Una amiga que aprecio me recomendó que lea La llamada. Un retrato, de Leila Guerriero (Anagrama, Barcelona, 2024). Como sé que sus elecciones son certeras y estimulantes, corrí a la librería. Me sumergí en las letras de la laureada cronista argentina con expectativa que no fue traicionada. El libro, que salió en enero del 2024 y que para noviembre del mismo año ya estaba en la duodécima edición, cuenta la historia de Silvia Labayru, una militante de la organización guerrillera argentina Los Montoneros, que estuvo presa en la infernal Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y pudo salir con vida.
Con una narración pegada al relato de la protagonista, presentada en formato de varias entrevistas, Guerriero cuenta el espanto de la dictadura militar, todos los excesos, las torturas, las muertes, los golpes, la electricidad, el miedo. Sin tapujos y sin morbo, entra al laberinto de la angustia, del dolor, de la rabia de uno de los períodos más vergonzoso de historia latinoamericana.
Pero no se queda ahí. A estas alturas, se ha denunciado en muchos formatos los crímenes sucedidos, y sin lugar a duda, se lo debe seguir haciendo con contundencia y firmeza. Lo particularmente novedoso del libro es la visión autocrítica de Labayru sobre su organización y su propia responsabilidad en lo acontecido. Sucede que el horror de la dictadura suele mermar los errores, excesos y delitos de los guerrilleros; es cierto que no se puede comparar la acción del Estado con la de una organización político-militar, pero no es correcto esconder los abusos bajo la alfombra cuando se trata de vidas humanas.
Uno de los grandes temas en las guerrillas, y particularmente en la de los Montoneros, fue la discusión sobre cuánto tiempo se podía-debía resistir a la tortura, o, en algunos casos, la exigencia de quitarse la vida ingiriendo una pastilla de cianuro especialmente preparada para el caso, si no había salida. Hay que recordar el conmovedor poema de Mario Benedetti que condensa esa escena, Hombre preso que mira a su hijo, en el cual describe con orgullo que fue capaz de soportar sin denunciar, lo que le permite dirigirse a su descendiente con honor.
Las Disposiciones sobre la Justicia Penal Revolucionaria de 1972 de los Montoneros definían los delitos de “traición, deserción, delación, confesión, faltas leves reiteradas e incumplimiento de las penas aplicadas en Juicio Revolucionario”, y sus veredictos podían ser fatales. Quien no era capaz de aguantar la picana eléctrica, “cantaba” y tenía la suerte de sobrevivir, era considerado un traidor. Así sucedió con Labayru, a quien le cerraron las puertas cuando, luego de un año y medio de prisión –atravesando tortura, violación, dar a luz a su hija en una mesa y que se la arrebaten–, sobrevivió; subsistir era un pecado, pues “los montoneros esperaban mártires cristianos” (Guerriero 2024:51).
Silvia cuenta que ella estaba en el sector de inteligencia de la organización, pasaba información sobre las rutinas de determinados militares, por su cercanía al ejército (su padre era general), pero sabía que su trabajo iba a servir para eliminar a alguien: “estábamos viendo cómo asesinábamos gente”; ella “no era ejecutora”, pero formaba parte del aparato de muerte. Reflexiona con distancia: “yo pertenecí a una organización que mató a un montón de gente” (Guerriero 2024:96), “a mí me avergüenza profundamente, más allá de que fuera muy buena en el oficio. Me parece fruto de un estado mental cercano a la enajenación” (Guerriero 2024:97).
La violencia montonera podía ir en varias direcciones, tanto contra el Ejército con desenlaces militarmente fallidos –el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29, el 5 de octubre de 1975, dio como resultado 21 fallecidos: doce jóvenes soldados que estaban haciendo su servicio militar obligatorio y nueve guerrilleros (Guerriero 2024:48)–, como contra sus compañeros. Se cuenta en el libro cómo ajusticiaban a sus militantes por “hablar bajo tortura”, lo que era considerado “una manifestación de grave egoísmo y desprecio por el pueblo” (Guerriero 2024:97), o por cometer faltas que creían graves, por ejemplo, querer huir de la Argentina. Pero también había otros castigos no mortales; narra Silvia cómo se le prohibió realizar un aborto por considerarse “una desviación pequeñoburguesa, había que tener hijos para la revolución” (Guerriero 2024:93).
Labayru reflexiona sobre lo contradictorio de su propia experiencia: la tomaron presa cuando estaba embarazada de cinco meses, y al mismo tiempo andaba con una pistola y una pastilla de cianuro en su cartera. “¿Qué es eso?” se pregunta (Guerriero 2024:102). Su bebé nació en prisión y fue entregada a sus abuelos. Mira hacia atrás reproduciendo el diálogo con su hija sobre lo sucedido:
“Yo lo he hablado con Vera, le he dicho: ‘los milicos me torturaron, me secues- traron, mataron a tu tía, me detuvieron un año y medio, tú naciste arriba de una mesa. Todo eso es a cargo de los milicos. Pero la responsabilidad de que tú nacie- ras en la ESMA es mía y de tu padre’. Si uno quiere tener un hijo, tendrá que pro- curarle unas condiciones de vida que son las que son. Si no las puedes procurar, porque estás en la revolución, dedícate a la revolución y no tengas hijos. Por eso le dije siempre a Vera: ‘En ese sentido, tienes para imputarnos porque somos los responsables de que nacieras allí y de que tu vida fuera la que fue’ (…). ‘El hecho de que tú hayas nacido donde naciste es responsabilidad mía y de tu padre. Eso no les quita un ápice de responsabilidad en todo lo demás a los milicos represo- res hijos de puta. Pero de que tú nacieras ahí, yo soy la responsable’” (Guerriero 2024:104).
En el diálogo con su hija, ella revira: “pensaron mucho en la revolución pero en mí pensaron muy poco”, a lo que la madre responde que si bien los secuestradores tienen enorme responsabilidad, “la decisión de seguir militando en un momento en que nos iban a agarrar a todos, donde no había la más mínima posibilidad de triunfar en nada, era nuestra” (Guerriero 2024:103-4).
Las voces críticas vienen de varios lados. Una amiga de Silvia sostiene: “yo creo que nosotros en gran parte contribuimos a que viniera la represión. Pero hacer una autocrítica es muy difícil. No querés que la derecha te use como arma. A mí me mataron a ciento cinco amigos y conocidos. Pero estábamos equivocados. Las intenciones eran fantásticas, pero cometimos más errores que aciertos. Los milicos fueron peores. Porque tenían el Estado y tenían la obligación de reaccionar de otra manera. Pero nosotros no fuimos ningunos santitos” (Guerriero 2024:47-48).
Su balance es dramático y desolador: “La organización no protegió a sus militantes. Nuestra inmolación no sirvió mayormente para nada. O sí: le sirvió mucho a la dictadura para perpetuarse en el poder, aniquilar el aparato productivo de la Argentina, arrasar con un movimiento sindical que era muy fuerte. No mejoró la condición de la clase obrera, no mejoró la educación ni la redistribución de la riqueza” (Guerriero 2024:93–94).
A tantos años de distancia, uno de los antiguos militantes mira hacia atrás y medita: “creía en la lucha armada. Es más, creía que les podíamos ganar. Tenía una convicción total. Y lamento mucho, mucho, haberme comprometido con la violencia (…). Me equivoqué con la opción (…). Me hago cargo de cada una de las barbaries, sufrimientos y espantos que infligieron los montoneros, y yo como miembro de ellos. He participado en infinidad de actividades que generaron violencia y espanto (…). Éramos una banda de jóvenes entregados a una causa idealizada contra un aparato militar que se hizo cargo del Estado y llevó adelante un plan sistemático de secuestro, tortura y asesinato. Dicho esto, me hago cargo de haber participado en una situación que llevó a la Argentina a un lugar de mucho horror. Creyendo que estábamos haciendo todo lo contrario, fuimos muy operati- vos a los sectores más fascistas, reaccionarios y violentos” (Guerriero 2024:91).
En fin, confieso que sólo llegué a la mitad del conmovedor libro y lo dejé. No por falta de interés, todo lo contrario. Sucede que en la historia de la brutalidad política latinoamericana, de las razones de las luchas, de los errores o aciertos, soy un protagonista colateral, una víctima más: mi propio padre fue asesinado por la dictadura en Bolivia el 15 de enero de 1981. Leo estas páginas como repasando un doloroso álbum de una familia cercana. Cerré el libro porque me interpelaba de tal manera que preferí dejarlo. Como cuando uno sale de una sesión de psicoanálisis habiendo recorrido episodios de su pasado que son crudos y que no está preparado para digerirlos.
Cuelgo La llamada de Guerriero. Habrá otro momento para retomarla. Lo que me queda claro es que, para curar las heridas, hay que voltear hacia ese momento épico de la historia con ojos críticos, dejar que salte lo podrido, no guardar muertos en el ropero, ventilar los recuerdos, pedir perdón por los errores, asumir las culpas, las responsabilidades y volver a mirar hacia adelante con espíritu renovado. El libro es una lectura obligada que nos ayuda en esa dirección.
Unos meses atrás mis colegas me invitaron a escribir un texto sobre la cuestión religiosa en la Ciudad de México. Pensé mucho, cuál sería la mejor entrada. Luego de varias vueltas entre lecturas, paseos, datos, videos, redacté un artículo que argumenta que a las expresiones más importantes de la fe en esta ciudad se las puede ver en la celebración de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre en la Villa, el día de muertos en Mixquic, y la representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa.
No los voy a aburrir resumiendo el capítulo aquel que pronto estará disponible, pero sí quiero compartir las observaciones inmediatas de mi visita al viacrucis el pasado viernes santo en Iztapalapa. Al igual que con la celebración de la Virgen de Guadalupe, había escuchado mucho, leído largos textos, visto decenas de programas sobre la Pasión de Cristo allá, pero nunca fui. Ya sé, la ciudad se come el tiempo y dificulta todo movimiento. Pretexto vano, pero cierto.
Mi incursión empieza un día antes. Mi grupo de ciclistas organiza en esta fecha una rodada al centro de Iztapalapa en la noche. Partimos a las 22:00 del Angel de la Independencia más de cincuenta personas pedaleando, vamos por calles vacías, avenidas cuyos coches se han esfumado en la oscuridad de la noche. Cuarenta minutos más tarde estamos en la Macroplaza. Los funcionarios limpian banquetas y jardines con mangueras de agua, extraño en una zona donde aquel líquido escasea. Todavía hay movimiento, gente que va y viene, la tarima lista para recibir a los actores que representarán el martirio de Jesús los siguientes días. Todo impecable para que se levante el telón.
Este año la celebración cumplirá 183 años de llevarse a cabo ininterrumpidamente – ni la Revolución de 1910 amainó los festejos (dato curioso: se dice que para aquella ocasión, los caballos de Emiliano Zapata fueron los protagonistas) -, albergará a millones de visitantes, se movilizarán una centena de actores -creyentes y músicos, se prepararán muchos disfraces, pelucas, barbas, peinados, se traerán docenas de caballos. Será un evento enorme, como los anteriores, con el añadido de que en esta ocasión se celebra su declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Salgo el viernes en la tarde de mi casa, la ruta toma una hora en metro. Llego a la Macroplaza Cuitláhuac habiendo atravesado una feria con juegos mecánicos y la venta más variada de tianguis, desde comida hasta vajilla de barro, además de calles con grafitis que evocan el evento y algunos vistosos anuncios colocados en lugares estratégicos; poco comercio religioso. En la plaza hay dos pantallas gigantes con bocinas potentes que transmiten el recorrido del viacrucis en vivo. La peregrinación se dirige hacia el Cerro de la Estrella donde se representará la crucifixión; pasó antes de mi llegada, me la perdí, pero por las pantallas se transmiten las caídas, los diálogos, los gritos ante un público que mira hipnotizado los últimos episodios del nazareno. Me desplazo, trato de alcanzar la procesión. Imposible, las avenidas están cerradas, la gente atiborrada en las aceras, los vecinos en los techos de sus casas, policía por todos lados. Decido instalarme en una calle lateral por donde unos minutos atrás subió la procesión. Fue una decisión acertada (fotos abajo).
Ubicado en la parte baja de una pendiente, al borde de una baranda de seguridad, veo cómo descienden cientos de personas con una cruz en el hombro. Bajan de a poco, independientes, desordenados, cada uno en su faena. Hay de todo: niños, adultos, viejos, varones y mujeres; unos con una túnica morada, otros con corona de espinas, algunos descalzos vestidos simplemente con una playera y un pantalón corto, no falta quien va con el torso desnudo y nada más que una almohada al lado del cuello. Lo interesante son las cruces personalizadas. Los tamaños varían, si son niños, el peso es menor, si son adultos, pueden medir cuatro metros de largo y pesar más de 120 kilos. Eso sí, todas son de madera. Las cruces están adornadas de múltiples maneras. Alguno pone otro crucifijo de menor tamaño en uno de los brazos, otro le cuelga fotos, retratos, mantas, flores de plástico. Los rostros son sufrientes, los cuerpos cansados: es la bajada, ergo, previamente subieron con la cruz al hombro. Me detengo en uno de ellos: en el brazo de la cruz tiene el retrato de dos varones, uno parecería ser su padre y el otro su hermano, Jorge y Luciano, con un moño negro de duelo en la parte superior y el lema “su luz no se apaga en nuestros corazones”; el hombre que lleva la cruz tiene impresa en su playera la foto de Jorge con una cerveza en la mano y fondo azul, sonriente hacia la cámara, la fecha de su nacimiento en 1980 y de su muerte en agosto del 2025.
En una pausa, me acerco a una familia que se detiene unos minutos a descansar. El niño de unos diez años está ataviado con una túnica morada y manto blanco, la cruz es pequeña, para que su cuerpo la pueda llevar sin más esfuerzo que el que amerita la ocasión. Lo acompañan sus padres y hermanos. Pregunto su historia al progenitor. Me dice que es para agradecer un favor que Cristo le hizo al niño, está pagando su promesa y cumpliendo con su parte. Me dice que durante el año guardan la cruz en casa, la desmontan y la colocan en un lugar discreto; dice que todos los que salieron hoy lo hacen por la misma razón, es una forma de agradecer y cumplir con el trato que hicieron con la divinidad en algún momento del año, o por algún error cometido, recordando que “el tamaño refleja el peso del pecado”. Si bien las cruces pueden ser enormes, esto no dificulta su guardado porque desarmadas entran en cualquier rincón, o se las deja en una calle segura. Y al año siguiente se repite la operación con nuevos contenidos.
La relación de los creyentes con su cruz abre una dimensión que no conocía. He leído y observado cómo se trata una imagen, una efigie, cuándo se la saca, cómo se la viste, se le reza, se negocia con ella. Pero ahora entiendo que la cruz también es un objeto con el que se establece un lazo con lo divino: se la manda a construir, se la personaliza, se la usa como materia que sella un pacto; empero hay dos elementos más: por un lado, se la carga, lo que implica un esfuerzo físico: es el cuerpo el que va a soportar los kilos que aumentan la dificultad al caminar; y por otro lado, es la evocación del sufrimiento de Jesús, de su momento cúspide en el dolor y muerte, es, en cierto sentido, ser parte de su pasión, encontrarse con Cristo en similar aflicción y redimirse con él y en él. Se abre una agenda de investigación: ¿cómo funciona la relación de los creyentes con la divinidad a través de la cruz? ¿qué tipo de demandas surgen? ¿qué uso se le da? ¿cómo la guardan en casa? ¿cuándo participa la autoridad religiosa? En suma: ¿qué rol juega la cruz en la reproducción de la fe?
Luego de mi fructífero intercambio con la familia, retomo mi ruta hacia el centro de la Macroplaza. Tengo la fortuna de encontrarme con la procesión que vuelve del Cerro de la Estrella. Están todos, el cuerpo de Cristo envuelto en una sábana emulando estar fallecido, cargado en los hombros de barbados varones, seguidos de María, autoridades y soldados romanos a caballos, y la gente caminando en una sola dirección. Se coloca el cuerpo en el centro del escenario, María se va en lágrimas, con voz entrecortada, sensiblemente afectada, llora, frente a un público quieto, pasmado, sentido, solidario con el llanto y la muerte de Jesús. Es el momento más emotivo, el aire está denso, el silencio se apodera de la plaza, es una colectividad tristísima unida en el dolor y la fe. Al final, los soldados toman el micrófono, festejan su victoria y colocan el cuerpo -siguiendo el episodio bíblico- en una cueva que es cubierta con una roca pesada. Bajan todos del escenario, y se escucha la voz, ahora no escenificada, de la autoridad municipal que agradece a todos por su presencia en este evento especialmente importante para Iztapalapa en el cual participaron casi tres millones de personas (en toda la semana).
Son las seis y media de la tarde, hora de retirarse, pero no quiero irme sin aprovechar el lugar en el que me encuentro. Iztapalapa es una delegación heredera de muchas tradiciones populares. Con el cansancio y las horas de pie, me vendría muy bien un pulque curado. Pregunto dónde lo venden, me indican que a un par de cuadras. Llego a un local típico de colonia popular: mesas y sillas de plástico, un patio con piso de cemento, en una pared dibujado un Peter Pan enorme, al lado el letrero que indica el lugar de los baños con letras rosadas, al fondo una pantalla que muestra parejas bailando cumbia gozando apretados, bocinas poderosas que a la par de música emiten rayos de colores, techo de plástico de donde cuelga una piñata navideña que ahí se quedó, y en la puerta una mujer frente a un comal grande preparando quesadillas. Entre la oferta variada, me pido un pulque de mamey. Me siento y mientras disfruto ese regalo del maguey y de la cultura prehispánica, intento poner orden a lo vivido.
Me voy antes de que llueva, a esa hora el agua suele ser impredecible y mi ruta de vuelta es larga.
Estas fotografías y texto fueron originalmente publicadas en Religião em debate el 14/04/26.
La sociología es una disciplina de frontera, movediza, inquieta. Hay decenas de caminos para ejercerla, en ocasiones se cruzan, a menudo se alejan; puede que confluyan como suelen enfrentarse.
Quizás el único puerto común entre tanta diversidad en esta disciplina –indisciplinada– sea, además de la construcción de un problema a ser investigado desde una perspectiva teórica y una estrategia metodológica, aquella máxima que sugería Bourdieu: entender por qué las cosas suceden de una manera siendo que podrían ser diferentes. De ahí, la sociología, bien adelantaba Berger, es un pasatiempo apasionante, un «demonio que se apodera de nosotros» y nos empuja a observar, anotar, explicar (Berger, 1977, p. 42). Un oficio que se define por la pasión por mirar y comprender, está obligado a desplazarse constantemente, a tocar límites, a romper barreras, a rebelarse frente a cualquier intento de domesticación. Como incansable viandante, debe explorar nuevos mundos, emprender audaces viajes, correr riesgos, tocar puertas, saltar sin paracaídas. Sólo así avanza, sólo así no se convierte en piedra de culto.
La crónica es un género que, argumenta Sefchovich, «hasta hoy, no se ha podido definir» (Sefchovich, 2018, p. 21), cuya esencia es la libertad y la experimentación: se puede «confundir con el ensayo, el testimonio, el diario, el reportaje periodístico, el estudio histórico o antropológico, el social o el cultural» (Sefchovich, 2018, p. 22). «Se trata de un género que se ocupa de (o sea que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa)» (Sefchovich, 2018, p. 28). Por su naturaleza, al ser un «mecanismo de observación» que construye un relato con información empírica, la crónica puede dialogar sin pedir permiso, puede entrar y salir a los temas que considere pertinentes, puede casarse y divorciarse de todas las disciplinas tantas veces lo desee. Al final de cuentas, «la crónica existe porque sirve a la necesidad humana de conocer y entender lo que nos rodea (lo que vemos, olemos, sentimos y tocamos…), así como a la necesidad humana de contárselo a los otros» (Sefchovich, 2018, pp. 27–28).
Entendidas así, sociología y crónica mantienen una simpatía mutua, se atraen, coquetean, se seducen, se convocan, se mezclan en el marco de una «afinidad electiva» –como escribía Weber dialogando con Goethe– que las hace empatar en al menos en tres puntos: la exigencia de observación, la necesidad de explicación, el placer de la narración. Los diálogos entre ambos oficios han generado una serie de reflexiones en el tiempo. No son pocas las crónicas cuyo contenido sociológico salta a la vista (no hay que olvidar, por ejemplo, que la sociología es la formación universitaria básica de Juan Villoro y Cris- tina Rivera Garza, dos importantes narradores mexicanos contemporáneos). Asimismo, existen múltiples ejercicios de sociología que han acudido a la crónica, desde la película de Edgar Morin y Jean Rouch, Crónica de un verano, hasta el esfuerzo de Humberto Vázquez por buscar el contenido sociológico en las Crónicas Generales de Indias (Vázquez Machicado, 1958).
Esta interlocución se inscribe, además, en un momento en el cual las características de la vida social actual exigen innovación, soltura e imaginación, como lo han subrayado múltiples voces. Da la impresión que sólo podremos entender parte de lo que sucede si acudimos a las formas de conocimiento que se generan en distintos ámbitos y emprendemos varios tipos de intercambios. Es un tiempo de flexibilidad y encuentro, que no de construcción de muros y trincheras disciplinarias. Así lo entendieron, por ejemplo, quienes desde la geografía retoman la estética –como Peter Krieger, que explora «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl»1 –, quienes subrayan la necesidad de acudir a la literatura para enriquecer la sociología (Trejo & Waldman, 2018), quienes encuentran en lo visual el camino para entender lo colectivo (Leon-Quijano, 2023).
Este libro se inscribe precisamente en ese debate. Hace varios años que he impulsado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México una línea de investigación llamada sociología vagabunda a través de un seminario sobre las poéticas de la investigación y un taller de sociología narrativa en el posgrado de la UNAM. La intención ha sido reflexionar sobre la manera como ejercemos nuestra tarea, asumir los desafíos y emprender los riesgos. Asimismo, he publicado libros como Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana (Suárez, 2012); Un sociólogo vagabundo en Nueva York (Suárez, 2015); París a diario (Suárez, 2022b), Diario de La Paz (Suárez, 2022a) que preceden al actual documento y van en una misma línea. Este texto es un punto de llegada.
Los artículos que aquí se recogen fueron publicados, en su mayor parte, en la revista digital de crónica 88 Grados entre el 2022 y el 2024, pero añadí dos adendas, una que se refiere a un asalto sufrido en el 2017 donde narro el paso por las puertas del infierno, y mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua en el 2023, que reflexiona de manera más detenida sobre el acto de escribir. Globalmente, busqué ensayar crónicas de mi vida cotidiana en la Ciudad de México, recogiendo los «signos de la calle», empapados a su vez de interpretaciones sociológicas.
La sociología crónica tiene múltiples significaciones, acaso contradictorias, pero liberadoras. Es una apuesta por la intersección, por los vaivenes, por las bisagras, por el entremedio. Se trata de un saber producido desde la observación y también el resultado de las opciones y posiciones de quien escribe. Es una pasión casi enfermiza y permanente, incurable, pero vital. Es un estilo de narración, tanto como una respuesta a un problema. Es contenido y forma a la vez. Es una manera de entender sin dejar de ser una manera de contar.
Este texto es la introducción de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo, y que será presentado en La Fiesta del libro y de la Rosa, campus Morelos UNAM, el sábado 25 de abril, y en la FCPyS-UNAM, el lunes 27 de abril.
Conferencia «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl» impartida por el Dr. Peter Krieger en el Auditorio del Museo Kaluz, 8 de junio del 2024. ↩︎