Tengo una relación distante con el fútbol, no sé por qué. Estudié en un colegio jesuita en La Paz donde lo único que se practicaba era el balompié; yo que era alto y flaco, más bien dotado para el vóleibol, jamás formé parte de equipo alguno. Además, la masculinidad homogeneizadora que se forjaba alrededor de ese deporte iba en contra de mis facultades y sensibilidades.
Mis amigos que sí sabían patear la pelota gozaban en la escuela de privilegios escandalosos: llegaban tarde a clases porque tenían entrenamientos, se reprogramaba sus exámenes si se cruzaban con algún campeonato, tenían equipos deportivos modernos a su disposición. Incluso se convertían en el modelo del estudiante ejemplar. Nunca entendí por qué en una institución inspirada en San Ignacio y dirigida por sacerdotes de sofisticada formación teológica y filosófica, se descuidaba tanto todo lo proveniente de las humanidades (por ejemplo había una semana deportiva sin clases, jamás de un festival de teatro o cine).
Pero sumergido en un ambiente de donde el fútbol era preponderante, no dejé de entrar en la dinámica propia de aquel tiempo. Recuerdo que tenía, como todos los estudiantes de entonces, equipos enteros construidos con corcholatas para jugar en una canchita –una pequeña frazada adaptada-, con arcos de alambre y una pelotita de plástico. Hacíamos campeonatos espléndidos en los cuales cada cual llevaba alguna selección nacional construida por uno mismo con recortes de los rostros de jugadores pegados al interior de la chapa. Como mis amigos solían estar al día con la discusión internacional, escogían equipos y nombres de celebridades. En cambio yo, sobre-politizado y en un ambiente de dictadura y lucha por la democracia, optaba por equipos de afinidad ideológica, aunque sin destreza deportiva. Así, mis favoritos eran Cuba o Nicaragua, que se enfrentaban contra Brasil, Alemania o Argentina. No se equivoquen: a veces Nicaragua podía someter a Brasil; cosas que sólo se daban en esas condiciones.
En los últimos años me he acercado un poco más al fútbol. Los escritos de Juan Villoro o de Eduardo Galeano me ha entretenido, tanto como un buen partido. Sé que se me criticará de intelectualizar lo que antes que nada es un despliegue de sentimientos, pero ese camino ha surtido efecto, incluso en el mundial del 2014 que me tocó verlo en Nueva York, estuve en algunas cantinas disfrutando del juego con una cerveza al frente en un ambiente totalmente gringo. Gocé mucho, lo confieso.
El mundial que ahora está en curso trajo una novedad: el interés de mis hijas. Los días que iba a jugar México, ellas me pidieron que les comprara una polera oficial y se negaron rotundamente a acompañarme a un café a ver el encuentro, lo iban a hacer con sus amigos en la escuela. Mi hija de 11 años me conmovió: ¿cómo no voy a apoyar a mi país? Todos mis argumentos y mi frialdad se vinieron abajo.
Hoy al final del día se sabrá quién es el nuevo campeón. Intentaré ver el partido, estoy aprendiendo a entregarme a esas emociones.
En una de las observaciones de campo, a finales de mayo del 2017, me encontré con un festival hinduista, que tomó todo el Parque México con lonas y carpas. Había espacio para espectáculos, patio de comidas, tiendas y un nutrido desfile con carros alegóricos.
El festival Ratha Yatra, que se realiza en varias partes del mundo, tuvo también su festejo en la Ciudad de México. Se trataba de la catorceava edición en la capital congregando a centenas de personas. Las decoradas y coloridas carrozas, arrastradas con cuerdas por los fieles, evocaban las deidades y cargaban sacerdotes entre cantos, trompetas y mantras. Si bien el ambiente era marcadamente hindú por todos los frentes, la oferta gastronómica tenía un sello claramente mexicano.
Así, tomando en cuenta la opción alimenticia hinduista algún puesto ofrecía pambazos, tlacoyos, tacos y tortas, aguas frescas —en suma, “antojitos veganos”—. En otro puesto se servían guisados, arroz, tamales, papa adobada, frijol chipotle, rajas con tofú, nopales con verdolaga y mole verde —cada guisado estaba en cacerolas de barro y decoradas con estilo tradicional rural mexicano—. Mientras que en la dimensión espiritual se reproducían fielmente los códigos, los íconos y las formas propias de la ceremonia india guardando alta fidelidad a lo original, en la comida se creaban puentes culturales. El público oscilaba entre sectores populares, jóvenes universitarios y algunas familias – pocos extranjeros—.
Publicado originalmente en «Imágenes de la fé» (2020).
En el tránsito cotidiano de mi casa al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, paso regularmente por extensos jardines con pastos y árboles, muy cerca del metro. Aunque no ande de curioso, a menudo me es difícil evitar ser partícipe de los magníficos encuentros amorosos de decenas de parejas echadas en los jardines. Como si estuvieran solos en una habitación, los enamorados se enredan sin dejar el menor espacio entre ambos. Una chamarra, un pañuelo, un cuaderno, un paliacate, todo sirve para cubrir -si es necesario- algunas partes del cuerpo privilegiadas en el contacto.
La explicación sociológica es obvia: son estudiantes jóvenes con el deseo acelerado; cada uno de ellos normalmente vive al menos a una hora de distancia de la UNAM, por lo que su único lugar de encuentro es en la Universidad; no existen alrededor moteles o espacios de intimidad que permitan satisfacer sus necesidades sexuales en privado; etc. Pero hay más, claro, mucho más.
Por un lado, pienso en la eficacia de la satisfacción limitada del deseo. Como por lo pronto en el pasto no se llega al contacto genital y al orgasmo, se trata de un momento de intensificación del deseo controlando que no se desborde; es un acelerar sin llegar a la meta, lo que promete una continuidad, un segundo encuentro donde tal vez se llegue a lo mismo, hasta que finalmente, en alguna circunstancia, se culmine con el acto sexual. Ese formato de sexualidad, propia del enamoramiento callejero es todo lo contrario al sexo en la pareja consolidada, donde la sorpresa no es el principal componente y casi todo es relativamente previsible. El sexo travieso, anárquico, impredecible, arriesgado y atrevido está reservado para los amores iniciales que tienen muchos obstáculos operativos que superar.
Pero por otro lado, no deja de ser cierto lo que Georges Brassens canta en “Los amorosos que se besan en los bancos públicos”. Es ahí, nos dice Brassens, donde se habla del futuro, del color de las paredes de su cuarto, se pone nombre a los hijos que vendrán. Es un momento para la fantasía, para dejar que el amor sea el arquitecto del proyecto de pareja.
Los años harán lo suyo, y si las parejas que ahora se revuelcan en los pastos se convierten más tarde en matrimonios estables, dormirán y despertarán juntos –con pijamas-, no volverán a echarse en un lugar público para sentir el cuerpo del otro, y tendrán que ocuparse de la vida cotidiana, la suya y la de los hijos. Es decir, diría el sociólogo italiano Francesco Alberoni, dejarán de estar enamorados y conocerán el amor.
Más allá del avenir que les espera, los amorosos públicos de la UNAM no dejan de atrapar mi mirada, y acaso mi nostalgia.
Publicado originalmente en «Sueño Ligero. Memoria de la vida cotidiana», 2011.
¿Qué haría el catolicismo popular sin imágenes? El episodio bíblico fundador narra la creación del hombre “a imagen y semejanza” de la divinidad. Desde ahí, es fácil construir dispositivos de alimento de la fe utilizando el elemento visual. Se ha estudiado mucho sobre la imagen religiosa, sus usos y formas, y en El Ajusco no podemos sino corroborar su potencia movilizadora.
Las imágenes son de distinta índole, desde las figuras de santos hasta los grafitis. Importantes fiestas se realizan alrededor de ellas; transitan por las calles con público masivo, la gente se acerca a verlas, a tomarse fotos, a transportarlas de un lugar a otro o a recibirlas en la casa. La comunidad se reúne para recibir una imagen, la oración fluye de manera colectiva.
Algunas figuras del catolicismo, especialmente las de la Virgen, logran un lugar fijo en la calle, se les construye un espacio protegido y alguien se hace responsable de su cuidado. En diciembre, esa será una de las esquinas para el rezo del rosario. En El Ajusco el creer se alimenta del ver.
Pasajes del diario de campo
Misa de religiosidad popular con la Virgen de Juiquilla (julio 2007)
Una señora pidió una eucaristía al párroco porque iba a recibir a la Virgen de Juiquilla. Por eso, lo pasa a recoger y vamos todos a su domicilio que está a pocas cuadras. En la casa la Virgen espera en el lugar central de la sala, y se han dispuesto los sillones en forma de escenario: al frente hay una pequeña mesa con mantel blanco, en él una foto del difunto para quien se celebra la misa por los dos años de su partida. Se aprovechan todos los espacios del comedor y del patio para poner sillas. La misa se desarrolla con formato tradicional, participan alrededor de unas 25 personas, la mayoría son familiares del difunto. Cuando termina la celebración, se reparte comida. Se bendice un balde de agua y el sacerdote va por todos los rincones del hogar, acompañado de los dueños de casa, rociando agua bendita. En el momento de las ofrendas, y se pasa una canastita para dar dinero, que al final se lo entrega al sacerdote.
Al día siguiente la Virgen parte a otra casa. Para el evento viene el dueño de la imagen y quien la recibirá en su domicilio. La Virgen estuvo sólo dos días en ese hogar. Sale la imagen cargada por tres jóvenes, hijos del dueño de casa, y le sigue una pequeña procesión de unas 15 a 20 personas: familiares, niños, adultos y viejos. El dueño de la Virgen se encarga de dirigir y organizar el tráfico en el momento del paso por la Avenida Aztecas. Una mujer mayor reparte unas hojas de cánticos, y tiene algún cancionero, pero no es muy eficiente el canto colectivo. Adelante, las nuevas receptoras cargan una manta que dice «Virgen de Juiquilla». Atravesamos por el barrio por calles transversales, la gente mira y se persigan al ver pasar a la procesión. Llegando a la nueva casa, hay un altar que la espera, y un cartel que dice «Bienvenida Virgen ….». La imagen se instala en el fondo del callejón, que también tiene un toldo y muchas sillas. Ahora son como 15 personas.
Comienza el momento del rezo del rosario, tres mujeres (dueñas de casa) se ponen frente a la Virgen en primera fila, una de ellas sostiene el rosario y otra una flor, y empieza el rezo. La flor se va pasando de mano en mano, haciendo participar a todos los presentes uno por uno, pero cuando se llega a uno de los misterios, la responsable se encarga de detener la oración para volver al «Padre nuestro» y recomenzar.
Fiesta de recibimiento y despedida del Señor de la Misericordia en la Iglesia del Señor de los Milagros. Agosto 2008
Publicado originalmente en «Ver y creer. Ensayo de sociología visual en la colonia El Ajusco (México D.F.)», 2010.
Cada rostro es una historia. Cuando paseo por El Ajusco observo decenas de personas que despiertan mi curiosidad sobre su pasado, su presente, sus percepciones, su manera de enfrentar la vida. Cierto, como decíamos, que las estructuras espaciales son habitadas por gente que carga consigo sus estructuras simbólicas, desde donde se apropian del lugar y lo reinventan.
Como sociólogo, sé que cada gesto, forma de vestir, anillo, tatuaje, corte de cabello, sombrero, playera, en fin, todo lo que llevamos encima y que es de fácil observación, denota un dispositivo de sentido propio. Lo que observamos me lo enseñó Jean Pierre Hiernaux: es una manifestación que da rastros de un contenido mayor, anclado en la mente de las personas, que hace que elijan un determinado tipo de ropa, usen un gesto y no otro, caminen de una determinada manera (Hiernaux, 2008: 68-69.
El Ajusco, lo hemos señalado con anterioridad, está compuesto por una población urbana popular que tiene una historia de migración interna en el transcurso de los años setenta, pero que en la actualidad se mueve con destreza en el ámbito urbano, utilizando los códigos propios de la ciudad. Ahí todo se entremezcla: la tradición rural dialoga con la estética citadina; los usos y costumbres del pasado se reinventan en el presente.
Me detengo en la foto de un varón de unos 50 años. Es una fiesta popular de origen rural, por eso trae todos los atuendos propios del campo: sombrero, camisa a cuadros, pantalón de mezclilla, cinturón con inscripciones de caballos y botas. Muy cerca, un joven que bien podría ser su nieto, está en la misma fiesta pero se viste diferente: tiene una playera blanca apretada, tenis, aretes en el oído y la nariz, y los cabellos levantados por delante con una franja teñida en la nuca que se desliza hasta el cuello.
En otra imagen, me llama la atención el cuidadoso arreglo de una mujer, de unos 60 años, que tiene varios collares de joyería barata, aretes largos y dorados, lentes oscuros con marco blanco, un sombrero del mismo color, una mantilla bordada y un abanico entre sus manos cuyas uñas están pintadas de rojo. Es uno de los retratos de la estética urbana popular.
En el interior de un hogar, me encuentro con dos hermanas inolvidables. En su modesta sala, un altar con una decena de imágenes, velas y flores, comparte la esquina con la televisión encendida que transmite una novela. La mujer, sentada en su sillón, es custodiada por una pared que tiene tres cuadros fotográficos. El primero es la foto de los padres, en cuyo marco se incrustaron imágenes familiares más recientes. El segundo es un retrato familiar con la presencia de todos los miembros. El último, el más grande y ubicado en la posición más vistosa, es un collage con puras fotos de su padre, quien falleció hace algunos años. Cada una de las imágenes pequeñas es un retrato de una etapa de su vida. Ese recordatorio fue construido por la hija antes de la muerte de su progenitor.
Pero también está el oficinista, la abuela que sale a tomar el sol, el médico naturista que resguarda su local, el artesano, el carpintero, la niña con su bicicleta, el mariachi marchando a su trabajo, la familia en tarde de domingo. Rostros inagotables de las miles de historias que suceden en ese territorio.