En la pesera

Diariamente tomo una pesera -que se escribe con “s” porque al principio el viaje costaba un peso- en el recorrido de mi casa en Coyoacán a la Ciudad Universitaria en México. En el camino, mato el tiempo entre la lectura del periódico y la observación del comportamiento de los demás; finalmente, sigo siendo sociólogo (y recuerdo a Marc Augé cuando escribía Un etnólogo en el metro).
Tres escenas me atrapan:

  • Una mujer sentada a mi lado saca de su cartera una pequeña bolsa de cosméticos. Los abre cuidadosamente y empieza la sesión de decorado. Como sucede en estos casos, va paso a paso, utilizando con especial maestría cada uno de los instrumentos y dominando el movimiento del agitado transporte. Todo con el objetivo de embellecerse, resultado claramente conseguido al llegar a su destino.
  • Un joven muy bien acomodado en dos asientos, saca de su mochila un cortaúñas y procede, también controlando el tambaleo de la pesera, a recortarse cada uña (por suerte de las manos solamente). El sonido que acompaña a este natural acto se escucha muy a pesar de la música impuesta por el conductor.
  • Un oficinista, vestido con traje y corbata, contesta su bullicioso celular y nos invita a todos a participar de lo que podría ser una reunión de trabajo. Hablando fuerte da órdenes con respecto a su proyecto, estrategias, actividades para el día, etc.

Ninguno de los comportamientos me molesta particularmente, los observo con curiosidad científica, pero me pregunto hace cuánto que el espacio público se ha convertido en un lugar para hacer cosas que estaban reservadas a la privacidad. Y me preocupa pensar hasta dónde llegaremos. ¿Cuál el límite para compartir con los demás en esos lugares? ¿Será que la urbanidad nos ha convertido en seres brutalmente anónimos que ya no tenemos sentido del ridículo? Vaya a saber.

Publicado originalmente en «Hacer sociología sin darse cuenta» (2018).

Ese oscuro vicio

No sé muy bien por qué, pero adoro trabajar en los cafés. No es que no tenga un espacio adecuado en casa, todo lo contrario, mi escritorio es cómodo, mi computadora generosa y con pantalla enorme. En la UNAM, mi precioso cubículo es amplio, con vista al Ajusco, dos pantallas y mis libros que me acogen. Pero por alguna extraña razón, termino siempre en algún café para escribir.

Soy un cazador de cafés. En las ciudades en las que he vivido en los últimos años, nada más estimulante que la aventura urbana de ir a buscarlos, descubrirlos. Recuerdo que en París recorría cuadras procurando el mejor lugar. En México lo propio, y ahora que estoy en La Paz, me he puesto como tarea conocer todo local que pueda.

La verdad es que exijo mucho. No soporto un grano mal tostado o que la mesa donde llegará mi taza tenga un frasco de mayonesa o un salero. He dejado tazas servidas -las pagué, claro- si el líquido oscuro se asemejaba a un Nescafé. No, simplemente no. Además, busco el equilibrio entre la calidad del grano, el servicio, el olor, la música y el ambiente.

Tengo la impresión de que mi relación con el café oscila entre el ritual y el vicio. Aunque mi consumo es mesurado -mi cuerpo no tolera más de dos tacitas diarias-, lo hago a media mañana y luego de la comida del medio día, siempre expreso. Antes de consumirlo, cuando voy a trabajar, abro en mi computadora el documento que debo escribir, y en lo que el café va haciendo efecto, mis manos empiezan a escribir, estimuladas -incluso guiadas- por el líquido que se apodera de mí. La mayoría de mis libros y artículos los he escrito frente a una taza de café; mi sociología, claro está, le tiene una enorme deuda.

En La Paz, la oferta de cafés se ha diversificado. Algo he escrito en mi libro La Paz en el torbellino del progreso (Ed. 3600, 2020), especialmente sobre el cambio generacional y la creación del nuevo gusto y estilo de vida de las últimas dos décadas. En esta ciudad ya se puede disfrutar de una oferta variada: boutiques con un sofisticado tratamiento del grano y aroma delicioso desde la entrada, espacios llenos de libros para que acompañen el momento, paisajes psicodélicos o posmodernos, restaurantes donde el servicio es teatral y performativo, locales comerciales donde el café es malo pero el ambiente cómodo y céntrico, alguno cuyo logo combina café y bicicletas, y hasta algún pequeño y adorable rincón en Sopocachi con estética gatuna. Hay de todo.

Lo cierto es que ya podemos pasar semanas variando los espacios sin repetir. El café es un regalo, que unido a la plática, la lectura o la escritura, es de los mejores agasajos que nos podemos dar.

Publicado originalmente en Revista Rascacielos (11-07-2021)