La música del subsuelo

La vida subterránea es un tema aparte. Ahí pasa todo, desde un ciego que casi es atropellado por el tren y se salva gracias a su lazarillo –lo que se convierte en noticia mundial– hasta la cotidianidad de un tránsito al trabajo. En el metro sucede lo extraordinario y lo banal a la vez. Todos lo toman y llega a todo lado. Su vida interna, su paisaje, su ruido, su gente, sus mensajes, hacen de ese espacio un universo aparte que, a menudo, no se encuentra con el universo exterior.

Algo que llama la atención en el metro neoyorquino es la música, que es un reflejo de la diversidad de esta sociedad. Es fácil encontrarse tanto con un trío norteño mexicano, como con un hippie cantando Bob Dylan, y en medio las melodías africanas, indias, árabes etc. Ese sector también tiene sus reglas. Están quienes toman la vía libre con nada más que su guitarra en mano lidiando con policías y seguridad. Pero hay quienes van por el camino formal, son evaluados por un exigente jurado que decide si pasarán o no al escenario. Se les asigna un lugar y hora, se les da un apoyo mínimo y se les permite tocar sin ningún impedimento. En la música del metro, se puede apreciar el rostro meritocrático de la sociedad norteamericana.

Cuzco

Se llama Rosa, acaso tendrá 10 años.  Guarda el uniforme oficial con el que va diariamente a la escuela pública y saca el traje de fiestas y ceremonias comunitarias.  Con él parte hacia Cuzco -a 15 kilómetros de casa-, lleva consigo la oveja más pequeña que encuentra y dos niñas igualmente vestidas.   Es domingo y la ciudad está llena de turistas.  Tal vez consiga unas monedas.

En Cuzco se entretejen culturas y consumos; historias épicas e historias personales; indios y turistas.  Rosa pasea por la ciudad y entra en contacto con cuanto foráneo que quiere ver folclor vivo; nadie le pregunta qué hace, qué piensa, qué busca.  Sólo le piden si puede posar para una foto, tal vez al lado de una ruina.

Cerca, más allá o más acá, otro rostro joven, marcadamente indígena, vende una postal de la clásica toma de Machu Pichu.  Seguramente sus abuelos, o los abuelos de sus abuelos, o los abuelos de éstos, fueron los que pensaron, construyeron y vivieron en la mágica montaña, lugar que hoy, el nieto del nieto del nieto la vende al primero que pasa por la vereda. 

También está el que explica –el guía turístico- y enseña –más con el cuerpo, el rostro, el acento, el color de la piel que con la palabra- lo que fueron esas ruinas.  Cada piedra refuerza su decir.  ¿Necesita tamaña cultura incaica de un mediador para comprender que estamos frente a una maravilla de la especie?  Las montañas, las nubes, el silencio, el viento, lo que queda de lo que fue, son la muestra más palpable de la grandeza de lo que tenemos en frente.  Una mano alza una cámara –casi discretamente- para no olvidar lo que dice el guía.

Y mientras tanto, en Cuzco alguien duerme arrullado por la catedral que parece cómplice de sus sueños.  Desde la otra esquina un puma –emblema del imperio incaico- yace petrificado en un poste; la catedral gloriosa lo controla. 

No falta quien camina y mira de frente a la cámara.  Sale borroso, sonriente, en movimiento, casi inconsciente de la funeraria que está en sus espaldas.  Una chimenea que caprichosamente se alza hacia el cielo, chueca, haciendo gala del arte de adaptarse a las circunstancias que le tocó vivir, completa el paisaje urbano. 

Imposible que entre los personajes locales no apareciera el Señor Obispo.  Con cada uno de los símbolos que le dan un lugar en el mundo religioso y que cubren casi por entero su cuerpo.  Un cuerpo eclesial lo acompaña, y una construcción lo protege desde el fondo.

Pero también están los interiores.  Algún patio cuadrado, con una fuente al centro y un loro en la cabeza de la figura central, es custodiado por la imagen de la Virgen.  Claro, los patios interiores guardan los sueños, miedos, amores de la vida cotidiana, por él transitan todos los misterios que no están destinados a ser contados; acaso recordados.

Y en alguna vitrina, a la venta y a la vista, máscaras de oro.  Oro que movió tantos sentimientos, que mató a tantos indios, que provocó tantos excesos.  La máscara de oro que reproduce el rostro indígena se exhibe, así, sin vergüenza, sin dar cuenta de su pasado, esperando el adinerado turista que desee llevarse el recuerdo más caro del lugar.

Cuzco mágico y trágico.  Cuzco inmoral e inmortal.

Publicado originalmente en «Viajar, mirar, narrar» (2018).

Los instrumentos

Sólo tengo tres recursos para recorrerte, Nueva York.

Mi cámara, extensión de mi vista, grabadora de mis emociones. Me arrodillo ante la imagen, busco las tomas, me agacho, me pongo de pie, me detengo, me apuro, persigo las formas. No salgo sin ella, la tomo entre mis manos como cuando disfruto del cuerpo de una mujer. Me muevo con las manos llenas, me conmuevo con lo que veo. Aprieto el gatillo y disparo hacia adentro. Capturo. Robo instantes. Me los guardo, me los llevo. Los colecciono, los recreo, los reconstruyo. Ahora todo lo que pasó por mis ojos lo puedo guardar en una pequeña cajita de recuerdos, como un joyero, como esos pequeños muebles de madera con muchos compartimentos donde las mujeres suelen custodiar sus adornos, y a menudo sus misterios. Como un secreter desde donde despego hacia mundos nuevos, abriendo y cerrando cajones que guardan episodios. Ahí están mis fotos.

Camino. Mis pies me llevan lejos, tanto como mi imaginación. Unos zapatos flotando con imágenes al fondo, saltando, caminando, de cuclillas, descansando. Me acompañan –o acaso me conducen- por sendas y senderos, por atajos o por avenidas. Subo, bajo, ando. Busco, encuentro, pierdo, me pierdo, descubro, me sorprendo. Me apropio de cada ruta recorrida.

Y escribo. Adoro la imagen de aquellos escribanos medievales que por el amor a la palabra deformaban su espalda y apagaban su mirada. Vivían para escribir y morían pluma en mano, sobre un escritorio, como en El nombre de la rosa. Y sin embargo, ahí está ella, sentada a los pies del magnífico cuadro, escribiendo en tecnología tan solo unos siglos más tarde. Ahora lo hace en un celular, con el dedo, en la nube. Así salgo a recorrer la ciudad, con mi teclado y mi “tablet”, a buscar sensaciones y cafés donde sentarme para escribirlas.

Japón. Un encuentro con la otredad V

La gente

Veo cientos de rostros, imagino miles de historias.

¿Dónde está el Japón profundo?, ¿cómo poder conocer la vida cotidiana de tanta gente, tantas personas con las que me cruzo en las calles, que veo una vez y no volveré a ver jamás en la vida?

El hombre que va a su oficina, el que contempla la laguna, el señor solitario que mira hacia el infinito, la niña que juega con el papalote, el que busca en el basurero, el lustrabotas, la prostituta, el grupo que canta en las calles, el padre que juega con su hijo en plena avenida. Pocas historias se conocen en unos días de paso en un país extranjero. Sólo recuerdo dos. La del político, aquel amigo, casado con boliviana que, luego de su estancia en Nueva York, decidió hacer política en su país. Me lo encontré en plena campaña, colando afiches, repartiendo panfletos, vociferando en el metro.

Meses más tarde sería elegido diputado. Y la otra, la especialista de ikebana, que hizo una demostración frente a un grupo de extranjeros en la “ceremonia del té” de cómo se podía hacer una hermosa decoración en algunos minutos. Pero lo impresionante no era eso, sino que ella era la décima generación de una familia que se había especializado en una técnica particular de ikebana. Desde el abuelo del abuelo de su abuelo (y así hacia arriba), habían logrado mantener una tradición y una misión para las futuras generaciones que hoy, en el siglo XXI, la seguían portando como tarea.

La vuelta

La vida tiene momentos que, para bien o para mal, no se vuelven a repetir; es una espiral constante. Lo que en algún momento estuvo al alcance de las manos, se esfuma con el tiempo. No hay viaje sin retorno, salvo para Thelma and Louise. Sabemos que es un paréntesis, que terminará en un corto plazo y que lo vivido en los días de «vacación» se quedarán en el archivo fotográfico, en la caja de nuestros recuerdos que, al lado de otros más, irán construyendo nuestra historia.

Quizás eso es lo que le da más emoción. Un viaje es como una amante, que vemos regularmente pero siempre de forma distinta. Nunca nos cansamos de verla, pues nunca termina de instalarse en nosotros, y siempre podemos perderla. La incertidumbre de que pueda no volver a suceder el encuentro es lo que alimenta esa experiencia extraordinaria.

Hago maletas, recojo cada una de las imágenes tomadas en este viaje, respiro y me dispongo a emprender la larga vuelta.

Dejo al Japón con la pregunta que no puede faltar en ningún viaje pero que ahora cobra mayor sentido: ¿cuándo volveré? Quizás nunca, quizás en un tiempo. Dejo el mundo de las incertitudes, lo desconocido, lo que impacta; vuelvo a mis montañas, al barrio donde crecí, a la gente que conozco hace tantos años. Vuelvo a esperar y planificar el próximo viaje, la próxima aventura que vuelva a darme razones para seguir viviendo.

Publicado originalmente en «Viajar, Mirar, Narrar» (2018).

Japón. Un encuentro con la otredad IV

El japonés y su relación con la imagen: ¿fotografiar o fotografiarse?

Deben ser los japoneses quienes más han conseguido apropiarse de la fotografía. La imagen del turista japonés, que realiza un largo viaje desde su comunidad para posar unos segundos frente a la torre Eiffel o la Estatua de la Libertad y luego guardar la imagen como un «trofeo fotográfico» -a decir de Sontag-, está lejos de ser una caricatura. No es casual que las grandes empresas de la foto vengan de ese lado del mundo. Cada imagen es un logro personal, un punto de llegada y el inicio de algo nuevo

Pero la obsesión japonesa con la imagen parece no sólo ser el de aquel turista que viaja a occidente a conquistar nuevos mundos. El mismo gesto sucede al interior del país, en cada viaje, en cada acontecimiento social, en cada momento importante que hay que eternizar: un espectáculo, una fiesta, un paseo.

Siempre me he preguntado qué mira quien toma una foto. Qué pasa por la mente de aquél que sostiene con su mano derecha el pequeño aparato y guarda en su caja de recuerdos un pedazo de realidad.

La imagen parecería ser una ayuda para la memoria. Los largavistas para ver los detalles de Tokio desde las alturas, telescopios para ver las estrellas desde la tierra, videocámaras del tamaño de la palma de una mano para registrar el movimiento y la sucesión de las imágenes.

El fotógrafo aficionado, el profesional, el que pasea con los amigos, el que mira el universo, el niño que vuelca su mirada sobre la ciudad. Todos parecen pedir lo mismo: una imagen, un pedazo de imagen que pueda eternizar lo que segundos más tarde estará muerto.

Encuentro una cámara solitaria esperando a su dueño. Está sentada frente al Castillo de Osaka, cubierta, en posición de descanso. Pero no muerta. Sólo le falta el elemento humano, un fotógrafo y alguien que quiera hacerse fotografiar. La cámara y el castillo esperan impacientes la llegada de aquél que con un toque mágico la haga trabajar, la despierte, como a una bella durmiente.

Y llegan uno a uno quienes no quieren que su paso por el Castillo quede sólo en la memoria, aquellos que desconfían de poder guardar el recuerdo si no es con un soporte gráfico, un pedazo de papel que sea testigo de que estuvieron allí. Una mujer, unos niños, una pareja. Todos en el mismo afán.

Publicado originalmente en «Viajar, Mirar, Narrar» (2018).