Recibir «La Llamada» de Leila Guerriero

Una amiga que aprecio me recomendó que lea La llamada. Un retrato, de Leila Guerriero (Anagrama, Barcelona, 2024). Como sé que sus elecciones son certeras y estimulantes, corrí a la librería. Me sumergí en las letras de la laureada cronista argentina con expectativa que no fue traicionada. El libro, que salió en enero del 2024 y que para noviembre del mismo año ya estaba en la duodécima edición, cuenta la historia de Silvia Labayru, una militante de la organización guerrillera argentina Los Montoneros, que estuvo presa en la infernal Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y pudo salir con vida.

Con una narración pegada al relato de la protagonista, presentada en formato de varias entrevistas, Guerriero cuenta el espanto de la dictadura militar, todos los excesos, las torturas, las muertes, los golpes, la electricidad, el miedo. Sin tapujos y sin morbo, entra al laberinto de la angustia, del dolor, de la rabia de uno de los períodos más vergonzoso de historia latinoamericana.

Pero no se queda ahí. A estas alturas, se ha denunciado en muchos formatos los crímenes sucedidos, y sin lugar a duda, se lo debe seguir haciendo con contundencia y firmeza. Lo particularmente novedoso del libro es la visión autocrítica de Labayru sobre su organización y su propia responsabilidad en lo acontecido. Sucede que el horror de la dictadura suele mermar los errores, excesos y delitos de los guerrilleros; es cierto que no se puede comparar la acción del Estado con la de una organización político-militar, pero no es correcto esconder los abusos bajo la alfombra cuando se trata de vidas humanas.

Uno de los grandes temas en las guerrillas, y particularmente en la de los Montoneros, fue la discusión sobre cuánto tiempo se podía-debía resistir a la tortura, o, en algunos casos, la exigencia de quitarse la vida ingiriendo una pastilla de cianuro especialmente preparada para el caso, si no había salida. Hay que recordar el conmovedor poema de Mario Benedetti que condensa esa escena, Hombre preso que mira a su hijo, en el cual describe con orgullo que fue capaz de soportar sin denunciar, lo que le permite dirigirse a su descendiente con honor.

Las Disposiciones sobre la Justicia Penal Revolucionaria de 1972 de los Montoneros definían los delitos de “traición, deserción, delación, confesión, faltas leves reiteradas e incumplimiento de las penas aplicadas en Juicio Revolucionario”, y sus veredictos podían ser fatales. Quien no era capaz de aguantar la picana eléctrica, “cantaba” y tenía la suerte de sobrevivir, era considerado un traidor. Así sucedió con Labayru, a quien le cerraron las puertas cuando, luego de un año y medio de prisión –atravesando tortura, violación, dar a luz a su hija en una mesa y que se la arrebaten–, sobrevivió; subsistir era un pecado, pues “los montoneros esperaban mártires cristianos”  (Guerriero 2024:51).

Silvia cuenta que ella estaba en el sector de inteligencia de la organización, pasaba información sobre las rutinas de determinados militares, por su cercanía al ejército (su padre era general), pero sabía que su trabajo iba a servir para eliminar a alguien: “estábamos viendo cómo asesinábamos gente”; ella “no era ejecutora”, pero formaba parte del aparato de muerte. Reflexiona con distancia: “yo pertenecí a una organización que mató a un montón de gente” (Guerriero 2024:96), “a mí me avergüenza profundamente, más allá de que fuera muy buena en el oficio. Me parece fruto de un estado mental cercano a la enajenación” (Guerriero 2024:97).

La violencia montonera podía ir en varias direcciones, tanto contra el Ejército con desenlaces militarmente fallidos –el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29, el 5 de octubre de 1975, dio como resultado 21 fallecidos: doce jóvenes soldados que estaban haciendo su servicio militar obligatorio y nueve guerrilleros (Guerriero 2024:48)–, como contra sus compañeros. Se cuenta en el libro cómo ajusticiaban a sus militantes por “hablar bajo tortura”, lo que era considerado “una manifestación de grave egoísmo y desprecio por el pueblo” (Guerriero 2024:97), o por cometer faltas que creían graves, por ejemplo, querer huir de la Argentina. Pero también había otros castigos no mortales; narra Silvia cómo se le prohibió realizar un aborto por considerarse “una desviación pequeñoburguesa, había que tener hijos para la revolución” (Guerriero 2024:93).

Labayru reflexiona sobre lo contradictorio de su propia experiencia: la tomaron presa cuando estaba embarazada de cinco meses, y al mismo tiempo andaba con una pistola y una pastilla de cianuro en su cartera. “¿Qué es eso?” se pregunta (Guerriero 2024:102). Su bebé nació en prisión y fue entregada a sus abuelos. Mira hacia atrás reproduciendo el diálogo con su hija sobre lo sucedido:

“Yo lo he hablado con Vera, le he dicho: ‘los milicos me torturaron, me secues- traron, mataron a tu tía, me detuvieron un año y medio, tú naciste arriba de una mesa. Todo eso es a cargo de los milicos. Pero la responsabilidad de que tú nacie- ras en la ESMA es mía y de tu padre’. Si uno quiere tener un hijo, tendrá que pro- curarle unas condiciones de vida que son las que son. Si no las puedes procurar, porque estás en la revolución, dedícate a la revolución y no tengas hijos. Por eso le dije siempre a Vera: ‘En ese sentido, tienes para imputarnos porque somos los responsables de que nacieras allí y de que tu vida fuera la que fue’ (…). ‘El hecho de que tú hayas nacido donde naciste es responsabilidad mía y de tu padre. Eso no les quita un ápice de responsabilidad en todo lo demás a los milicos represo- res hijos de puta. Pero de que tú nacieras ahí, yo soy la responsable’” (Guerriero 2024:104).

En el diálogo con su hija, ella revira: “pensaron mucho en la revolución pero en mí pensaron muy poco”, a lo que la madre responde que si bien los secuestradores tienen enorme responsabilidad, “la decisión de seguir militando en un momento en que nos iban a agarrar a todos, donde no había la más mínima posibilidad de triunfar en nada, era nuestra” (Guerriero 2024:103-4).

Las voces críticas vienen de varios lados. Una amiga de Silvia sostiene: “yo creo que nosotros en gran parte contribuimos a que viniera la represión. Pero hacer una autocrítica es muy difícil. No querés que la derecha te use como arma. A mí me mataron a ciento cinco amigos y conocidos. Pero estábamos equivocados. Las intenciones eran fantásticas, pero cometimos más errores que aciertos. Los milicos fueron peores. Porque tenían el Estado y tenían la obligación de reaccionar de otra manera. Pero nosotros no fuimos ningunos santitos” (Guerriero 2024:47-48).

Su balance es dramático y desolador: “La organización no protegió a sus militantes. Nuestra inmolación no sirvió mayormente para nada. O sí: le sirvió mucho a la dictadura para perpetuarse en el poder, aniquilar el aparato productivo de la Argentina, arrasar con un movimiento sindical que era muy fuerte. No mejoró la condición de la clase obrera, no mejoró la educación ni la redistribución de la riqueza” (Guerriero 2024:93–94).

A tantos años de distancia, uno de los antiguos militantes mira hacia atrás y medita: “creía en la lucha armada. Es más, creía que les podíamos ganar. Tenía una convicción total. Y lamento mucho, mucho, haberme comprometido con la violencia (…). Me equivoqué con la opción (…). Me hago cargo de cada una de las barbaries, sufrimientos y espantos que infligieron los montoneros, y yo como miembro de ellos. He participado en infinidad de actividades que generaron violencia y espanto (…). Éramos una banda de jóvenes entregados a una causa idealizada contra un aparato militar que se hizo cargo del Estado y llevó adelante un plan sistemático de secuestro, tortura y asesinato. Dicho esto, me hago cargo de haber participado en una situación que llevó a la Argentina a un lugar de mucho horror. Creyendo que estábamos haciendo todo lo contrario, fuimos muy operati- vos a los sectores más fascistas, reaccionarios y violentos” (Guerriero 2024:91).

En fin, confieso que sólo llegué a la mitad del conmovedor libro y lo dejé. No por falta de interés, todo lo contrario. Sucede que en la historia de la brutalidad política latinoamericana, de las razones de las luchas, de los errores o aciertos, soy un protagonista colateral, una víctima más: mi propio padre fue asesinado por la dictadura en Bolivia el 15 de enero de 1981. Leo estas páginas como repasando un doloroso álbum de una familia cercana. Cerré el libro porque me interpelaba de tal manera que preferí dejarlo. Como cuando uno sale de una sesión de psicoanálisis habiendo recorrido episodios de su pasado que son crudos y que no está preparado para digerirlos.

Cuelgo La llamada de Guerriero. Habrá otro momento para retomarla. Lo que me queda claro es que, para curar las heridas, hay que voltear hacia ese momento épico de la historia con ojos críticos, dejar que salte lo podrido, no guardar muertos en el ropero, ventilar los recuerdos, pedir perdón por los errores, asumir las culpas, las responsabilidades y volver a mirar hacia adelante con espíritu renovado. El libro es una lectura obligada que nos ayuda en esa dirección.

Este texto fue originalmente publicado en el Anuario 34 de la Academia Boliviana de la Lengua.

Sociología crónica

La sociología es una disciplina de frontera, movediza, inquieta. Hay decenas de caminos para ejercerla, en ocasiones se cruzan, a menudo se alejan; puede que confluyan como suelen enfrentarse.

Quizás el único puerto común entre tanta diversidad en esta disciplina
–indisciplinada– sea, además de la construcción de un problema a ser investigado desde una perspectiva teórica y una estrategia metodológica, aquella máxima que sugería Bourdieu: entender por qué las cosas suceden de una manera siendo que podrían ser diferentes. De ahí, la sociología, bien adelantaba Berger, es un pasatiempo apasionante, un «demonio que se apodera de nosotros» y nos empuja a observar, anotar, explicar (Berger, 1977, p. 42). Un oficio que se define por la pasión por mirar y comprender, está obligado a desplazarse constantemente, a tocar límites, a romper barreras, a rebelarse frente a cualquier intento de domesticación. Como incansable viandante, debe explorar nuevos mundos, emprender audaces viajes, correr riesgos, tocar puertas, saltar sin paracaídas. Sólo así avanza, sólo así no se convierte en piedra de culto.

La crónica es un género que, argumenta Sefchovich, «hasta hoy, no se ha podido definir» (Sefchovich, 2018, p. 21), cuya esencia es la libertad y la experimentación: se puede «confundir con el ensayo, el testimonio, el diario, el reportaje periodístico, el estudio histórico o antropológico, el social o el cultural» (Sefchovich, 2018, p. 22). «Se trata de un género que se ocupa de (o sea que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa)» (Sefchovich, 2018, p. 28). Por su naturaleza, al ser un «mecanismo de observación» que construye un relato con información empírica, la crónica puede dialogar sin pedir permiso, puede entrar y salir a los temas que considere pertinentes, puede casarse y divorciarse de todas las disciplinas tantas veces lo desee. Al final de cuentas, «la crónica existe porque sirve a la necesidad humana de conocer y entender lo que nos rodea (lo que vemos, olemos, sentimos y tocamos…), así como a la necesidad humana de contárselo a los otros» (Sefchovich, 2018, pp. 27–28).

Entendidas así, sociología y crónica mantienen una simpatía mutua, se atraen, coquetean, se seducen, se convocan, se mezclan en el marco de una «afinidad electiva» –como escribía Weber dialogando con Goethe– que las hace empatar en al menos en tres puntos: la exigencia de observación, la necesidad de explicación, el placer de la narración. Los diálogos entre ambos oficios han generado una serie de reflexiones en el tiempo. No son pocas las crónicas cuyo contenido sociológico salta a la vista (no hay que olvidar, por ejemplo, que la sociología es la formación universitaria básica de Juan Villoro y Cris- tina Rivera Garza, dos importantes narradores mexicanos contemporáneos). Asimismo, existen múltiples ejercicios de sociología que han acudido a la crónica, desde la película de Edgar Morin y Jean Rouch, Crónica de un verano, hasta el esfuerzo de Humberto Vázquez por buscar el contenido sociológico en las Crónicas Generales de Indias (Vázquez Machicado, 1958).

Esta interlocución se inscribe, además, en un momento en el cual las características de la vida social actual exigen innovación, soltura e imaginación, como lo han subrayado múltiples voces. Da la impresión que sólo podremos entender parte de lo que sucede si acudimos a las formas de conocimiento que se generan en distintos ámbitos y  emprendemos varios tipos de intercambios. Es un tiempo de flexibilidad y encuentro, que no de construcción de muros y trincheras disciplinarias. Así lo entendieron, por ejemplo, quienes desde la geografía retoman la estética –como Peter Krieger, que explora «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl»1 –, quienes subrayan la necesidad de acudir a la literatura para enriquecer la sociología (Trejo & Waldman, 2018), quienes encuentran en lo visual el camino para entender lo colectivo (Leon-Quijano, 2023).

Este libro se inscribe precisamente en ese debate. Hace varios años que he impulsado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México una línea de investigación llamada sociología vagabunda a través de un seminario sobre las poéticas de la investigación y un taller de sociología narrativa en el posgrado de la UNAM. La intención ha sido reflexionar sobre la manera como ejercemos nuestra tarea, asumir los desafíos y emprender los riesgos. Asimismo, he publicado libros como Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana (Suárez, 2012); Un sociólogo vagabundo en Nueva York (Suárez, 2015); París a diario (Suárez, 2022b), Diario de La Paz (Suárez, 2022a) que preceden al actual documento y van en una misma línea. Este texto es un punto de llegada.

Los artículos que aquí se recogen fueron publicados, en su mayor parte, en la revista digital de crónica 88 Grados entre el 2022 y el 2024, pero añadí dos adendas, una que se refiere a un asalto sufrido en el 2017 donde narro el paso por las puertas del infierno, y mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua en el 2023, que reflexiona de manera más detenida sobre el acto de escribir. Globalmente, busqué ensayar crónicas de mi vida cotidiana en la Ciudad de México, recogiendo los «signos de la calle», empapados a su vez de interpretaciones sociológicas.

La sociología crónica tiene múltiples significaciones, acaso contradictorias, pero liberadoras. Es una apuesta por la intersección, por los vaivenes, por las bisagras, por el entremedio. Se trata de un saber producido desde la observación y también el resultado de las opciones y posiciones de quien escribe. Es una pasión casi enfermiza y permanente, incurable, pero vital. Es un estilo de narración, tanto como una respuesta a un problema. Es contenido y forma a la vez. Es una manera de entender sin dejar de ser una manera de contar.

Este texto es la introducción de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo, y que será presentado en La Fiesta del libro y de la Rosa, campus Morelos UNAM, el sábado 25 de abril, y en la FCPyS-UNAM, el lunes 27 de abril.

  1. Conferencia «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl» impartida por el Dr. Peter Krieger en el Auditorio del Museo Kaluz, 8 de junio del 2024. ↩︎

Tres lindas cubanas

El académico mexicano Gonzalo Celorio, premio Cervantes 2025, escribió hace 20 años un fabuloso libro llamado Tres lindas cubanas. Le sigo la pista hace rato, he leído todo lo suyo que ha llegado a mis manos antes de que recibiera el más prestigioso galardón en lengua castellana. Ahora Cuba está de moda nuevamente y no pocos levantan las banderas deshilachadas de antaño. Tomo distancia. Prefiero seguir el sabio consejo de un amigo que decía que más y mejor se conoce un país leyendo su literatura que montándose en la discusión ideológica y mediática del momento. 

Es un libro emotivo en múltiples direcciones, autobiográfico, sincero, lúcido y con una pluma envidiable que permite pasar páginas sin darse cuenta, hasta sentirse en el medio de la narración aferrado a los personajes y viviendo con ellos sus episodios. 

El escritor mezcla la trayectoria de sus dos tías y de su madre (las tres cubanas), con sus propias visitas a la isla, sus contactos con intelectuales desde México, su evolución respecto de la cuestión política. Así, con múltiples insumos, desde sus recuerdos, sus lecturas, los relatos de sus mayores, sus agudas observaciones, dibuja un lienzo sofisticado con múltiples capas.

Estamos demasiado acostumbrados a escuchar Cuba y pensar que nació en 1959, vincularla a Fidel, a la Revolución, a la lucha armada, a lo político, a las fronteras de la isla. Nada más estrecho y pobre. Celorio nos recuerda que la historia de aquel país tiene siglos, con migraciones, conflictos, idas y venidas, cultura literaria, musical. Reducirla al tema del bloqueo, a la funcionalidad del modelo, a la ausencia de gasolina o luz, a las dicotomías clásicas excluyentes y parciales como libertad/represión, comida/salud, educación/pobreza, Miami/La Habana, no ayuda a tener una idea un poco más profunda de las cosas. 

Por ejemplo, el autor nos dice que la literatura cubana es la que se escribe dentro y fuera de la isla. Lo propio la cubanidad: se es cubano del malecón para adentro, y para el horizonte. Se sufre y se vive el país desde La Habana y desde Miami, con distintas variables, pero con un sentimiento compartido. Hay historia antes y después de 1959.

El origen de la familia de Celorio se remonta a la migración de sus abuelos de España a finales del siglo XIX. En La Habana construyeron una empresa con relativo éxito lo que les dio holgada posición económica, una casa cómoda, una familia unida.

Con la Revolución, su forma de vida se vino abajo, las tres hermanas terminaron en una dolorosa diáspora territorial e ideológica: una a México, la otra a Miami, la tercera en La Habana; una casada con la Revolución admirando a Fidel y sufriendo estoicamente la precariedad de una economía miserable; la otra en Estados Unidos, sin problemas de dinero pero con la dolorosa nostalgia de su pasado, incrustada en un país que no termina de ser suyo. 

Celorio relata su encantamiento juvenil con la isla, que lo llevó al límite de tener agrias discusiones con su madre y hermanos, y luego comparte su experiencia directa de haber vivido la represión, el control, todos los excesos intolerables y su distancia crítica. Dialogando con los textos de Carpentier, de Guillén, de Lezama Lima o de Heberto Padilla; entre mojitos, playa, hoteles, salsa, viajes, cuerpos, nos muestra la vida cotidiana y sus problemas. 

Aparecen episodios jocosos como la indigestión de su tío luego de comerse por hambre hasta la cáscara de unas naranjas; resultado: ir al hospital con un estreñimiento que lo puso al borde de la muerte -y del cual se enteró todo el barrio, hasta el día en que pudo defecar y fue aplaudido por vecinos y conocidos-, hasta el tristísimo accidente de su hermana y su primo cubano en una carretera en México, que les costó la vida. 

Leer a Celorio me recordó mi propia relación con Cuba y lo que representó en mi juventud universitaria. En algún momento tuve afiches del Che, de Lenin y de Fidel en mi cuarto. Fui a La Habana en 1992 creyendo firmemente que llegaba a la sociedad de mis sueños. Escuché a Silvio mañana, tarde y noche, y colaboré con todo Comité de Solidaridad con Cuba que tenía a mi alcance. Pero la virginidad no es eterna. Con el tiempo, con los datos, rompí el bloqueo ideológico que el régimen promueve con éxito, sufrí la misma decepción profunda a la que muchos llegamos más temprano o más tarde. Celorio entre tantos.

¿Cómo apoyar a un sistema que no permite la pluralidad, que castiga la disidencia, oculta el desacuerdo y que sólo aplaude a los que levantan la mano cuando da la orden el gran líder o el partido? ¿Cómo sostener afinidad con un régimen descaradamente antidemocrático, que no respeta los derechos humanos? ¿Cómo apoyar a un país militarista y profundamente represivo? ¿Cómo creer que toda la culpa la tiene el bloqueo, los malos, los otros, los “gusanos” o los imperialistas? No, yo ya “pinté mi raya” -como se dice en México-, o “hasta aquí he llegado” -como Saramago-, con el autoritarismo cubano hace un buen tiempo. 

En fin, Celorio, como Leonardo Padura -a quien leí también en esta temporada-, me ayudan a entender mejor la complejidad de una sociedad apasionada y apasionante. 

Por último, me quedo con el desasosiego que cuenta el escritor sobre la desaparición de su familia -otrora unida y solidaria- por múltiples razones. Las familias mueren, lo sé, lo he vivido, y a menudo ni la literatura las puede salvar.

Este texto fue originalmente publicado en Brújula Noticias el 09/04/26 como parte de la columna Diario Vagabundo

El incontrolable destino de los libros

Toca la puerta de mi cubículo un colega de El Colegio de Michoacán, en Zamora, México.  Entre sus manos trae un regalo-novedad: el libro Política y partidos en Bolivia, de Mario Rolón Anaya.  El texto, publicado en 1966 en La Paz por editorial Juventud, deja ver las muestras del tiempo y el arduo recorrido: hojas amarillentas, múltiples manchas en la tapa, el lomo y los interiores, tonalidades distintas en las páginas interiores de acuerdo a la cercanía con el exterior del texto.  “Es un regalo –me dice- lo encontré en un remate de libros viejos en un mercado popular de Zamora”. 

Mi sorpresa es mayor.  Había revisado el mencionado texto –en una biblioteca- cuando hacía una investigación hace ya un tiempo.  Hoy el libro aparecía nuevamente entre mis manos mostrando caprichosamente los años vividos; los suyos y los míos.  En su interior, luego de una breve hojeada de rutina, me encontré con una tarjeta personal del autor que trae la inscripción con lápiz y a mano: “Al maestro José Pagés Llergo, Calle Vallarta N. 20 México D.F., Revista Siempre.  Con los recuerdos y saludos del autor”.

José Pagés fue un destacado periodista mexicano (1910 – 1989) que luego de un arduo trabajo profesional fundó y dirigió la mencionada revista en 1953 y que por varias décadas fue el espacio de discusión de la intelectualidad mexicana.  En ella publicaron algunos pilares de la reflexión cultural en México como Carlos Monsiváis, Octavio Paz entre otros.

Deduzco que el autor envió el texto al director de Siempre, vaya a saber en qué contexto.  Todavía es más difícil conocer la trayectoria posterior del libro, cómo de manos de José Pagés pasó a algún vendedor, de éste a otro, y a otro más, y así durante cuatro décadas para que en el 2006 alguien que conoce a un boliviano compre el libro en una feria popular en una pequeña ciudad de provincia.  Y así, luego de todo un ciclo, el objeto llegue a mi biblioteca personal. 

No es la primera vez que me sucede algo especial con los libros como objetos.  Recuerdo que alguna vez gratamente tuve la ocasión de buscar libros en la biblioteca de la Universidad Católica Boliviana.  En ese momento –hablo de 1996- estaba por empezar una investigación sobre el proceso político religioso en Bolivia en los años 60, particularmente focalizándome en Néstor Paz y Mauricio Lefebvre.  Las cosas de la vida, en la desértica biblioteca me encontré con la obra Teoría de la novela, de G. Lucaks.  El texto, que no había sido consultado nunca antes (hacía más de 20 años), llevaba escrito en las primeras páginas el nombre a mano de Mauricio Lefebvre.  En su interior había una tarjeta que marcaba la cita con un médico algún mes de 1970.  Evidentemente el texto había pertenecido a Mauricio y no sé cómo llegó a la pasividad de los estantes de la Universidad. 

No está de más mencionar que en esos momentos tenía una empatía grande con Michael Lowy, quien había escrito Por una sociología de los intelectuales revolucionarios. La evolución política de Lukacs (1909-1929), y con quien yo quería llevar a cabo la investigación sobre la transformación política de Lefebvre en Bolivia. En fin, claro está que las cosas tienen vida propia, los libros recorren su camino autónomo y nada mejor que el azar para provocar los más gratos encuentros.

Publicado originalmente en «Sueño Ligero. Memoria de la vida cotidiana», 2011.

Libros y viajes

Algunos siguen el lema “eres lo que comes” y tienen algo de razón. Tal vez se pueda estirar el argumento: “eres lo que lees”, y más, “eres lo que escribes”. Tengo el privilegio de dedicarme al mundo de los libros, afortunadamente vivo de lo que escribo. En mis viajes, invierto una parte de mi tiempo a las librerías, y con algunos de mis amigos, lo primero que hacemos al vernos luego de una temporada, es intercambiar lo último que publicamos.

Mejor ni cuento el problema que representa cargar libros en una maleta de 23 kilos, y lo difícil que es encontrarles un lugar en un departamento cuyos estantes ya están atiborrados compitiendo cada centímetro con los adornos y cuadros.

El caso es que en mi último viaje a México, me encontré con gratas sorpresas. Resumo.

Mi entrañable amigo Massimo Modonesi me regaló México izquierdo (Bibliotopía, México, 2021). El documento recoge sus reflexiones sobre los movimientos sociales de la izquierda mexicana en las últimas décadas, dando cuenta de su diversidad. Es una mirada fresca, gramsciana, que se escapa de la prisión dogmática reinante e impuesta desde el centro del poder.

Dos colegas y buenas amigas investigadoras de la UNAM me dieron sus últimos libros coordinados: Espacios públicos y ciudadanías (Ramírez Kuri, coord., IIS-UNAM, México, 2021); Alvarez, Construcción de ciudadanía en la Ciudad de México (Coord. UNAM, 2021). Se trata de una investigación de largo aliento sobre el espacio público y la ciudad neoliberal, mostrando cómo la vida urbana está marcada por una visión económica que favorece la desigualdad, pero donde surgen resistencias y luchas.

Compré el libro Regreso a la jaula. El fracaso de López Obrador, de Roger Bartra (Penguin Random House, México, 2021). Suelo adquirir los libros de Bartra -que además es mi colega en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM- tanto por su reflexión como por su escritura, por el placer de leerlo. Es un documento agudo que va al corazón del dogmatismo del presidente, lo desmenuza, lo desmonta, lo desnuda y propone nuevas pistas. Bartra, que se define como “intelectual socialdemócrata”, en su escrito “ofrece una crítica que puede animar a las corrientes más democráticas que están resistiendo las inclinaciones autoritarias que hoy nos amenazan”. Claro, lo leo pensando tanto en México como en Bolivia.

También compré La casa de la contradicción, de Jesús Silva-Herzog Márquez (Penguin Random House, México, 2021). Suelo leer las columnas del autor en Reforma. Desde una postura liberal democrática, a menudo tiene posiciones especialmente inteligentes que van más allá del sentido común. No siempre comparto su opinión, pero disfruto cómo la dice. Silva-Herzog critica la ilusión democrática en la que caímos todos, sus principales tentaciones y desvaríos, sus contradicciones.  Y más, ya lo decía, la narrativa es deliciosa, bien lo dice Bartra en la portada del libro: “Convertir la reflexión política en poesía es una hazaña lograda con maestría en este ensayo”.

Dos títulos para terminar. El león y el unicornio y otros ensayos, de George Orwell (Turner, España, 2021). Es una colección de escritos entre 1936 y 1952 presentados en orden cronológico. Orwell es uno de mis autores favoritos, proféticamente lo dijo todo en Rebelión en la granja, imaginando lo que se hizo historia decenas de veces, claramente en Bolivia con mayor torpeza; la historia superó la fabulación. Es un autor mágico, desbordante de creatividad y lucidez.

Obras reunidas I de Ivan Ilich (F.C.E., México, 2019). Siempre he tenido a Illich cerca pero nunca lo he leído en serio. Aparece en conversaciones, en seminarios, en cafés. Este volumen reúne varios de sus libros. Es impresionante lo potente de su visión planteada hace medio siglo pero que sigue dando luces. Finalmente el capitalismo criticado por él quedó intacto luego de neoliberales o populistas que, en el fondo, no salen del paradigma perverso del progreso y la modernización.

En suma, me dio gusto recorrer autores y amistades, con posiciones políticas distintas pero sacudiendo los mandatos intelectuales emanados desde el campo del poder, confrontando ideas, no dogmas. Imaginarán, pasaré varias horas recorriendo esas letras. Tengo para rato.

Publicado originalmente en Página Siete (17-11-2021)