El tren detenido

Es junio del 2016. Un amigo me invita a dar unas conferencias en la Universidad de Bielefeld, estoy en Lovaina en un congreso, no dudo en aceptar. Aunque la distancia no es muy grande, el desplazamiento implica invertir precioso tiempo que podría dedicarlo a visitar otras ciudades: cinco horas y cuatro transbordos. Acepto, sé que no hay nada más agradable que desplazarse en tren por Europa.

El viaje comienza en las primeras horas de la tarde. En el camino, como siempre, procedo con mi agenda de viajes: leer, escribir mi diario de observaciones cotidianas, tomar fotos, escuchar música, mirar el paisaje. Todo sucede como lo previsto, la puntualidad caracteriza a esta parte del mundo; sólo faltan diez minutos para llegar a Bielefeld, cuando repentinamente la enorme máquina se detiene bruscamente en medio de la nada. No entiendo qué sucede. Escucho instrucciones en alemán, imposible de decodificar para mí. Pregunto a un pasajero que habla francés y me comenta que hay un problema serio de electricidad y por tanto esto da para largo. Cierto, todo el sistema eléctrico va cediendo paulatinamente: primero las pantallas, luego las luces, por último, los motores. Sólo quedan los tímidos ventiladores. La gente se para, da vueltas, reniega, pero nadie hace un berrinche mayor, reina un clima de resignación pasiva.

Unos minutos más tarde llegan trabajadores con chamarras de color naranja fosforescente atravesando el campo, nos miran, se fijan con detenimiento en el techo de nuestro vagón. Luego policías con similar chaleco se acercan y nos toman fotos desde afuera, me siento observado, como en vitrina. Los pasillos los recorren más uniformados fuertemente armados. Corre el tiempo, intento distraerme, escribo más, leo más, no entiendo nada, sólo me queda claro que esto es serio. A las dos horas de vacío, anuncian que todos los baños están bloqueados, fueron usados de tal manera que ya no aguantan más, están sucios. No hay cómo impedir el ingreso de los pasajeros, así que improvisan una cinta con servilletas de papel que indican prohibido el ingreso. Empiezo un diálogo con otro pasajero que ha- bla un inglés tan malo como el mío, que me confirma que los cables transmisores de corriente en el techo se quebraron. Me acerco a la ventana para corroborar y los veo tirados, hechos trizas. Una voz indescifrable vuelve a tomar la palabra, otra vez en alemán, sólo entiendo «26 minutos…».

A las tres horas de espera se agotó la fuente de energía: no hay la luz, ni los últimos ventiladores que todavía daban un poco de aire. El silencio en un lugar cerrado me permite escuchar todo, desde las respiraciones de los demás hasta cómo alguien arruga un pedazo de papel. La gente bate las revistas cual abanicos. Un pasajero pregunta en inglés con acento francés al policía en tono irónico: «¿qué están esperando para abrir la puerta o alguien se tiene que desmayar?». La autoridad demudada sólo atina a decir que en poco tiempo se resolverá. Ante la insistencia, el policía explica que no pueden abrir la puerta porque está encima del cable roto, pero si alguien se siente mal puede desplazarse al vagón del frente que sí tiene una entrada de aire. Rápidamente, pasa una señora con rostro de angustia.

Encerrados en el vagón, se crea una complicidad colectiva, cada uno asume un rol y aparecen nuevos personajes: el que habla fuerte, el que se enoja, el que hace chistes, el tímido, el que se clava en su lectura. Afloran los grupos lingüísticos, como la mayoría son alemanes, hacen chistes e intercambian entre ellos; los de otras lenguas, establecemos diálogos más operativos, compartiendo información práctica.

Entre que intentan resolver el tema, vienen a mi mente muchas imágenes, desde aquella más jocosa contada por Cortázar que acabo de evocar, hasta el filme –también alemán– El experimento, en el cual se invita a un grupo de personas a una cárcel para vivir los roles de policía y prisionero con resultados sorprendentes. Además, recuerdo alguna inquietante película que olvidé el nombre, en la cual el personaje queda atrapado en una cabina telefónica de la cual no puede salir y al final se da cuenta de que era una trampa mortal. Sí, empiezo a divagar sin rumbo, entre lo lúdico y lo siniestro. Las pre- guntas más absurdas y disparatadas recorren mi mente: ¿y si se trata de un atentado terrorista?, ¿y si hay algún virus en el tren y nos deben dejar en cuarentena?, ¿y si hay alguna razón oculta que no quieren revelar para no generar pánico?

Cuando pasan tres horas, en un clima de total improvisación, las autoridades deciden que podemos salir del tren, enviaron finalmente otro. Las cuestiones más básicas son un problema, reina la incompetencia: un funcionario intenta sacar una escalera para descender del elevado convoy, pero no sabe cómo hacerlo, se hace ayudar por un pasajero. Dicen que sólo reciben entrenamiento para este tipo de casos una vez al año, y se olvidan con facilidad por la falta de práctica.

Al final, nos suben a otro convoy en una operación relativamente complicada y lenta. Cuando me puedo sentar de nuevo y arrancamos, me pongo a pensar en la incapacidad de improvisación de una cultura tan establecida y protocolar como la alemana. Imagino que, frente a un incidente como ese, en México se hubiera resuelto de muchas otras maneras; en Alemania tuvieron que seguir rigurosa y rígidamente un procedimiento que imagino fue estudiado con minuciosidad y que es imposible de transgredirlo. Cero iniciativa fuera de la norma, ninguna opción de innovar para resolver lo inesperado. El resultado: la ineficacia absoluta, estábamos a diez minutos de la estación, llegábamos caminando en menos de tres horas de encierro.

Y entre que las ideas y razonamientos fluían, llego a Bielefeld a las once de la noche, cuando el plan era hacerlo a las seis de la tarde. Por suerte, mi paciente y educado colega receptor no desesperó y todavía me espera.

Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 10/07/22 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.

Objetos perdidos

Suelo guardar, a veces esconder, pequeños objetos en lugares insólitos. No hay un plan, un patrón, un manual. Simplemente los dejo en algún lugar, el cual, probablemente, vuelva a visitar en otro momento, cuando el instinto así lo decida.

Las sorpresas suelen ser gratas. En el cajón de mis libretas pasadas aparece la entrada a una película que me marcó. De la gaveta que alberga mis cámaras fotográficas, surge un muñequito comprado en Tepoztlán en el último viaje. Pero mi lugar predilecto es el estante de los libros. 

Un día me encontré con el anuncio de la conferencia de Benoit Peeters, en París, en la que iba a hablar sobre el cómic francés. En otra ocasión, surgió el boleto del bus de mi viaje a Potosí y Sucre en 2022, el último desplazamiento con mi familia antes de la diáspora que nos dispersó por el mundo. Lo bonito de jugar a ser el duende de los objetos perdidos, que los devuelve sólo si el azar lo decide. Además, las cosas guardan historias, despiertan episodios pasados, no olvidados, pero sí sumergidos en varias capas de recuerdos. 

Hace unos días, saqué de mi biblioteca el libro de Sebastián Salgado, el magnífico fotógrafo brasilero que murió recientemente. Navegando entre sus fotos y su vida, me encontré con una carta mía de hace unos ocho años –no tiene fecha– en la que me dirigía al profesor de matemáticas de mi hija Canela, cuando estaba en la secundaria. Le explicaba que ella estuvo haciendo sus deberes hasta las diez de la noche de manera mecánica y aburrida. Argumentaba que el sentido pedagógico se había esfumado entre los minutos perdidos, había desaparecido todo interés por el aprendizaje y, más bien, el trabajo tenía tono de castigo. “Ojalá se pudiera calibrar mejor la carga de la tarea, el tiempo que tomará a los niños resolverla, y la calidad del aprendizaje que de ella emerge”, concluía. 

La carta, que por alguna razón volvió a mí años más tarde, –no recuerdo si llegó a su destinatario–, me recordó que mi padre hacía lo propio cuando lo veía necesario.

Guardo imágenes de cuando le escribió a un maestro luego de que éste me agredió; eran varias hojas en las que le daba una lección de pedagogía, tratando de hacerle entender que el aprender debe ir de la mano de gozar; que castigar no ayuda a comprender; por el contrario, lo que queda es el agravio, no un conocimiento nuevo. 

A menudo intentamos encontrarle un sentido al caos, ordenar nuestra vida en un relato coherente, articulado, como si las cosas siguieran un ritmo, un libreto, que sólo hay que repetirlo. Nos olvidamos que es “terriblemente absurdo estar vivo” –diría Aute–, que no hay razones para coincidir en “tantos mundos, tanto espacio” –añade Mexicanto–. Que a menudo el azar gobierna, y para bien. Que el gusto de las cosas está en que el guiño del destino siempre tiene alguna grata sorpresa a la vuelta de la esquina.

No lo dudo: seguiré jugando a esconder cositas entre los libros, a regalarme recuerdos que, tarde o temprano, me arrancarán una sonrisa.Tomo la carta que me provocó estas letras, la meto en otro libro que acomodo en mi estante. Seguro que más adelante aparecerá, justo cuando la necesite.

Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 20/11/25 como parte de la columna Diario Vagabundo

California 1: Los Ángeles

1972

 Foto: Hugo José Suárez

En canciones, en películas, en libros, en ideas, California está presente. Primera parada: Los Angeles. Llego a una universidad jesuita a dar una conferencia sobre mi último libro. Un bello campus, charlas estimulantes, encuentro con colegas y saberes. Entre otras cosas, en los jardines me encuentro con un pedazo del Muro de Berlín donado a la Universidad y expuesto en la entrada principal, símbolo que dispara múltiples interpretaciones. Primera sorpresa tecnológica: en las calles de la universidad, corren pequeños robots, cubitos de cincuenta centímetros, que llevan comida a quien lo pide. Van cruzando calles, respetando las normas, usando los pasos de cebra correctamente. La parte delantera tiene una pantalla donde se dibujan unos ojos de sorpresa, y a veces alguna sonrisa. No entiendo por qué en un lugar relativamente chico, alguien no quiere caminar unas cuadras para ir a la cafetería, prefiere hacer su pedido y que llegue a su puerta la cajita repartidora. Pero hay más. En las calles me encuentro con taxis sin conductor. Son coches blancos, con sensores en varios lados y un simpático ventilador en el techo. Inconfundibles. Dicen que salieron al mercado recientemente, los solicitas utilizando una aplicación y te brindan el servicio. Lo propio: son los más respetuosos de las indicaciones de tránsito, van lento y cumpliendo en forma cada instrucción. No me subo a ninguno, aunque me llevo sensatamente bien con la tecnología, prefiero no estar en la cima de la ola. 

Y hablando de taxis, me cruzo con tres perfiles distintos de choferes. El primero es un salvadoreño que está aquí hace treinta años. Me dice que perteneció al ejército de su país. Se enlistó porque cuando llegó a la edad requerida -diecisiete años- tenía dos opciones: o iba a las fuerzas armadas, o militaba en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Era un momento de “empate militar” entre las dos agrupaciones, él no tenía ninguna formación política ni interés particular, pero resultaba más institucional hacerlo en una organización estatal. Aquellos años para mí El Salvador jugó un rol muy importante: en 1989 mataron a seis sacerdotes jesuitas en la Universidad Centroamericana, lo que repercutió notablemente en mi formación política y espiritual en México, siendo un joven estudiante de sociología. Le pregunto si sabe algo de aquel hecho histórico, me dice que lo recuerda vagamente; indago si alguna vez fue a la Universidad Loyola, donde nos dirigimos desde el Aeropuerto, me dice: “la conozco, pero nunca he entrado ahí”. Es sabido, en E.U. las universidades marcan el estatus social.

1973

 Foto: Hugo José Suárez

En otro paseo me toca un taxista americano de nacimiento. No busco plática, fluye. Cuenta que tiene una relación con México desde la infancia, su padre lo llevaba al mar. Él repitió la operación, hace lo mismo con sus hijos regularmente. Habla de la violencia, y como si fuera un juego, afirma que el próximo verano prepara su viaje a Puerto Vallarta, llevará una playera que diga: “Narco, don’t kill me”. 

El tercero es un colombiano que está en Estados Unidos hace diez años. Tiene unas muletas en el asiento contiguo. Como vamos conversando con mi colega sobre libros, en una pausa irrumpe y arrebata la palabra. Dice que tiene una historia extraordinaria que debería ser una novela, y sin que le preguntemos, empieza su parlamento. Era un famoso y conocido actor de una serie de televisión en Bogotá. En cierta ocasión, saliendo de su trabajo, recibió varios disparos en la espalda; el agresor, un joven marginal, quiso eliminar al personaje que representaba: un narcotraficante tan malvado como famoso. Salvó la vida pero quedó parapléjico. Se convirtió al pentecostalismo, y gracias a la intervención de Dios, perdonó a su agresor, recuperó movilidad moderada, se casó, migró y ahora tiene una familia que mantiene con el taxi. Su historia, nos dice, merece ser escrita: “sé que va a ser un éxito, un libro extraordinario, Dios me lo dijo, Dios me lo pide”. 

1974

 Foto: Hugo José Suárez

Dos visitas me dan un buen panorama de Los Angeles: la playa y el “centro”. En ambos casos el desplazamiento es en taxi, entre 30 o 50 dólares y no menos de 40 minutos tomando imponentes autopistas. Es una temporada fría, así que la playa sólo tiene unos cuantos desquiciados que se meten al mar. Los demás, bien abrigados, paseamos por el muelle que aparece en tantas películas, con chicas hermosas en bikini, patinando o luciendo la piel. Hoy no hay nada de eso, puros abrigos y chalinas. Lo más llamativo es el símbolo del fin de la Ruta 66 en Santa Mónica, en la mera playa. Es la autopista que atraviesa todo el país-continente, vinculando el pacífico con el atlántico. Es notable el esfuerzo que se hizo para el intercambio fluido; trenes, carreteras, ríos, vuelos y ahora internet. Una de las fortalezas de Estados Unidos es su comunicación, lo que les permite un desplazamiento relativamente fácil en un territorio monumental.

Al día siguiente voy a Los Angeles. Curiosa ciudad expandida en el horizonte, distancias brutales básicamente unidas por autopistas, transporte público desastroso y sin un centro como entendemos en cualquier ciudad latinoamericana. Caminar aquí es un sinsentido, nada sin un coche. La primera parada es en la Catedral, magnífica construcción del arquitecto Rafael Moneo inaugurada el año 2002, que tiene una cita bíblica de Isaías en su entrada: “My house shall be called a house of prayer for all peoples”. Es un edificio extraño. Por fuera brutalista, rudo, con muros firmes, ángulos agudos y pocas formas curvas, capacidad para 3000 almas. El edificio guarda sensata armonía con los del barrio, a pocas cuadras está la alcaldía y la corte de justicia. La entrada es por el ala lateral del púlpito, por lo que hay que caminar hasta el fondo por el pasillo para tener perspectiva. Pocas imágenes pero bien escogidas. Tanto en los muros laterales como al fondo y en el altar, hay telares con dibujos. En ambos costados aparecen muchos santos, mezclados en épocas, culturas y vestidos, caminando y mirando hacia el centro, donde los espera la Virgen de Los Angeles con los brazos abiertos. La decoración sobria, limpia, sin ninguna sobrecarga, con un color beige casi uniforme expandido en las paredes y dibujos, y con perfecto manejo de la luz que se filtra por lo alto o por las delgadas ventanas cubiertas de alabastro, que generan un ambiente místico, propicio para la oración. Por supuesto que una de las capillas está dedicada a la Virgen de Guadalupe, con una reliquia de Juan Diego.

1975

 Foto: Hugo José Suárez

A unas pocas cuadras, pasando por una autopista que corre diez metros abajo como si fuera un río, está lo que fue el antiguo centro que, ahora sí, tiene tal forma, aunque no lo sea. Ahí se fundó la ciudad, y todavía mantiene lo básico de aquella estructura colonial clásica: plaza cuadrada, un templo, un mercado, un edificio de gobierno. Y muy cerca, la estación de tren. Es claro que son dos eras distintas, la colonial de los siglos XVIII y XIX, que fue desplazada por la estructura y emblema de ciudad moderna estadounidense con edificios enormes y una administración pública sólida. La arquitectura dibuja un país que se construyó enterrando el eco colonial, dejándolo como recuerdo nostálgico poco funcional.

Y llegamos a la última parada, la librería con nombre de manifiesto: “The last Bookstore”. Su nombre es certero. En la era digital, los libros físicos han pasado a segundo plano, y sus lugares de venta han ido cerrando poco a poco. Aquí priman libros exhibidos -aunque hay también discos de vinilo, DVD y revistas-, se los puede tocar, abrir, oler, sentir, como sucedía años atrás en toda librería. Además, la decoración general se empeña en valorar el libro como un recurso estético. El estante de cobro está forrado de lomos de distintos títulos, algunas paredes tienen páginas abiertas grandes como tapizado, hay sillones viejos y cómodos, ideales para la lectura, alguna máquina de escribir antigua, y un curioso altar: sobre unas piernas de maniquí con viejos patines montables de fierro y cuatro rueditas, hay un estante chico de madera que emula el tronco de un cuerpo, abierto con libros en su interior. En el lugar de la cabeza, la imagen de una virgen que sostiene al niño con los brazos abiertos. Al fondo un par de tablas que emulan luz y el manto de una virgen. En los pies el siguiente lema en español: “Nuestra Señora la Reina de la Librería Última de Los Ángeles”.

1976

 Foto: Hugo José Suárez

Termina mi visita a esta curiosa ciudad del automóvil. Entiendo mejor por qué Mike Devis escribió Ciudad de Cuarzo, clásico de la sociología urbana descubriendo la lógica del poder plasmada en la ciudad. Ciudad de ángeles que pasean en automóviles.

1977
Foto: Hugo José Suárez

1978

Foto: Hugo José Suárez


Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 19/04/26 como parte de la columna Ciudad a Diario. Fue editado por Adrián Nieve.

Tianguis

Es domingo, cambio mi rutina. Mi alarma no está programada para sonar tan temprano como sucede los días de semana. Me dejo entre las sábanas, permito que lo sueños tomen un poco más de tiempo, pero no mucho, hoy es día de tianguis.

Sin prisa, cuando pasa media mañana, agarro mis bolsas y me dirijo al mercado que se pone los domingos a unas cuadras de mi casa. Durante la semana es una calle poco transitada, pero el día de venta se llena de pequeños toldos normalmente protegidos con plástico rojo que se refleja y crea un ambiente particular, donde se ofrece todo lo imaginable.

Primera parada, el vendedor de aguacates. Es su especialidad, no tiene nada más. El diálogo es muy sencillo: «deme cuatro, uno para hoy y tres para la semana, ahí por el miércoles o jueves». El experto toma de su mesa el pedido, toca cada uno, y con sabiduría construida en el tiempo presiona levemente para calcular cuánto estará listo para ser consumido, respondiendo a mi exigencia. Entretanto, me hago un taco con el guacamole preparado que está sobre su mesa, agarro una tortilla fresca, le expando el aguacate recientemente aplastado en un molcajete grande, y adorno con trocitos de chicharrón que están en la bolsa de al lado. Cuando termino mi taquito, pago y voy al siguiente puesto.

Es el turno de la fruta y la verdura, segunda parada. Hay una serie de normas y procedimientos no dichos que tuve que aprender progresivamente, luego de mucha observación. Así que procedo con la naturalidad de un experto. El puesto es grande, da a los dos pasillos, de un lado fruta, del otro, vegetales. Me paro sin decir nada en el espacio libre que queda al borde de la mesa. Espero que el marchante termine de atender a otra persona y se dirija a mí. Es toda una familia: padres, hijos, primos. Empieza preguntando: «¿quién sigue?». «Yo» respondo con decisión. Le voy pidiendo: un kilo de tomate –le pregunto si puede ser menos, me dice que no–, tres cebollas, un brócoli, una lechuga. Cada verdura es pesada en una balanza colgada que comparte con los demás vendedores, y luego la pone en una bolsa de plástico acumulándolas frente a mí. Luego las frutas: plátanos, mangos, guayabas, papaya. Cuando concluyo mis pedidos, comienza el conteo. Me va pasando cada bolsa repitiendo el precio –a veces, si son demasiadas cosas, las anota en una libretita–. Suma normalmente en la mente haciendo gala de su memoria y agilidad matemática, en lo que voy ordenando mis compras cuidando que la papa esté abajo y el tomate arriba –para que no se aplaste–, me dice el total de la cuenta que cancelo en efectivo.

Sigo, voy por los asuntos menores. Me detengo en un puesto que todo lo que vende proviene de su vivero doméstico, estas zanahorias son dulces, inigualables, las mejores que haya probado en la ciudad. Luego en el yerbero, que me da manzanilla y menta cosechada esa madrugada. Prosigo con los granos: semilla de girasol, granola, almendras y nueces. Finalmente, llego a mi tercera parada: el queso. En una vitrina están expuestas las distintas opciones: Oaxaca, fresco, panela, quesillo preparado o no. El vendedor me corta un pedazo de cada opción, las acepto sin pecado, repitiendo la frase de un amigo: «quién soy yo para decir que no». Me decido por medio kilo de Oaxaca. Pero antes de irme, veo que también ofrecen longaniza, me llevo 300 gramos.

Mientras voy ratoneando por los pasillos, mis ojos se llenan de imágenes, percibo muchos olores frescos y escucho frases que son lanzadas al aire en el acento mexicano más arraigado, «pregúntele, llévele». Leo un fabuloso letrero encima de los aguacates: «no tocar, no sea tentón». Pasa un señor ciego, camina lento con su bastón por delante repitiendo como grabación en un tono sostenido y aburrido: «lleve la oblea, rica la oblea, compre la oblea». Un danzante azteca vestido con plumas y ropas propias de ese grupo se abre paso entre la gente haciendo sonar las conchas colocadas en las pantorrillas que suenan a cada paso, pidiendo dinero para «apoyar nuestra tradición». Una señora se pasea con tiras de ajos en la mano y nopales pequeños en bolsitas.

Hay puestos a los que sólo acudo esporádicamente. Uno vende inciensos, pipas y tabaco. Otro, teclados, cables para computadora, memorias usb, celulares y tabletas (no pregunto su procedencia). Alguno se especializa en música, películas y videojuegos. No falta quien tiene todo lo que se requiere para la limpieza del hogar, o el que ofrece lo que necesito para alimentar y atender a mi perra. La última vez, llevé mi reloj comprado en Francia para que le cambien la pila y la correa; lo hicieron con maestría en cosa de minutos.

Tianguis es una palabra del náhuatl que está en el corazón de la cultura en México. Aparece en las narraciones coloniales, en los murales de Diego Rivera, en la literatura contemporánea. Imposible pensar la vida en México sin acudir a la dinámica de los tianguis. Ignoro su importancia en la economía y en la circulación de mercancías, sólo sé que el gran lugar de recepción en la Ciudad de México es la Central de Abasto, donde llegan vendedores de todo el país. No hay localidad en la ciudad –sea rica, pobre, peligrosa, intelectual, comercial, empresarial, hípster– que no tenga cerca varios tianguis en la semana. Aunque, claro, variarán los productos y las formas de consumo. Cuando vivía en un barrio de clase media alta, algunos puestos ofrecían mariscos –hasta salmón, que es costoso–, otros joyas de plata, algunos compradores iban ayudados de su empleada doméstica y los choferes estacionaban sus lujosas vagonetas en las calles aledañas.

Según me cuentan, la vida de los comerciantes es exigente. Se trata de familias enteras que dedican el día a la misma misión, por eso en el tianguis entre semana se ven niños haciendo tareas escolares, uniformes de colegio, universitarios que colaboran con la economía colectiva. El trabajo empieza muy temprano acudiendo a la Central a adquirir las mercancías y concluye al final del día cuando acabó la venta. Por eso todo lo que se ofrece es fresco, y responde a la máxima que alguna vez me comentó una amiga nutrióloga: para medir la calidad de un producto, hay que saber cuánto tiempo tardó en llegar de su cosecha en el campo al consumo en tu mesa.

Mi última parada es la mejor. Ya es medio día y estoy cansado. Llego al puesto de quesadillas de don Eugenio. Me siento en unos frágiles bancos de plástico en una calle inclinada, y hago mi pedido: una gordita, un tlacoyo y una quesadilla de chicharrón prensado con queso. Su esposa y él toman nota y empiezan con mi solicitud, mientras veo el operativo paulatinamente. Ella saca la masa de maíz verde molido, aplasta la bola en una prensa especial para que quede con la perfecta forma de la tortilla ovalada, luego la cuece en la misma plancha redonda donde el marido, en la otra orilla, empieza a calentar los rellenos. Viene el señor que a unos metros vende aguas frescas y me pregunta si la prefiero de horchata o de rompope, que son las que más me gustan. Cuando me entregan el plato de plástico colorido que contiene mi manjar, procedo con el deleite, saboreando cada bocado agradeciendo que sea domingo de tianguis. La hija que seguramente en la semana va a secundaria, se ocupa de cobrarme antes que me retire.

Sí, el tianguis es la experiencia más mexicana que he vivido hasta ahora. Y, por suerte, se repite cada semana.

Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 08/10/23 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.

Recibir «La Llamada» de Leila Guerriero

Una amiga que aprecio me recomendó que lea La llamada. Un retrato, de Leila Guerriero (Anagrama, Barcelona, 2024). Como sé que sus elecciones son certeras y estimulantes, corrí a la librería. Me sumergí en las letras de la laureada cronista argentina con expectativa que no fue traicionada. El libro, que salió en enero del 2024 y que para noviembre del mismo año ya estaba en la duodécima edición, cuenta la historia de Silvia Labayru, una militante de la organización guerrillera argentina Los Montoneros, que estuvo presa en la infernal Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y pudo salir con vida.

Con una narración pegada al relato de la protagonista, presentada en formato de varias entrevistas, Guerriero cuenta el espanto de la dictadura militar, todos los excesos, las torturas, las muertes, los golpes, la electricidad, el miedo. Sin tapujos y sin morbo, entra al laberinto de la angustia, del dolor, de la rabia de uno de los períodos más vergonzoso de historia latinoamericana.

Pero no se queda ahí. A estas alturas, se ha denunciado en muchos formatos los crímenes sucedidos, y sin lugar a duda, se lo debe seguir haciendo con contundencia y firmeza. Lo particularmente novedoso del libro es la visión autocrítica de Labayru sobre su organización y su propia responsabilidad en lo acontecido. Sucede que el horror de la dictadura suele mermar los errores, excesos y delitos de los guerrilleros; es cierto que no se puede comparar la acción del Estado con la de una organización político-militar, pero no es correcto esconder los abusos bajo la alfombra cuando se trata de vidas humanas.

Uno de los grandes temas en las guerrillas, y particularmente en la de los Montoneros, fue la discusión sobre cuánto tiempo se podía-debía resistir a la tortura, o, en algunos casos, la exigencia de quitarse la vida ingiriendo una pastilla de cianuro especialmente preparada para el caso, si no había salida. Hay que recordar el conmovedor poema de Mario Benedetti que condensa esa escena, Hombre preso que mira a su hijo, en el cual describe con orgullo que fue capaz de soportar sin denunciar, lo que le permite dirigirse a su descendiente con honor.

Las Disposiciones sobre la Justicia Penal Revolucionaria de 1972 de los Montoneros definían los delitos de “traición, deserción, delación, confesión, faltas leves reiteradas e incumplimiento de las penas aplicadas en Juicio Revolucionario”, y sus veredictos podían ser fatales. Quien no era capaz de aguantar la picana eléctrica, “cantaba” y tenía la suerte de sobrevivir, era considerado un traidor. Así sucedió con Labayru, a quien le cerraron las puertas cuando, luego de un año y medio de prisión –atravesando tortura, violación, dar a luz a su hija en una mesa y que se la arrebaten–, sobrevivió; subsistir era un pecado, pues “los montoneros esperaban mártires cristianos”  (Guerriero 2024:51).

Silvia cuenta que ella estaba en el sector de inteligencia de la organización, pasaba información sobre las rutinas de determinados militares, por su cercanía al ejército (su padre era general), pero sabía que su trabajo iba a servir para eliminar a alguien: “estábamos viendo cómo asesinábamos gente”; ella “no era ejecutora”, pero formaba parte del aparato de muerte. Reflexiona con distancia: “yo pertenecí a una organización que mató a un montón de gente” (Guerriero 2024:96), “a mí me avergüenza profundamente, más allá de que fuera muy buena en el oficio. Me parece fruto de un estado mental cercano a la enajenación” (Guerriero 2024:97).

La violencia montonera podía ir en varias direcciones, tanto contra el Ejército con desenlaces militarmente fallidos –el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29, el 5 de octubre de 1975, dio como resultado 21 fallecidos: doce jóvenes soldados que estaban haciendo su servicio militar obligatorio y nueve guerrilleros (Guerriero 2024:48)–, como contra sus compañeros. Se cuenta en el libro cómo ajusticiaban a sus militantes por “hablar bajo tortura”, lo que era considerado “una manifestación de grave egoísmo y desprecio por el pueblo” (Guerriero 2024:97), o por cometer faltas que creían graves, por ejemplo, querer huir de la Argentina. Pero también había otros castigos no mortales; narra Silvia cómo se le prohibió realizar un aborto por considerarse “una desviación pequeñoburguesa, había que tener hijos para la revolución” (Guerriero 2024:93).

Labayru reflexiona sobre lo contradictorio de su propia experiencia: la tomaron presa cuando estaba embarazada de cinco meses, y al mismo tiempo andaba con una pistola y una pastilla de cianuro en su cartera. “¿Qué es eso?” se pregunta (Guerriero 2024:102). Su bebé nació en prisión y fue entregada a sus abuelos. Mira hacia atrás reproduciendo el diálogo con su hija sobre lo sucedido:

“Yo lo he hablado con Vera, le he dicho: ‘los milicos me torturaron, me secues- traron, mataron a tu tía, me detuvieron un año y medio, tú naciste arriba de una mesa. Todo eso es a cargo de los milicos. Pero la responsabilidad de que tú nacie- ras en la ESMA es mía y de tu padre’. Si uno quiere tener un hijo, tendrá que pro- curarle unas condiciones de vida que son las que son. Si no las puedes procurar, porque estás en la revolución, dedícate a la revolución y no tengas hijos. Por eso le dije siempre a Vera: ‘En ese sentido, tienes para imputarnos porque somos los responsables de que nacieras allí y de que tu vida fuera la que fue’ (…). ‘El hecho de que tú hayas nacido donde naciste es responsabilidad mía y de tu padre. Eso no les quita un ápice de responsabilidad en todo lo demás a los milicos represo- res hijos de puta. Pero de que tú nacieras ahí, yo soy la responsable’” (Guerriero 2024:104).

En el diálogo con su hija, ella revira: “pensaron mucho en la revolución pero en mí pensaron muy poco”, a lo que la madre responde que si bien los secuestradores tienen enorme responsabilidad, “la decisión de seguir militando en un momento en que nos iban a agarrar a todos, donde no había la más mínima posibilidad de triunfar en nada, era nuestra” (Guerriero 2024:103-4).

Las voces críticas vienen de varios lados. Una amiga de Silvia sostiene: “yo creo que nosotros en gran parte contribuimos a que viniera la represión. Pero hacer una autocrítica es muy difícil. No querés que la derecha te use como arma. A mí me mataron a ciento cinco amigos y conocidos. Pero estábamos equivocados. Las intenciones eran fantásticas, pero cometimos más errores que aciertos. Los milicos fueron peores. Porque tenían el Estado y tenían la obligación de reaccionar de otra manera. Pero nosotros no fuimos ningunos santitos” (Guerriero 2024:47-48).

Su balance es dramático y desolador: “La organización no protegió a sus militantes. Nuestra inmolación no sirvió mayormente para nada. O sí: le sirvió mucho a la dictadura para perpetuarse en el poder, aniquilar el aparato productivo de la Argentina, arrasar con un movimiento sindical que era muy fuerte. No mejoró la condición de la clase obrera, no mejoró la educación ni la redistribución de la riqueza” (Guerriero 2024:93–94).

A tantos años de distancia, uno de los antiguos militantes mira hacia atrás y medita: “creía en la lucha armada. Es más, creía que les podíamos ganar. Tenía una convicción total. Y lamento mucho, mucho, haberme comprometido con la violencia (…). Me equivoqué con la opción (…). Me hago cargo de cada una de las barbaries, sufrimientos y espantos que infligieron los montoneros, y yo como miembro de ellos. He participado en infinidad de actividades que generaron violencia y espanto (…). Éramos una banda de jóvenes entregados a una causa idealizada contra un aparato militar que se hizo cargo del Estado y llevó adelante un plan sistemático de secuestro, tortura y asesinato. Dicho esto, me hago cargo de haber participado en una situación que llevó a la Argentina a un lugar de mucho horror. Creyendo que estábamos haciendo todo lo contrario, fuimos muy operati- vos a los sectores más fascistas, reaccionarios y violentos” (Guerriero 2024:91).

En fin, confieso que sólo llegué a la mitad del conmovedor libro y lo dejé. No por falta de interés, todo lo contrario. Sucede que en la historia de la brutalidad política latinoamericana, de las razones de las luchas, de los errores o aciertos, soy un protagonista colateral, una víctima más: mi propio padre fue asesinado por la dictadura en Bolivia el 15 de enero de 1981. Leo estas páginas como repasando un doloroso álbum de una familia cercana. Cerré el libro porque me interpelaba de tal manera que preferí dejarlo. Como cuando uno sale de una sesión de psicoanálisis habiendo recorrido episodios de su pasado que son crudos y que no está preparado para digerirlos.

Cuelgo La llamada de Guerriero. Habrá otro momento para retomarla. Lo que me queda claro es que, para curar las heridas, hay que voltear hacia ese momento épico de la historia con ojos críticos, dejar que salte lo podrido, no guardar muertos en el ropero, ventilar los recuerdos, pedir perdón por los errores, asumir las culpas, las responsabilidades y volver a mirar hacia adelante con espíritu renovado. El libro es una lectura obligada que nos ayuda en esa dirección.

Este texto fue originalmente publicado en el Anuario 34 de la Academia Boliviana de la Lengua.