por Hugo José Suárez | Dic 31, 2021 | blog
Pocas noticias positivas leemos en estos tiempos. Va una de ellas. Luego de un largo encierro de 55 días, unas semanas atrás París empezó a retomar su alegría. Teniendo en cuenta que el contagio del Covid es más fácil en espacios cerrados, la alcaldesa Anne Hidalgo decidió dar un impulso mayor al uso de la bicicleta como medio de transporte masivo.
No es nuevo, desde que asumió las riendas de la ciudad el 2014, una de sus intenciones fue cambiar el principio del desplazamiento urbano. La idea era que para movilizarse cotidianamente no se debía invertir más de 20 minutos. La bicicleta estuvo en el centro de esa propuesta.
Se implementó una serie de ciclovías y se creó un sistema de renta de bicis muy amplio que permitía llegar a destino sin mucho inconveniente. Surgieron dudas, desde quienes reivindican el coche como el medio más cómodo, hasta los que consideran que en bici se pierde la elegancia o simplemente no es útil en el invierno. Pero el programa siguió con éxito.
Luego de lo peor del confinamiento, los primeros días de la reapertura de la vida pública, Hidalgo relanzó su ambicioso programa para desplazarse pedaleando. Improvisó calles, habilitó rutas nuevas, impulsó talleres y centros de reparación. El impacto fue notable, se dice que el uso de bicis creció un 30%, y en las tiendas desaparecieron rápidamente: se vendieron como pan caliente.
Actualmente hay bulevares enteros dedicados sólo a la bicicleta, en las ciclovías hay centenas de ciclistas y es común encontrarse con filas en los semáforos -exclusivos, claro- antes de que se pongan en verde.
La llegada de la bicicleta como transporte cotidiano en la ciudad ha sido un largo proceso. Hay muchas historias que cuentan cómo la tarea no fue fácil, los pioneros tuvieron que lidiar con una serie de dificultades que iban desde la intolerancia de los conductores de autos, hasta la falta de rutas adecuadas. Pero poco a poco la bici fue pasando de ser un objeto de diversión y paseo, a un medio de desplazamiento rápido, eficaz, saludable y no contaminante. El proceso fue de la mano del ascenso de la conciencia ecológica que se expresa en lo político, lo económico y lo social de distintas maneras.
La experiencia parisina deja muchas enseñanzas. No faltan quienes argumentarán que la particularidad de las ciudades impide su uso: que en La Paz hay muchas subidas, que la Ciudad de México es demasiado grande y la gente conduce muy mal. Por mi parte no tengo duda que, con imaginación y voluntad, todos los inconvenientes bien podrían ser salvados. En estos tiempos tenebrosos donde hay que buscar salidas por todo lado, la bicicleta parece otorgar una de las mejores opciones.
Anne Hidalgo repite en sus participaciones públicas que lo que ella hace es escuchar y canalizar la voluntad de los parisinos. Bello momento, la ciudad luz ahora es ciclista.
Publicado en El Deber el 28 de julio del 2020.
por Hugo José Suárez | Dic 13, 2021 | blog
Hace años vi una exposición de fotografías que se llamaba simplemente “París desde mi ventana”. Y era eso. El registro de un habitante de la magnífica ciudad que tomó fotos de su entorno. Georges Perec decía con tino que hay que interrogar, leer los espacios, y sus fabulosos libros recogen detenidas observaciones de sus vecinos.
Durante un año, entre el 2020 y el 2021, viví en el edificio Diana, en la Av. 6 de Agosto, cerca del monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés. Fue una temporada muy especial porque volvía al país luego de varias décadas y me acogió un ámbito familiar. En ese mismo lugar había pasado días de mi infancia, pues mi abuela tenía un departamento en el que nos recibía con cariño. Ahora, me tocó estar en medio de la pandemia, las temerosas olas de la enfermedad, el encierro, los cubrebocas y el alcohol por todo lado.
En esos meses, sin moverme de mi hogar, curioseando por cada uno de mis ventanales, pude ver desfilar al país en sus distintos rostros y fotografié lo que más llamaba mi atención.
Una tarde muy tranquila, las sirenas quebraron el silencio anunciando la llegada pomposa de las primeras vacunas. Las marchas fueron cosa de todos los días, con petardos que estallaban exactamente a la altura de mi dormitorio y aterrorizaban a mi perra; vi pasar a todo tipo de marchistas, a menudo con dirección al Ministerio de Educación. También vi a masistas que golpeaban con palos y wiphalas a quienes protestaban con banderas bolivianas, y me encontré con similares aguerridos militantes que agredían las instalaciones de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos.
En el atrio de la UMSA, donde de joven participé en múltiples movilizaciones, vi ferias de todo tipo, la vacunación masiva, una performance con gente de overoles rojos y máscaras, disfrazados como los personajes de la serie La casa de papel, y simpáticas cebritas en fila. Todo atestiguado por el mural desgastado del Che.
Vi oficios callejeros: el lustrabotas, la vendedora, el funcionario municipal borrando los graffitis de Mujeres Creando. No faltaron los accidentes, como el de aquel auto que se subió a la acera destrozando la jardinera de la entrada —por suerte no se topó con el lustrabotas que trabaja en esa esquina—, o el que cayó en el túnel de la avenida Arce al salir de la calle Goitia.
Como tengo un buen teleobjetivo, pude observar los interiores de departamentos vecinos, o las típicas frazadas impresas con tigres colgando al sol. Y, por supuesto, el paisaje urbano, los atardeceres anaranjados, las nubes dibujadas, la retirada del sol que deja sus últimos rayos en Villa San Antonio mientras los foquitos empiezan a encenderse.
En suma, disfruté de los “privilegios de la vista” —decía Octavio Paz— que nos regala esta ciudad multifacética.
Publicado originalmente en Revista Rascacielos (11-12-2021)
por Hugo José Suárez | Dic 8, 2021 | blog
Algunos siguen el lema “eres lo que comes” y tienen algo de razón. Tal vez se pueda estirar el argumento: “eres lo que lees”, y más, “eres lo que escribes”. Tengo el privilegio de dedicarme al mundo de los libros, afortunadamente vivo de lo que escribo. En mis viajes, invierto una parte de mi tiempo a las librerías, y con algunos de mis amigos, lo primero que hacemos al vernos luego de una temporada, es intercambiar lo último que publicamos.
Mejor ni cuento el problema que representa cargar libros en una maleta de 23 kilos, y lo difícil que es encontrarles un lugar en un departamento cuyos estantes ya están atiborrados compitiendo cada centímetro con los adornos y cuadros.
El caso es que en mi último viaje a México, me encontré con gratas sorpresas. Resumo.
Mi entrañable amigo Massimo Modonesi me regaló México izquierdo (Bibliotopía, México, 2021). El documento recoge sus reflexiones sobre los movimientos sociales de la izquierda mexicana en las últimas décadas, dando cuenta de su diversidad. Es una mirada fresca, gramsciana, que se escapa de la prisión dogmática reinante e impuesta desde el centro del poder.
Dos colegas y buenas amigas investigadoras de la UNAM me dieron sus últimos libros coordinados: Espacios públicos y ciudadanías (Ramírez Kuri, coord., IIS-UNAM, México, 2021); Alvarez, Construcción de ciudadanía en la Ciudad de México (Coord. UNAM, 2021). Se trata de una investigación de largo aliento sobre el espacio público y la ciudad neoliberal, mostrando cómo la vida urbana está marcada por una visión económica que favorece la desigualdad, pero donde surgen resistencias y luchas.
Compré el libro Regreso a la jaula. El fracaso de López Obrador, de Roger Bartra (Penguin Random House, México, 2021). Suelo adquirir los libros de Bartra -que además es mi colega en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM- tanto por su reflexión como por su escritura, por el placer de leerlo. Es un documento agudo que va al corazón del dogmatismo del presidente, lo desmenuza, lo desmonta, lo desnuda y propone nuevas pistas. Bartra, que se define como “intelectual socialdemócrata”, en su escrito “ofrece una crítica que puede animar a las corrientes más democráticas que están resistiendo las inclinaciones autoritarias que hoy nos amenazan”. Claro, lo leo pensando tanto en México como en Bolivia.
También compré La casa de la contradicción, de Jesús Silva-Herzog Márquez (Penguin Random House, México, 2021). Suelo leer las columnas del autor en Reforma. Desde una postura liberal democrática, a menudo tiene posiciones especialmente inteligentes que van más allá del sentido común. No siempre comparto su opinión, pero disfruto cómo la dice. Silva-Herzog critica la ilusión democrática en la que caímos todos, sus principales tentaciones y desvaríos, sus contradicciones. Y más, ya lo decía, la narrativa es deliciosa, bien lo dice Bartra en la portada del libro: “Convertir la reflexión política en poesía es una hazaña lograda con maestría en este ensayo”.
Dos títulos para terminar. El león y el unicornio y otros ensayos, de George Orwell (Turner, España, 2021). Es una colección de escritos entre 1936 y 1952 presentados en orden cronológico. Orwell es uno de mis autores favoritos, proféticamente lo dijo todo en Rebelión en la granja, imaginando lo que se hizo historia decenas de veces, claramente en Bolivia con mayor torpeza; la historia superó la fabulación. Es un autor mágico, desbordante de creatividad y lucidez.
Obras reunidas I de Ivan Ilich (F.C.E., México, 2019). Siempre he tenido a Illich cerca pero nunca lo he leído en serio. Aparece en conversaciones, en seminarios, en cafés. Este volumen reúne varios de sus libros. Es impresionante lo potente de su visión planteada hace medio siglo pero que sigue dando luces. Finalmente el capitalismo criticado por él quedó intacto luego de neoliberales o populistas que, en el fondo, no salen del paradigma perverso del progreso y la modernización.
En suma, me dio gusto recorrer autores y amistades, con posiciones políticas distintas pero sacudiendo los mandatos intelectuales emanados desde el campo del poder, confrontando ideas, no dogmas. Imaginarán, pasaré varias horas recorriendo esas letras. Tengo para rato.
Publicado originalmente en Página Siete (17-11-2021)
por Hugo José Suárez | Dic 6, 2021 | blog
Acaba de salir el libro que coordinamos con Karina Bárcenas Barajas y Cecilia Delgado-Molina.
Lindo trabajo, gracias a todos los colegas que colaboraron en este esfuerzo colectivo.
por Hugo José Suárez | Nov 29, 2021 | blog
La ciudad la habitamos y nos habita con igual intensidad. Somos la ciudad, le pertenecemos, la construimos, la constituimos. Las calles son nuestras, los edificios, los ríos, las montañas, el clima, el granizo. Cada lugar está impregnado por nuestro paso, por nuestra pequeña historia: nuestro primer enamoramiento, el primer entierro, la pena, la fiesta. Nuestro pasado está inscrito en estos territorios íntimos.
Soy paceño. No nací aquí, pero ese es un detalle poco importante, basta recordar a Chavela Vargas que, habiendo visto la luz en Costa Rica, decía que “los mexicanos nacemos donde nos da la gana”; o dicho en otro código: “no porque los gatos nazcan en el horno, son panes”. Crecí en San Miguel desde inicios de los 70. Jugué con bicicleta hasta el cansancio, trepé el cerro del frente que hoy es Auquisamaña, jugué con barquitos de papel en el río hoy entubado, entré en las cuevas e intenté sin éxito atrapar lagartijas.
Desde mi barrio vi pasar la dictadura y el Golpe de Estado de 1980. Temblé con el miedo de pensar que los militares vinieran a mi casa. Y fui conociendo otros rumbos: en Miraflores jugué tardes enteras con mis primos en casa de mi abuelo, en la Avenida Busch; en esas paredes se veló a mi padre cuando lo mataron en 1981, ahí también despedimos el cuerpo de a mi abuelo décadas después.
Fui a Sopocachi muchas veces, dormí en el departamento de mi abuela recibiendo mimos y jugo de naranja en las mañanas. Diariamente me dirigí a mi colegio en Següencoma, y volví cansado con el implacable sol azul de medio día atravesando el Choqueyapu, cargando -o más bien arrastrando- mi mochila con útiles escolares.
Viví múltiples experiencias en El Prado, en la imprenta del “Picus” en San Pedro, en los locales de la Av. Illampu donde bailábamos morenada hasta el amanecer, en el departamento del Moisés en la Plaza Villarroel. Comí las salteñas de todo lado, las donas de la Av. 6 de agosto y las hamburguesas del Iglú, además del tradicional sándwich de lomito del local de El Prado que desapareció. Cuando tuve auto conocí las rutas que trepaban a las montañas pare ver mejor mis lugares desde lo alto, y ahora que tengo bicicleta, cada fin de semana recorro algún lugar disfrutando del paisaje.
Cierto, me fui de la ciudad por varias décadas, pero nunca la dejé. En los últimos años, cada que volvía, me encontraba con algo nuevo. Veía cómo mi pasado citadino se iba transformando al ritmo de una sociedad que supera toda sorpresa y no respeta reloj alguno. Asombrado por la densidad del cambio, decidí acudir a mi oficio que es observar, escribir, descubrir.
De eso trata mi libro La Paz en el torbellino del progreso (Ed. 3600, 2020) que fue publicado recientemente en su versión boliviana y circula en librerías. ¿Cómo hemos sentido los paceños el cambio de los últimos lustros? Ahí cuento todo lo que puedo, desde mis recuerdos de niño sanmiguelero (por ejemplo la visita de un sapo en la habitación de mis padres, o la muerte de una solitaria vecina cuyo cuerpo se lo encontró tres días después), hasta el cambio en el hábito del consumo del café en mi abuela (que lo tomaba tinto y fuerte, jamás admitió un expreso), o el whisky de mi abuelo que tenía que ser Jhonnie Walker. También están los relatos de la experiencia de subir al Puma, al Teleférico, o los datos municipales oficiales que ilustran la magnitud de cambio.
Cómo habitamos una ciudad, cómo la construimos sin darnos cuenta mientras ella nos moldea con coqueto disimulo. Qué cambia, qué permanece. Qué nos hace ser paceños, qué se lleva el tiempo, y qué sorpresas nos trae cada vuelta al reloj. Ese es el libro que los invito a leer. Es, en el fondo, una provocación a mirarse en el espejo como seres urbanos que somos, mientras atravesamos el último puente, caminamos la plaza recién inaugurada, o nos comemos la última innovación de la salteña acompañada de limonada con leche. Ojalá disfruten esas letras.
(Publicado en Página Siete, 21-7-2021)