Tengo afición y atracción por los diccionarios. Son laberintos llenos de sorpresas, hechos para ser leídos y disfrutados sin orden, con puro instinto, abriendo universos desconocidos. No sé de dónde me venga tal apego, seguro que no de mi colegio que estaba peleado con las letras. Cuando agarro un diccionario entre mis manos, me siento en mi cómodo sillón en casa, me preparo un café sin prisa, y comienzo la aventura dejando que los dedos marquen el rumbo.
A menudo me he preguntado cuál es el proceso para que una palabra llegue a su lugar. Hay historias bellas, como la de María Moliner que con paciencia, vocación y talento creó una catedral: el Diccionario del uso del español. También hay ejercicios entretenidos, como Coda al diccionario, de mi amigo Jorge Patiño. O el fabuloso Diccionario de Mexicanismos coordinado por la académica Concepción Company Company.
Los diccionarios, lejos de ser ladrillos inflexibles y fijos, son piezas vivas porque parte de su quintaesencia es reflejar el estado del uso de la lengua en una sociedad que, por principio, está en movimiento. El Diccionario de la lengua española, responde, se nutre y enriquece con el trabajo minucioso y activo de las 23 corporaciones que conforman la Asociación de Academias de la Lengua Española. Es gracias a su trabajo que nuevos términos entran al diccionario.
En el caso boliviano, es la Academia Boliviana de la Lengua la responsable de nutrirlo enviando términos con tres criterios básicos: ser exclusivos del país, estar asentados en el uso y contar con documentación escrita de respaldo, y tener varias acepciones. Así, recientemente se incorporó cien nuevos bolivianismos. Aquí una probadita.
Amartelarse: “Enfermarse o decaer física y anímicamente, generalmente, por la ausencia o pérdida de seres queridos”.
Canchitas: “Futbolín”.
Chacharse: “Faltar a un lugar sin consentimiento”.
Chacra: “Dicho de una persona que demuestra poca habilidad para llevar a cabo una tarea”.
Cocachear: “Golpear a una persona en la cabeza con los nudillos de la mano”.
Chonono: “Rizo de cabello, acomodado especialmente para que luzca en el peinado”.
Huasquear: “Dar latigazos con una huasca”.
Pijchar: “Elaborar un bolo en el cachete con hojas de coca”.
Y un largo etcétera. El caso es que la belleza del español, tan local como universal, es recogido paulatinamente en el Diccionario de la lengua española, documento que por supuesto nos pertenece a los 500 millones de hispanoparlantes, y nos perite comunicarnos mejor con 19 países hispanoamericanos, con una extensión territorial de más de 12 millones de kilómetros cuadrados, y con varios siglos de historia.
“¿Qué hacer ante un diccionario?” se pregunta la académica mexicana Angélica Muñiz-Huberman, y dice:
“Un diccionario es un libro especial. Un libro que se abre muchas veces pero que nunca se acaba de leer. Un libro de gran orden que se lee en desorden. Un libro de gran volumen y peso que, aunque lleva a muchos lados no se lleva a ningún lado. Un libro imprescindible que se consulta brevemente. Que tomó años y años para ser terminado y que el lector lo hojea en un par de minutos. Un libro lleno de todas las palabras para sólo buscar una. Un libro de sabiduría sí, pero ejemplo de la fragmentación y de la dispersión. Un libro que ha deshecho el orden natural de este mundo para rehacerlo en un orden arbitrario, llamado alfabético. Un libro a prueba de paciencia y conocimiento. Un libro lógico. Carente de imaginación, pero que desata la imaginación. Un libro eterno que nunca será terminado de leer. Un libro sin principio y sin fin. Un libro entre el sueño y la realidad. Un libro sin tiempo. Un libro sin ideas. Un libro sin pasiones. Un libro a secas. Un libro, libro”.
Sirvan estas letras como invitación a tomar un diccionario en sus manos, usarlo como juguete, saltar de palabra en palabra, ir y venir, detenerse y continuar. Sentirse dueño de un pasaporte que no se detiene en las fronteras.
En aquellos años, a mediados de los setenta del siglo pasado, mi barrio quedaba en las orillas de la ciudad (en La Paz, Bolivia), que no paraba de crecer. Cerca de los cerros y los ríos no entubados, libres, divertidos y amenazantes, y de pastores y animales del campo circulando libremente, los niños nos apoderábamos del entorno sin medir riesgos. Trepábamos árboles, bajábamos montañas, nos revolcábamos en el barro. Pero nada era tan estimulante como salir en bicicleta.
Mi padre, que fue el responsable de enseñarme a dominar el equilibrio en dos ruedas, trajo a casa una bicicleta Hércules para mi hermana. Era un poco más grande que yo, así que me daba miedo montarla, además de tener un diseño más adecuado para recorrer distancias largas, lo que estaba lejos de mi interés de entonces. Poco después llegó lo que se convertiría en mi juguete consentido: una BMX. Era una bicicleta ruda, de freno en la llanta trasera con pedal, sillín largo, sin más aditamentos, ideal para el uso para el que fue creado: practicar bici-cross.
Mi bici fue mi medio de socialidad, que no de movilidad; la usé hasta el límite de que me salieran ampollas en las palmas de las manos para que luego se conviertan en callos. Diariamente salía a jugar con ella. En el barrio teníamos un grupo de amigos con quienes pasábamos horas montados. No nos desplazábamos mucho, siempre alrededor del barrio, pero vaya cómo disfrutábamos. Toda la zona estaba en construcción, incluidas las calles, por lo que había muchos pequeños promontorios que servían de pistas improvisadas de cross
. También jugábamos a policías y ladrones, unos escapaban y los otros atrapaban. Aprendimos la técnica de hacer caer al otro golpeando su llanta trasera con la delantera del agresor, o cerrarle el paso entre dos a quien estaba decidido a huir. No faltaban quienes cultivaban la acrobacia y ganaban la competencia de permanecer el mayor tiempo en una sola llanta.
Nunca recorrí grandes distancias; como mi zona tenía demasiadas pendientes, y el modelo de la BMX no ayudaba, no supe en ese momento que la bicicleta podía ser un medio de transporte. Hasta ahí, sólo servía para pasarla bien con los amigos del barrio. Alguna vez quise ir a mi colegio pedaleando, a menos de dos kilómetros. Fue una mala idea, la bici –y yo– no dábamos la talla, no volví a hacerlo. Pero la semilla de la pasión estaba sembrada.
Pasaron años y cada que podía, en cada ciudad a la que llegaba, me compraba una bicicleta. Viví en Lovaina –la– Nueva en Bélgica rodando por autopistas y bosques, hasta alguna vez me encontré con una familia de preciosos ciervos que parecían sacados de una película. Luego hice una estancia académica en Nueva York, donde disfruté de aquellas amplias avenidas y de pedalear al lado del río. Ya de vuelta, en la Ciudad de México compré una Benotto muy simplona, y salí a las rodadas de domingo por Avenida Churubusco. Pero hubo un problema mayor: como mi bicicleta era muy pesada, de muchos cambios innecesarios, de llantas gruesas y amortiguadores para montaña, no era funcional. Tenía que guardarla en el último piso del edificio donde vivía, cargándola cuatro pisos al hombro; imposible usarla a diario de ese modo.
Mi nueva relación con la bicicleta fue cuando viví dos años en París por razones universitarias. Llegué a la bella ciudad en el 2018. Me recibió, a los pocos meses, una de las prácticas más arraigadas en la cultura política francesa: la huelga. Por largos meses no hubo servicio de transporte público. Me animé a comprarme una bicicleta. Gasté lo que hubiera invertido en tres meses de abono para el metro, pero lo recuperé rápidamente. Poco a poco, como gato curioso que explora su territorio, daba vueltas en los lugares cercanos de mi barrio, en Montmartre. Seguía las ciclovías y exploraba calles. Luego emprendí rutas más largas, hasta que al final llegué a aventarme por todos lados. Iba a la Biblioteca Nacional de Francia que estaba del otro lado del Sena, visitaba los lugares turísticos y los parques. La ciudad se me hacía chica, y no había lugar al que no llegase pedaleando. Los domingos temprano daba una vuelta grande por la ciudad: partía de Montmartre hacia el Arco del Triunfo, luego la Tour Eiffel, continuaba por el Sena hasta la Cité y volvía a subir rumbo al hogar, no sin antes pasar por la panadería y el servidor de agua gaseosa gratuita. El clima duro, la lluvia, el frío, imponían sus propias exigencias, pero nunca impedían salir en bici; la ciudad con pocas pendientes, facilitaba todo movimiento. Aprendí a manejar como lo hacen los parisinos: sin respetar reglas, tomando rutas en sentido contrario, pasándome los altos. Seguía la máxima que aprendí de niño: «en el país donde fueses, haz lo que vieres», y me iba bien, todos pensaban que era un ciclista parisino más. Aunque en París se roban bicicletas como billeteras en el metro, y me advirtieron que debía tener mucho cuidado, a mí nunca me pasó nada serio. Alguna vez se llevaron mi alforja cuando dejé la bici estacionada a la salida de un metro y me descuidé, no más que eso. Aprendí dónde estacionarla, cerca de lugares seguros, si es posible a la vista de algún guardia y con doble candado. Un día me encontré con un hombre mayor, ciclista de muchos años que me dio dos sabios consejos: tener una bici barata y poco atractiva para que los ladrones no se tienten, y no dejar de usarla nunca para tener salud física y emocional. Y así fue.
Dejé París para dirigirme a mi tierra de origen, La Paz, a gozar de un año sabático. Era una sensación extraña, volvía a mis calles, a mi mundo luego de años de haberlo dejado, ya de adulto, pero la semilla del amor a la bicicleta sembrada en la infancia ya había dado frutos. Me compré rápidamente una bici. La geografía de la ciudad es compleja, con demasiadas pendientes y muy desordenada. Salía poco por la ciudad, sólo algunas veces, a tomar café. Aunque es una urbe inclinada y de tráfico caótico, sí podía hacer microrrecorridos prácticos por avenidas menos circuladas. Además, está permitido tomar el teleférico con bicicleta; cierto: cruzaba cielos y montañas y pedaleaba tranquilo, o sólo las bajadas. A menudo subía a la ciudad vecina, El Alto, que es totalmente plana, con avenidas amplias y con natural vocación ciclista –heredera del uso de la bicicleta en el área rural–. Pero lo más sorprendente del ciclismo paceño era trepar cerros. Me vinculé con uno de los tantos clubes, y cada domingo tenía un recorrido a cual más exigente y estimulante. Pedaleando pocos kilómetros en cualquier dirección, uno sale de la ciudad todavía no del todo destrozada por la construcción de edificios y el ecocidio dominante, y se encuentra con cerros de colores, con vistas impresionantes. Con una buena bicicleta de montaña, las subidas son menos duras, pero sobre todo la recompensa de lo que uno podrá ver impulsa cada vuelta de rueda. Además, hay múltiples paseos cercanos, como el impactante «Camino de la muerte», de La Paz a Coroico, que implica una bajada de más de dos mil metros de altura en pocos kilómetros al borde del precipicio, o la desafiante competencia que es la ruta contraria, de subida, que dura varias horas y sólo algunos pueden lograrla.
Volví a México al finalizar mi sabático con otro espíritu ciclista. Ya sabía que no dejaría las dos ruedas. Lo primero que hice fue comprar una bicicleta adecuada a la ciudad: liviana, un solo plato delantero, frenos hidráulicos de disco. Adquirí de todo lo que necesitaba para la seguridad: casco, chaleco visible, luces. Empecé a rodar descu- briendo primero que la ciudad es menos peligrosa de lo que parece, teniendo las precauciones y la prudencia necesaria –a veces mucha paciencia– se puede rodar sin correr demasiados riesgos. Aunque muchos digan lo contrario, para mí, manejar bicicleta en CdMx es menos agresivo que ir en coche, donde hay un código de violencia urbana, de competencia y de «respeto» –muy masculino y torpe–. La bici es una máquina menor que no está compitiendo con ganar un espacio, lo que en ocasiones genera incluso amabilidad. En esta ciudad hay que saber no entrar en desafíos absurdos ni en tensiones innecesarias, saber cómo evitar automovilistas agresivos o peatones distraídos. Aprendí a encontrar rutas menos concurridas que los ejes viales, saber cuáles son las calles alternas con menos tráfico donde se recorre más seguro. Descubrí cierta hermandad con tres tipos de ciclistas: los que trabajan con y en ella (vendedores de tamales, atoles, afiladores, jardineros o los inconfundibles que cargan los tacos de canasta); los que la usan como deporte (identificables por sus atuendos caros y específicos para rodar con seguridad y comodidad); los que se desplazan a sus puestos de trabajo (sea con bicicletas propias o acudiendo al sistema público de ecobici). Con todos, de distinta manera, me sentí colega: teníamos algo en común. También disfruté de los fines de semana cuando el gobierno de la ciudad cierra varios kilómetros de calles y privilegia el tránsito ciclista. Por primera vez llegué a avenida Reforma y estuve por el centro de la capital en bicicleta, no en coche, no pasando a la rápida para no ser atropellado, sino recorriéndola y disfrutándola mientras pedaleaba. Me vi abajo del Ángel de la Independencia, entré por la Alameda, llegué hasta el Zócalo, volví por Reforma y llegué hasta la Villa de Guadalupe. En un solo día hacía muchos kilómetros siendo dueño de mi cuidad, viéndola como nunca la había visto, de cerca, lento, sin prisa. Tuve el privilegio de vivir en la alcaldía Benito Juárez, a ocho kilómetros de mi oficina en la UNAM, a la misma distancia de La Condesa, a menos de un par de kilómetros de la Cineteca y del centro de Coyoacán. Dejé guardado el coche para la salida los fines de semana fuera de la metrópoli. Los cafés, el súper, los amigos, el trabajo, el doctor, el parque, todo me quedaba a unos minutos de pedaleo.
Desde entonces, mi bicicleta se ha convertido en mi medio de transporte, y mucho más. Es la manera como me conecto con el sentido de colectividad, es como me conecto conmigo mismo, con mi cuerpo y con el entorno. Es mi manera de renovar la alegría de vivir en la ciudad.
Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 23/03/24 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.
Una amiga que aprecio me recomendó que lea La llamada. Un retrato, de Leila Guerriero (Anagrama, Barcelona, 2024). Como sé que sus elecciones son certeras y estimulantes, corrí a la librería. Me sumergí en las letras de la laureada cronista argentina con expectativa que no fue traicionada. El libro, que salió en enero del 2024 y que para noviembre del mismo año ya estaba en la duodécima edición, cuenta la historia de Silvia Labayru, una militante de la organización guerrillera argentina Los Montoneros, que estuvo presa en la infernal Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y pudo salir con vida.
Con una narración pegada al relato de la protagonista, presentada en formato de varias entrevistas, Guerriero cuenta el espanto de la dictadura militar, todos los excesos, las torturas, las muertes, los golpes, la electricidad, el miedo. Sin tapujos y sin morbo, entra al laberinto de la angustia, del dolor, de la rabia de uno de los períodos más vergonzoso de historia latinoamericana.
Pero no se queda ahí. A estas alturas, se ha denunciado en muchos formatos los crímenes sucedidos, y sin lugar a duda, se lo debe seguir haciendo con contundencia y firmeza. Lo particularmente novedoso del libro es la visión autocrítica de Labayru sobre su organización y su propia responsabilidad en lo acontecido. Sucede que el horror de la dictadura suele mermar los errores, excesos y delitos de los guerrilleros; es cierto que no se puede comparar la acción del Estado con la de una organización político-militar, pero no es correcto esconder los abusos bajo la alfombra cuando se trata de vidas humanas.
Uno de los grandes temas en las guerrillas, y particularmente en la de los Montoneros, fue la discusión sobre cuánto tiempo se podía-debía resistir a la tortura, o, en algunos casos, la exigencia de quitarse la vida ingiriendo una pastilla de cianuro especialmente preparada para el caso, si no había salida. Hay que recordar el conmovedor poema de Mario Benedetti que condensa esa escena, Hombre preso que mira a su hijo, en el cual describe con orgullo que fue capaz de soportar sin denunciar, lo que le permite dirigirse a su descendiente con honor.
Las Disposiciones sobre la Justicia Penal Revolucionaria de 1972 de los Montoneros definían los delitos de “traición, deserción, delación, confesión, faltas leves reiteradas e incumplimiento de las penas aplicadas en Juicio Revolucionario”, y sus veredictos podían ser fatales. Quien no era capaz de aguantar la picana eléctrica, “cantaba” y tenía la suerte de sobrevivir, era considerado un traidor. Así sucedió con Labayru, a quien le cerraron las puertas cuando, luego de un año y medio de prisión –atravesando tortura, violación, dar a luz a su hija en una mesa y que se la arrebaten–, sobrevivió; subsistir era un pecado, pues “los montoneros esperaban mártires cristianos” (Guerriero 2024:51).
Silvia cuenta que ella estaba en el sector de inteligencia de la organización, pasaba información sobre las rutinas de determinados militares, por su cercanía al ejército (su padre era general), pero sabía que su trabajo iba a servir para eliminar a alguien: “estábamos viendo cómo asesinábamos gente”; ella “no era ejecutora”, pero formaba parte del aparato de muerte. Reflexiona con distancia: “yo pertenecí a una organización que mató a un montón de gente” (Guerriero 2024:96), “a mí me avergüenza profundamente, más allá de que fuera muy buena en el oficio. Me parece fruto de un estado mental cercano a la enajenación” (Guerriero 2024:97).
La violencia montonera podía ir en varias direcciones, tanto contra el Ejército con desenlaces militarmente fallidos –el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29, el 5 de octubre de 1975, dio como resultado 21 fallecidos: doce jóvenes soldados que estaban haciendo su servicio militar obligatorio y nueve guerrilleros (Guerriero 2024:48)–, como contra sus compañeros. Se cuenta en el libro cómo ajusticiaban a sus militantes por “hablar bajo tortura”, lo que era considerado “una manifestación de grave egoísmo y desprecio por el pueblo” (Guerriero 2024:97), o por cometer faltas que creían graves, por ejemplo, querer huir de la Argentina. Pero también había otros castigos no mortales; narra Silvia cómo se le prohibió realizar un aborto por considerarse “una desviación pequeñoburguesa, había que tener hijos para la revolución” (Guerriero 2024:93).
Labayru reflexiona sobre lo contradictorio de su propia experiencia: la tomaron presa cuando estaba embarazada de cinco meses, y al mismo tiempo andaba con una pistola y una pastilla de cianuro en su cartera. “¿Qué es eso?” se pregunta (Guerriero 2024:102). Su bebé nació en prisión y fue entregada a sus abuelos. Mira hacia atrás reproduciendo el diálogo con su hija sobre lo sucedido:
“Yo lo he hablado con Vera, le he dicho: ‘los milicos me torturaron, me secues- traron, mataron a tu tía, me detuvieron un año y medio, tú naciste arriba de una mesa. Todo eso es a cargo de los milicos. Pero la responsabilidad de que tú nacie- ras en la ESMA es mía y de tu padre’. Si uno quiere tener un hijo, tendrá que pro- curarle unas condiciones de vida que son las que son. Si no las puedes procurar, porque estás en la revolución, dedícate a la revolución y no tengas hijos. Por eso le dije siempre a Vera: ‘En ese sentido, tienes para imputarnos porque somos los responsables de que nacieras allí y de que tu vida fuera la que fue’ (…). ‘El hecho de que tú hayas nacido donde naciste es responsabilidad mía y de tu padre. Eso no les quita un ápice de responsabilidad en todo lo demás a los milicos represo- res hijos de puta. Pero de que tú nacieras ahí, yo soy la responsable’” (Guerriero 2024:104).
En el diálogo con su hija, ella revira: “pensaron mucho en la revolución pero en mí pensaron muy poco”, a lo que la madre responde que si bien los secuestradores tienen enorme responsabilidad, “la decisión de seguir militando en un momento en que nos iban a agarrar a todos, donde no había la más mínima posibilidad de triunfar en nada, era nuestra” (Guerriero 2024:103-4).
Las voces críticas vienen de varios lados. Una amiga de Silvia sostiene: “yo creo que nosotros en gran parte contribuimos a que viniera la represión. Pero hacer una autocrítica es muy difícil. No querés que la derecha te use como arma. A mí me mataron a ciento cinco amigos y conocidos. Pero estábamos equivocados. Las intenciones eran fantásticas, pero cometimos más errores que aciertos. Los milicos fueron peores. Porque tenían el Estado y tenían la obligación de reaccionar de otra manera. Pero nosotros no fuimos ningunos santitos” (Guerriero 2024:47-48).
Su balance es dramático y desolador: “La organización no protegió a sus militantes. Nuestra inmolación no sirvió mayormente para nada. O sí: le sirvió mucho a la dictadura para perpetuarse en el poder, aniquilar el aparato productivo de la Argentina, arrasar con un movimiento sindical que era muy fuerte. No mejoró la condición de la clase obrera, no mejoró la educación ni la redistribución de la riqueza” (Guerriero 2024:93–94).
A tantos años de distancia, uno de los antiguos militantes mira hacia atrás y medita: “creía en la lucha armada. Es más, creía que les podíamos ganar. Tenía una convicción total. Y lamento mucho, mucho, haberme comprometido con la violencia (…). Me equivoqué con la opción (…). Me hago cargo de cada una de las barbaries, sufrimientos y espantos que infligieron los montoneros, y yo como miembro de ellos. He participado en infinidad de actividades que generaron violencia y espanto (…). Éramos una banda de jóvenes entregados a una causa idealizada contra un aparato militar que se hizo cargo del Estado y llevó adelante un plan sistemático de secuestro, tortura y asesinato. Dicho esto, me hago cargo de haber participado en una situación que llevó a la Argentina a un lugar de mucho horror. Creyendo que estábamos haciendo todo lo contrario, fuimos muy operati- vos a los sectores más fascistas, reaccionarios y violentos” (Guerriero 2024:91).
En fin, confieso que sólo llegué a la mitad del conmovedor libro y lo dejé. No por falta de interés, todo lo contrario. Sucede que en la historia de la brutalidad política latinoamericana, de las razones de las luchas, de los errores o aciertos, soy un protagonista colateral, una víctima más: mi propio padre fue asesinado por la dictadura en Bolivia el 15 de enero de 1981. Leo estas páginas como repasando un doloroso álbum de una familia cercana. Cerré el libro porque me interpelaba de tal manera que preferí dejarlo. Como cuando uno sale de una sesión de psicoanálisis habiendo recorrido episodios de su pasado que son crudos y que no está preparado para digerirlos.
Cuelgo La llamada de Guerriero. Habrá otro momento para retomarla. Lo que me queda claro es que, para curar las heridas, hay que voltear hacia ese momento épico de la historia con ojos críticos, dejar que salte lo podrido, no guardar muertos en el ropero, ventilar los recuerdos, pedir perdón por los errores, asumir las culpas, las responsabilidades y volver a mirar hacia adelante con espíritu renovado. El libro es una lectura obligada que nos ayuda en esa dirección.
Cuando murió Paul Auster compré rápidamente uno de sus libros que tenía pendiente leer: “Diario de invierno”. En la segunda parte, el escritor nos lleva de la mano por los distintos domicilios que transitó, uno a uno, contando los sabrosos detalles de su vida. Claro, qué mejor guía autobiográfica que emprender un repaso por nuestros hogares.
Empecé un proyecto narrativo –que seguro no llegará a buen puerto– inspirado en el autor norteamericano y a la vez leyendo pedazos de Annie Ernaux que hace algo similar. Abrí mi cuaderno de notas y pasé revista por todos los espacios en los cuales he vivido. No se preocupen, no los voy a aburrir: son veintidós lugares en seis países y si cuento el número de mudanzas en una misma nación, sube la cifra. Terrible.
Sí, tengo experiencia empírica en esa tareíta por la que todos –o casi todos– pasamos en distintos momentos. Cuento lo anterior porque en estos días estoy precisamente en ese afán: me estoy trasladando. El ejercicio no me gusta, me cansa, me satura, me aturde, pero es a la vez un momento privilegiado para reflexionar sobre la acumulación, el desplazamiento, la relación con las cosas, el lazo entre territorio y vida.
Empiezo, claro, por mi biblioteca. Tomo cada uno de mis libros de cinco en cinco –los que quepan en mis manos– y los reubico en alguna caja más o menos ordenada. Procuro cierta lógica: literatura boliviana, mexicana o universal, sociología y ensayos, revistas científicas, revistas culturales, fotografía, cómic. Los problemas aparecen al minuto, los tamaños no coinciden, los pesos son desiguales, los temas no cuadran del todo. Pero algo logro; primer paso listo: las cajas contienen volúmenes con cierta lógica que ayude a descargar y reorganizar al llegar al nuevo destino.
Me doy cuenta –y ya lo he reflexionado decenas de veces– que uso 20% o menos de mi biblioteca. Guardo textos que en años no he visto, o peor, los libros infantiles de cuando mis hijas, que ya son veinteañeras, leían de niñas. Vuelve la pregunta de siempre: ¿para qué guardo tanto escrito? Si tuviera una casa enorme podría pensar en otro esquema y hasta presumir mi biblioteca como lo hacen tantos, pero vivo en un departamento en Ciudad de México donde cada centímetro tiene precio. Tomo una decisión arriesgada: voy a deshacerme de algunos títulos que no he abierto en años.
Busco opciones, todas implican tiempo y esfuerzo, pienso en múltiples posibilidades, desde donar mis libros a una biblioteca (aunque aquí ya nadie recibe libros), hasta venderlos a librerías de ejemplares usados, o, por último, dejarlos en la banca de la plaza donde voy a pasear a mi perra.
Ahí no termina. Me toca empacar la música y las películas. Repaso mis cientos de CD, en sus anticuadas cajitas duras de plástico, y los filmes que alguna vez compré. Entre mis manos transita tanto Silvio Rodríguez como Tarantino, Sabina o Almodóvar, puras producciones culturales que disfruté en su momento, tanto que invertí parte de mi presupuesto en adquirirlas, custodiarlas y cargarlas.
El lector joven me estará leyendo con asombro, y tiene razón. Toda la música que escuché en mi medio siglo de vida, hoy la tengo en Spotify, y casi no hay película que no se encuentre en la red. En vez de acumular CD en casa –que por cierto ya no hay ni dónde reproducir–, tengo que pensar en pagar mi aplicación y mi conexión a wifi. Sí, soy de la generación que está viviendo el desplazamiento de la materialidad hacia el universo efímero de internet, donde cabe el mundo sin respaldo físico. Libros, música, películas, todo está ahí, en un celular, y para almacenar, en vez de repisas y transportes, necesito una buena suscripción a alguna empresa digital.
Por la puerta de mi casa a menudo atraviesa una camioneta que reproduce una grabación ya icónica de la cultura auditiva de la Ciudad de México: “se compra, colchones, tambores, refrigeradores, estufas, microondas, o algo de fierro viejo que venda”. Entre que estoy organizando mis objetos, teniéndolos en mis manos, dándoles un nuevo lugar, desempolvándolos cariñosamente, me irrumpe el impulso –que controlo, claro– de llamar al “compra todo” y dárselos por unos pesos.
Lo mismo me pasa con otras cositas con la que me encuentro en el camino: adornos, tasas de café que ya no uso, vajillas, cuadros, y un largo etcétera. Me vuelve la pregunta, ahora en el límite de lo existencial: ¿cuánto necesitamos para vivir? Sin ser cachivachero, ¿cuánto guardamos por el placer de guardar? ¿Por el miedo de soltar? ¿Por evitar la sensación de sentirse despojado de materialidades que albergan historias y memorias?
Habrá distintas respuestas. Lo cierto es que todo traslado implica un cambio, una mutación, una oportunidad para poner en perspectiva nuestra relación con la materia, y con la vida.
Llegué a Guanajuato en 2004. Andaba buscando trabajo desde La Paz en algún lugar del planeta. Había decidido que, para seguir una carrera universitaria formal, sin ser consumido de lunes a viernes por el trabajo de sobrevivencia y tener que dedicar sólo mis fines de semana a la docencia e investigación científica, debía conseguir una plaza en algún contexto académico estable. Llegó a mi correo electrónico la información de un puesto en la Universidad de Guanajuato. Sin dudarlo, escribí solicitando información. Fueron y vinieron documentos y misivas, quedé seleccionado y me dieron fecha de entrevista. Tenía que viajar a aquella hermosa ciudad. En el interrogatorio me preguntaron si estaba dispuesto a vivir en México. Sin dudarlo respondí que sí. En unas semanas fui contratado.
La decisión implicaba “quemar las naves”. Hicimos maletas con mi esposa y nos lanzamos a una aventura migratoria. Se abría otra etapa en nuestras vidas, iba a ser papá, migrante y profesor universitario de un momento a otro. Cuando llegamos a Guanajuato todo era novedad. La ciudad de los túneles y colores, montañas y balcones floridos, ríos y quebradas nos recibió con cariño. Recorríamos las calles serpenteadas con familiaridad, rápidamente nos adentramos a la dinámica local.
En la universidad, ostentando por primera vez el título de “profesor-investigador de tiempo completo” empecé con mis cursos e investigaciones. Armé un programa para la primera generación de estudiantes de la licenciatura en sociología y antropología. No recuerdo el nombre de la asignatura, pero sí el contenido: empezamos leyendo Doble crimen en la calle Morgue de Allan Poe, continuamos analizando canciones de Joaquín Sabina, películas, cuadros, fotografías. Era la oportunidad para desplegar mi vocación pedagógica, quería que los estudiantes se enamoraran de la sociología, que le vieran utilidad, que descubrieran lo entretenido que es observar los comportamientos de la gente e intentar encontrarles un sentido. Creo que les gustó, en todo caso al final del semestre recibí muestras de afecto, incluso alguna estudiante me regaló un retrato mío que todavía guardo colgado en mi oficina en la UNAM.
Por otro lado, emprendí una agenda de investigación muy estimulante. Dos textos reflejaron mis intereses en ese tiempo. El primero era una deuda conmigo mismo. Quería escribir un artículo sobre el Método de Análisis de Contenido utilizándolo para estudiar las canciones de Sabina. Salió un texto pedagógico y analítico, que fue publicado en la Revista Mexicana de Sociología del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM (donde después me incorporaría como investigador). El segundo era una reflexión sobre la religiosidad popular.
Así fue la historia: una estudiante llegó con la noticia de que la efigie de una Virgen llegaría a su casa; curioso como soy, le dije si me podía invitar. Fui a su domicilio y descubrí una red de prácticas religiosas que me hicieron repensar la teoría clásica: discutí con Weber y Bourdieu sobre su clasificación del campo religioso y acuñé el concepto de “agente paraeclesial”. El texto se publicó en Francia y tuvo bastante circulación. En suma, fue una grata época de creatividad e imaginación.
En lo familiar, fue un momento mágico. Vi crecer a mi hija Canela en sus meses iniciales. Recuerdo el día que dio sus primeros pasos, cuando la solté de mis manos en una enorme tienda. Empezaba a caminar, no paró, ahora vuela, está a punto de terminar sus estudios universitarios. Tengo una foto suya sentada en la mesa del comedor, con un vestidito rosado; otra sentada en el capó del primer auto que compramos; una más en un pony, disfrazada de monito. Ahí la dejé por primera vez en la guardería, llorando mientras me miraba con sus ojitos lagrimosos; ahí aprendió a imitar los gestos de sus padres, a veces riéndose de nosotros; ahí jugaba a servirme café imaginando una cafetería con sus tacitas de plástico.
En fin, en Guanajuato fui esposo, papá y profesional; migrante y viandante.
Fueron muchas razones las que me alejaron de Guanajuato que no vale la pena recordar. Pero no dejo de mirar con nostalgia el camino que entonces construía, la apuesta que significó llegar con los ojos puestos en el futuro, decididos a enfrentarlo todo, a resolver cualquier dificultad. Como soy nostálgico, a menudo vuelvo sobre mis pasos, me veo transitando por mis treinta y cuatro años, con ganas de quedarme en esa tierra. Por eso todo resuena, por eso volver a Guanajuato es tan fuerte, por eso abrazo la melancolía mientras me pierdo entre las calles y callejones de esta ciudad, tan mía, tan parte de lo que fui.
Unos meses atrás mis colegas me invitaron a escribir un texto sobre la cuestión religiosa en la Ciudad de México. Pensé mucho, cuál sería la mejor entrada. Luego de varias vueltas entre lecturas, paseos, datos, videos, redacté un artículo que argumenta que a las expresiones más importantes de la fe en esta ciudad se las puede ver en la celebración de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre en la Villa, el día de muertos en Mixquic, y la representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa.
No los voy a aburrir resumiendo el capítulo aquel que pronto estará disponible, pero sí quiero compartir las observaciones inmediatas de mi visita al viacrucis el pasado viernes santo en Iztapalapa. Al igual que con la celebración de la Virgen de Guadalupe, había escuchado mucho, leído largos textos, visto decenas de programas sobre la Pasión de Cristo allá, pero nunca fui. Ya sé, la ciudad se come el tiempo y dificulta todo movimiento. Pretexto vano, pero cierto.
Mi incursión empieza un día antes. Mi grupo de ciclistas organiza en esta fecha una rodada al centro de Iztapalapa en la noche. Partimos a las 22:00 del Angel de la Independencia más de cincuenta personas pedaleando, vamos por calles vacías, avenidas cuyos coches se han esfumado en la oscuridad de la noche. Cuarenta minutos más tarde estamos en la Macroplaza. Los funcionarios limpian banquetas y jardines con mangueras de agua, extraño en una zona donde aquel líquido escasea. Todavía hay movimiento, gente que va y viene, la tarima lista para recibir a los actores que representarán el martirio de Jesús los siguientes días. Todo impecable para que se levante el telón.
Este año la celebración cumplirá 183 años de llevarse a cabo ininterrumpidamente – ni la Revolución de 1910 amainó los festejos (dato curioso: se dice que para aquella ocasión, los caballos de Emiliano Zapata fueron los protagonistas) -, albergará a millones de visitantes, se movilizarán una centena de actores -creyentes y músicos, se prepararán muchos disfraces, pelucas, barbas, peinados, se traerán docenas de caballos. Será un evento enorme, como los anteriores, con el añadido de que en esta ocasión se celebra su declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Salgo el viernes en la tarde de mi casa, la ruta toma una hora en metro. Llego a la Macroplaza Cuitláhuac habiendo atravesado una feria con juegos mecánicos y la venta más variada de tianguis, desde comida hasta vajilla de barro, además de calles con grafitis que evocan el evento y algunos vistosos anuncios colocados en lugares estratégicos; poco comercio religioso. En la plaza hay dos pantallas gigantes con bocinas potentes que transmiten el recorrido del viacrucis en vivo. La peregrinación se dirige hacia el Cerro de la Estrella donde se representará la crucifixión; pasó antes de mi llegada, me la perdí, pero por las pantallas se transmiten las caídas, los diálogos, los gritos ante un público que mira hipnotizado los últimos episodios del nazareno. Me desplazo, trato de alcanzar la procesión. Imposible, las avenidas están cerradas, la gente atiborrada en las aceras, los vecinos en los techos de sus casas, policía por todos lados. Decido instalarme en una calle lateral por donde unos minutos atrás subió la procesión. Fue una decisión acertada (fotos abajo).
Ubicado en la parte baja de una pendiente, al borde de una baranda de seguridad, veo cómo descienden cientos de personas con una cruz en el hombro. Bajan de a poco, independientes, desordenados, cada uno en su faena. Hay de todo: niños, adultos, viejos, varones y mujeres; unos con una túnica morada, otros con corona de espinas, algunos descalzos vestidos simplemente con una playera y un pantalón corto, no falta quien va con el torso desnudo y nada más que una almohada al lado del cuello. Lo interesante son las cruces personalizadas. Los tamaños varían, si son niños, el peso es menor, si son adultos, pueden medir cuatro metros de largo y pesar más de 120 kilos. Eso sí, todas son de madera. Las cruces están adornadas de múltiples maneras. Alguno pone otro crucifijo de menor tamaño en uno de los brazos, otro le cuelga fotos, retratos, mantas, flores de plástico. Los rostros son sufrientes, los cuerpos cansados: es la bajada, ergo, previamente subieron con la cruz al hombro. Me detengo en uno de ellos: en el brazo de la cruz tiene el retrato de dos varones, uno parecería ser su padre y el otro su hermano, Jorge y Luciano, con un moño negro de duelo en la parte superior y el lema “su luz no se apaga en nuestros corazones”; el hombre que lleva la cruz tiene impresa en su playera la foto de Jorge con una cerveza en la mano y fondo azul, sonriente hacia la cámara, la fecha de su nacimiento en 1980 y de su muerte en agosto del 2025.
En una pausa, me acerco a una familia que se detiene unos minutos a descansar. El niño de unos diez años está ataviado con una túnica morada y manto blanco, la cruz es pequeña, para que su cuerpo la pueda llevar sin más esfuerzo que el que amerita la ocasión. Lo acompañan sus padres y hermanos. Pregunto su historia al progenitor. Me dice que es para agradecer un favor que Cristo le hizo al niño, está pagando su promesa y cumpliendo con su parte. Me dice que durante el año guardan la cruz en casa, la desmontan y la colocan en un lugar discreto; dice que todos los que salieron hoy lo hacen por la misma razón, es una forma de agradecer y cumplir con el trato que hicieron con la divinidad en algún momento del año, o por algún error cometido, recordando que “el tamaño refleja el peso del pecado”. Si bien las cruces pueden ser enormes, esto no dificulta su guardado porque desarmadas entran en cualquier rincón, o se las deja en una calle segura. Y al año siguiente se repite la operación con nuevos contenidos.
La relación de los creyentes con su cruz abre una dimensión que no conocía. He leído y observado cómo se trata una imagen, una efigie, cuándo se la saca, cómo se la viste, se le reza, se negocia con ella. Pero ahora entiendo que la cruz también es un objeto con el que se establece un lazo con lo divino: se la manda a construir, se la personaliza, se la usa como materia que sella un pacto; empero hay dos elementos más: por un lado, se la carga, lo que implica un esfuerzo físico: es el cuerpo el que va a soportar los kilos que aumentan la dificultad al caminar; y por otro lado, es la evocación del sufrimiento de Jesús, de su momento cúspide en el dolor y muerte, es, en cierto sentido, ser parte de su pasión, encontrarse con Cristo en similar aflicción y redimirse con él y en él. Se abre una agenda de investigación: ¿cómo funciona la relación de los creyentes con la divinidad a través de la cruz? ¿qué tipo de demandas surgen? ¿qué uso se le da? ¿cómo la guardan en casa? ¿cuándo participa la autoridad religiosa? En suma: ¿qué rol juega la cruz en la reproducción de la fe?
Luego de mi fructífero intercambio con la familia, retomo mi ruta hacia el centro de la Macroplaza. Tengo la fortuna de encontrarme con la procesión que vuelve del Cerro de la Estrella. Están todos, el cuerpo de Cristo envuelto en una sábana emulando estar fallecido, cargado en los hombros de barbados varones, seguidos de María, autoridades y soldados romanos a caballos, y la gente caminando en una sola dirección. Se coloca el cuerpo en el centro del escenario, María se va en lágrimas, con voz entrecortada, sensiblemente afectada, llora, frente a un público quieto, pasmado, sentido, solidario con el llanto y la muerte de Jesús. Es el momento más emotivo, el aire está denso, el silencio se apodera de la plaza, es una colectividad tristísima unida en el dolor y la fe. Al final, los soldados toman el micrófono, festejan su victoria y colocan el cuerpo -siguiendo el episodio bíblico- en una cueva que es cubierta con una roca pesada. Bajan todos del escenario, y se escucha la voz, ahora no escenificada, de la autoridad municipal que agradece a todos por su presencia en este evento especialmente importante para Iztapalapa en el cual participaron casi tres millones de personas (en toda la semana).
Son las seis y media de la tarde, hora de retirarse, pero no quiero irme sin aprovechar el lugar en el que me encuentro. Iztapalapa es una delegación heredera de muchas tradiciones populares. Con el cansancio y las horas de pie, me vendría muy bien un pulque curado. Pregunto dónde lo venden, me indican que a un par de cuadras. Llego a un local típico de colonia popular: mesas y sillas de plástico, un patio con piso de cemento, en una pared dibujado un Peter Pan enorme, al lado el letrero que indica el lugar de los baños con letras rosadas, al fondo una pantalla que muestra parejas bailando cumbia gozando apretados, bocinas poderosas que a la par de música emiten rayos de colores, techo de plástico de donde cuelga una piñata navideña que ahí se quedó, y en la puerta una mujer frente a un comal grande preparando quesadillas. Entre la oferta variada, me pido un pulque de mamey. Me siento y mientras disfruto ese regalo del maguey y de la cultura prehispánica, intento poner orden a lo vivido.
Me voy antes de que llueva, a esa hora el agua suele ser impredecible y mi ruta de vuelta es larga.
Estas fotografías y texto fueron originalmente publicadas en Religião em debate el 14/04/26.