídas. Sólo así avanza, sólo así no se convierte en piedra de culto.

La crónica es un género que, argumenta Sefchovich, «hasta hoy, no se ha podido definir» (Sefchovich, 2018, p. 21), cuya esencia es la libertad y la experimentación: se puede «confundir con el ensayo, el testimonio, el diario, el reportaje periodístico, el estudio histórico o antropológico, el social o el cultural» (Sefchovich, 2018, p. 22). «Se trata de un género que se ocupa de (o sea que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa)» (Sefchovich, 2018, p. 28). Por su naturaleza, al ser un «mecanismo de observación» que construye un relato con información empírica, la crónica puede dialogar sin pedir permiso, puede entrar y salir a los temas que considere pertinentes, puede casarse y divorciarse de todas las disciplinas tantas veces lo desee. Al final de cuentas, «la crónica existe porque sirve a la necesidad humana de conocer y entender lo que nos rodea (lo que vemos, olemos, sentimos y tocamos…), así como a la necesidad humana de contárselo a los otros» (Sefchovich, 2018, pp. 27–28).

Entendidas así, sociología y crónica mantienen una simpatía mutua, se atraen, coquetean, se seducen, se convocan, se mezclan en el marco de una «afinidad electiva» –como escribía Weber dialogando con Goethe– que las hace empatar en al menos en tres puntos: la exigencia de observación, la necesidad de explicación, el placer de la narración. Los diálogos entre ambos oficios han generado una serie de reflexiones en el tiempo. No son pocas las crónicas cuyo contenido sociológico salta a la vista (no hay que olvidar, por ejemplo, que la sociología es la formación universitaria básica de Juan Villoro y Cris- tina Rivera Garza, dos importantes narradores mexicanos contemporáneos). Asimismo, existen múltiples ejercicios de sociología que han acudido a la crónica, desde la película de Edgar Morin y Jean Rouch, Crónica de un verano, hasta el esfuerzo de Humberto Vázquez por buscar el contenido sociológico en las Crónicas Generales de Indias (Vázquez Machicado, 1958).

Esta interlocución se inscribe, además, en un momento en el cual las características de la vida social actual exigen innovación, soltura e imaginación, como lo han subrayado múltiples voces. Da la impresión que sólo podremos entender parte de lo que sucede si acudimos a las formas de conocimiento que se generan en distintos ámbitos y  emprendemos varios tipos de intercambios. Es un tiempo de flexibilidad y encuentro, que no de construcción de muros y trincheras disciplinarias. Así lo entendieron, por ejemplo, quienes desde la geografía retoman la estética –como Peter Krieger, que explora «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl»1 –, quienes subrayan la necesidad de acudir a la literatura para enriquecer la sociología (Trejo & Waldman, 2018), quienes encuentran en lo visual el camino para entender lo colectivo (Leon-Quijano, 2023).

Este libro se inscribe precisamente en ese debate. Hace varios años que he impulsado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México una línea de investigación llamada sociología vagabunda a través de un seminario sobre las poéticas de la investigación y un taller de sociología narrativa en el posgrado de la UNAM. La intención ha sido reflexionar sobre la manera como ejercemos nuestra tarea, asumir los desafíos y emprender los riesgos. Asimismo, he publicado libros como Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana (Suárez, 2012); Un sociólogo vagabundo en Nueva York (Suárez, 2015); París a diario (Suárez, 2022b), Diario de La Paz (Suárez, 2022a) que preceden al actual documento y van en una misma línea. Este texto es un punto de llegada.

Los artículos que aquí se recogen fueron publicados, en su mayor parte, en la revista digital de crónica 88 Grados entre el 2022 y el 2024, pero añadí dos adendas, una que se refiere a un asalto sufrido en el 2017 donde narro el paso por las puertas del infierno, y mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua en el 2023, que reflexiona de manera más detenida sobre el acto de escribir. Globalmente, busqué ensayar crónicas de mi vida cotidiana en la Ciudad de México, recogiendo los «signos de la calle», empapados a su vez de interpretaciones sociológicas.

La sociología crónica tiene múltiples significaciones, acaso contradictorias, pero liberadoras. Es una apuesta por la intersección, por los vaivenes, por las bisagras, por el entremedio. Se trata de un saber producido desde la observación y también el resultado de las opciones y posiciones de quien escribe. Es una pasión casi enfermiza y permanente, incurable, pero vital. Es un estilo de narración, tanto como una respuesta a un problema. Es contenido y forma a la vez. Es una manera de entender sin dejar de ser una manera de contar.

Este texto es la introducción de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo, y que será presentado en La Fiesta del libro y de la Rosa, campus Morelos UNAM, el sábado 25 de abril, y en la FCPyS-UNAM, el lunes 27 de abril.

  1. Conferencia «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl» impartida por el Dr. Peter Krieger en el Auditorio del Museo Kaluz, 8 de junio del 2024. ↩︎

Tres lindas cubanas

El académico mexicano Gonzalo Celorio, premio Cervantes 2025, escribió hace 20 años un fabuloso libro llamado Tres lindas cubanas. Le sigo la pista hace rato, he leído todo lo suyo que ha llegado a mis manos antes de que recibiera el más prestigioso galardón en lengua castellana. Ahora Cuba está de moda nuevamente y no pocos levantan las banderas deshilachadas de antaño. Tomo distancia. Prefiero seguir el sabio consejo de un amigo que decía que más y mejor se conoce un país leyendo su literatura que montándose en la discusión ideológica y mediática del momento. 

Es un libro emotivo en múltiples direcciones, autobiográfico, sincero, lúcido y con una pluma envidiable que permite pasar páginas sin darse cuenta, hasta sentirse en el medio de la narración aferrado a los personajes y viviendo con ellos sus episodios. 

El escritor mezcla la trayectoria de sus dos tías y de su madre (las tres cubanas), con sus propias visitas a la isla, sus contactos con intelectuales desde México, su evolución respecto de la cuestión política. Así, con múltiples insumos, desde sus recuerdos, sus lecturas, los relatos de sus mayores, sus agudas observaciones, dibuja un lienzo sofisticado con múltiples capas.

Estamos demasiado acostumbrados a escuchar Cuba y pensar que nació en 1959, vincularla a Fidel, a la Revolución, a la lucha armada, a lo político, a las fronteras de la isla. Nada más estrecho y pobre. Celorio nos recuerda que la historia de aquel país tiene siglos, con migraciones, conflictos, idas y venidas, cultura literaria, musical. Reducirla al tema del bloqueo, a la funcionalidad del modelo, a la ausencia de gasolina o luz, a las dicotomías clásicas excluyentes y parciales como libertad/represión, comida/salud, educación/pobreza, Miami/La Habana, no ayuda a tener una idea un poco más profunda de las cosas. 

Por ejemplo, el autor nos dice que la literatura cubana es la que se escribe dentro y fuera de la isla. Lo propio la cubanidad: se es cubano del malecón para adentro, y para el horizonte. Se sufre y se vive el país desde La Habana y desde Miami, con distintas variables, pero con un sentimiento compartido. Hay historia antes y después de 1959.

El origen de la familia de Celorio se remonta a la migración de sus abuelos de España a finales del siglo XIX. En La Habana construyeron una empresa con relativo éxito lo que les dio holgada posición económica, una casa cómoda, una familia unida.

Con la Revolución, su forma de vida se vino abajo, las tres hermanas terminaron en una dolorosa diáspora territorial e ideológica: una a México, la otra a Miami, la tercera en La Habana; una casada con la Revolución admirando a Fidel y sufriendo estoicamente la precariedad de una economía miserable; la otra en Estados Unidos, sin problemas de dinero pero con la dolorosa nostalgia de su pasado, incrustada en un país que no termina de ser suyo. 

Celorio relata su encantamiento juvenil con la isla, que lo llevó al límite de tener agrias discusiones con su madre y hermanos, y luego comparte su experiencia directa de haber vivido la represión, el control, todos los excesos intolerables y su distancia crítica. Dialogando con los textos de Carpentier, de Guillén, de Lezama Lima o de Heberto Padilla; entre mojitos, playa, hoteles, salsa, viajes, cuerpos, nos muestra la vida cotidiana y sus problemas. 

Aparecen episodios jocosos como la indigestión de su tío luego de comerse por hambre hasta la cáscara de unas naranjas; resultado: ir al hospital con un estreñimiento que lo puso al borde de la muerte -y del cual se enteró todo el barrio, hasta el día en que pudo defecar y fue aplaudido por vecinos y conocidos-, hasta el tristísimo accidente de su hermana y su primo cubano en una carretera en México, que les costó la vida. 

Leer a Celorio me recordó mi propia relación con Cuba y lo que representó en mi juventud universitaria. En algún momento tuve afiches del Che, de Lenin y de Fidel en mi cuarto. Fui a La Habana en 1992 creyendo firmemente que llegaba a la sociedad de mis sueños. Escuché a Silvio mañana, tarde y noche, y colaboré con todo Comité de Solidaridad con Cuba que tenía a mi alcance. Pero la virginidad no es eterna. Con el tiempo, con los datos, rompí el bloqueo ideológico que el régimen promueve con éxito, sufrí la misma decepción profunda a la que muchos llegamos más temprano o más tarde. Celorio entre tantos.

¿Cómo apoyar a un sistema que no permite la pluralidad, que castiga la disidencia, oculta el desacuerdo y que sólo aplaude a los que levantan la mano cuando da la orden el gran líder o el partido? ¿Cómo sostener afinidad con un régimen descaradamente antidemocrático, que no respeta los derechos humanos? ¿Cómo apoyar a un país militarista y profundamente represivo? ¿Cómo creer que toda la culpa la tiene el bloqueo, los malos, los otros, los “gusanos” o los imperialistas? No, yo ya “pinté mi raya” -como se dice en México-, o “hasta aquí he llegado” -como Saramago-, con el autoritarismo cubano hace un buen tiempo. 

En fin, Celorio, como Leonardo Padura -a quien leí también en esta temporada-, me ayudan a entender mejor la complejidad de una sociedad apasionada y apasionante. 

Por último, me quedo con el desasosiego que cuenta el escritor sobre la desaparición de su familia -otrora unida y solidaria- por múltiples razones. Las familias mueren, lo sé, lo he vivido, y a menudo ni la literatura las puede salvar.

Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 09/04/26 como parte de la columna Diario Vagabundo

Escribir en prensa

Escribir en prensa

Fue a finales de abril, en 1991. Tenía 21 años, estaba de vacaciones en La Paz y decidí enviar un artículo al periódico. Comencé describiendo mi caminar por las principales avenidas, los minibuses, los librecambistas, la mendicidad. También me fijé en el gran comercio, en las nuevas tiendas, en el mercado. Terminé con las observaciones sobre la política, el debate público, las posiciones y disputas. Con el documento en mano, fui a la oficina de Presencia en la Av. Mariscal Santa Cruz, y dejé mi nota en manos de Ana María Romero de Campero, entonces directora del matutino, que con enorme generosidad la recibió con elogios y palabras de aliento.

Al día siguiente, compré el periódico temprano, vi mi nombre impreso y quise contar a todos mi hazaña, incluido el conductor del minibús que esa mañana me transportó al centro de la ciudad. Y no era para menos, comenzaba una de mis maneras de relacionarme con las letras.

Desde aquellos años, hace más de tres décadas, no he dejado de publicar regularmente en prensa. Creo haber pasado casi por todos los medios en Bolivia, además de algunos en México y ahora en soportes digitales. Mis columnas han tenido distintos nombres: Intervenciones, Diario vagabundo, Sueño ligero, Vida de ciudad, Cuaderno de notas.

Fue decisivo seguir ese impulso atrevido, casi irresponsable, que nos moviliza cuando somos jóvenes. Alimentar una columna me dio, por un lado, la necesidad de observar el entorno inmediato en sus distintas dimensiones (culturales, políticas, sociales) y, por otro lado, sistematizar de manera cotidiana en una nota corta, comprensible, que pueda ser disfrutada por un público amplio. En suma: mirar, analizar y escribir.

He tenido la fortuna de ser acogido por distintos medios que me dieron mucha libertad. He escrito tanto respecto de la política del día, como sobre literatura o cine; sobre un viaje, un libro o una conferencia. Todo lo que pasara por mi vereda y que amerite un tiempo frente a la pantalla. Nunca tuve que someterme a la tiranía de la coyuntura. Me di el privilegio de abordar temas que, a menudo, nada tenían que ver con la agenda pública inmediata. Fue lo que me permitió acumular entradas que luego se convirtieron en el principal insumo para algunos libros.

A mis estudiantes a menudo les doy tres consejos: reúnan información sobre un problema específico que luego puedan explicar, den algún curso en cualquier nivel y no dejen de escribir regularmente en algún medio. Es que la escritura es oficio, es rigurosidad y constancia; y la exigencia de entrega periódica, ordena y disciplina. Muchos años han pasado, tantos como las páginas redactadas, y sigo con gratitud hacia Ana María Romero que le dio al joven veinteañero el impulso para seguir este camino. Guardo, además de su sonrisa, aquella publicación en papel periódico, ahora amarillenta por el paso del tiempo.

Este texto fue originalmente publicada en Brújula Noticias el 08/05/2025 como parte de la columna Diario Vagabundo